Por: Ricardo Silva Romero
Descenso a los infiernos
Uno: Sé que todos lo sabemos de memoria, pero comienzo por decirle a usted –lectora o lector que no se espera lo que se le viene– que Germán Castro Caycedo es uno de los más grandes narradores que se alcanza a leer en esta vida. Castro Caycedo es un maestro que da la vida frase a frase. Su fuerza es irrepetible. Su energía es inagotable. Mientras se avanza por sus páginas es común pensar que sólo él puede reunir esas voces que se están leyendo. Y mientras pasa Mi alma se la dejo al diablo, esta novela de no ficción y esta crónica de terror que me salvó a mí de una nostalgia que me estaba enloqueciendo, es normal sentir agradecimiento y admiración y miedo.
Queda advertido. No se experimenta cualquier miedo, no, no es un miedo de película en la que algo está a punto de dar un vuelco: es un miedo físico, de verse junto a un precipicio, que engarrota los hombros y revuelve el estómago. Es el miedo que se vive en carne propia en ciertas pesadillas que se nos salen de la comprensión y no aparecen en los diccionarios de los sueños. Es el miedo del descenso a los infiernos que se ha dado desde el principio de los tiempos y que todo ser humano encara un par de veces en la vida. Qué tal esas palabras finales, “mi alma se la dejo al diablo”, garabateadas en ese diario por aquel esqueleto que alguna vez fue un hombre abandonado a su suerte. Qué tal lo cerca que estamos de la muerte.
Qué tal ese narrador: Castro Caycedo. Mi alma se la dejo al diablo, que merecía la reedición luminosa que tenemos en las manos, es el periplo al fin de la selva de un trabajador que no merecía tanta explotación ni tanta mala suerte, y es la travesía de un lanchero que sigue viviendo el delirio del siglo XIX en los años setenta del siglo XX, pero también es el descenso a los infiernos de ese narrador que es como un pintor rotundo con todas las palabras en las manos. ¿Cómo puede ese cronista jugarse el todo por el todo en este libro? ¿Qué tiene por dentro? ¿Con qué tipo de sistema nervioso hay que nacer y hay que crecer y hay que vivir para tejer estas tramas de terror?
No voy a ofenderme, de ninguna manera, si usted decide saltarse lo que queda de este prólogo y empezar a leer de una vez este libro para responderse estas preguntas. Hay que leerlo ya.
Dos: Germán Castro Caycedomurió hace algunos años–y su muerte es paradójica porque es lo más inverosímil de su vida–, pero es, repito, un narrador capaz de todo. Si estuviera en mi poder, los lectores del mundo tendrían todavía más clara su relevancia. Por supuesto, Castro Caycedo fue reconocido en vida como pocos. Para no ir más lejos, desde su aparición, en 1982, Mi alma se la dejo al diablo ha sido traducida a nueve idiomas y ha sido leída en español en más de treinta ediciones. La adaptación cinematográfica, de 1987, que reunía al brillante Jairo Camargo con el irrepetible Carlos Mayolo, probó que el libro iba a ser un clásico, pero basta con asomarse a los buscadores de estos tiempos para encontrarse con cientos de reseñistas jóvenes que acaban de leerlo y de morirse de miedo.
Por lo general, la fama de los escritores es la nada despreciable fama de los profesores de colegio: fuera de los salones, en los centros comerciales o los supermercados, hay quienes se quedan pensando en dónde los vieron alguna vez, pero en las clases y los recreos la gente los señala como verdaderos arquetipos que enseñan a vivir. Castro Caycedo no era famoso como es famoso un escritor, no, Castro Caycedo era famoso de verdad. Todos sabíamos quién era. Todos seguíamos sus crónicas en los completísimos periódicos nacionales, que eran libros diarios que alguna vez serán reconocidos, como los lectores que devoraban las entregas semanales de Dumas. Todos lo veíamos en su programa de televisión Enviado especial.
Me lo encontré varias veces en la vida. Pero lo recuerdo sobre todo de un par de firmas de libros en los que nos emparejaron para que yo aprendiera la gracia de tener lectores. Quiero decir que yo firmé tres o cuatro copias de las novelas que estaba ofreciendo allí como un artista que ofrece con cierto orgullo sus obras en el mercado de las pulgas. Y el firmó cientos de ejemplares de sus crónicas —y la fila era una fila de verdad— como una estrella de rock sin aspavientos que lo único que quería era contar esas historias: “Tranquilo, mijo, que lo tuyo es literatura”, me dijo las dos veces. Y yo juro que no sufrí porque la gracia era estar allí con él.
Y sí: resultaba maravilloso que semejante figura de nuestra cultura fuera también un hombre con los pies en la tierra que trataba a los lectores como a sus iguales, pero lo más sorprende de él sigue siendo semejante talento para no arruinar las tramas en las que se metía. Si mi voz fuera escuchada en este mundo de los libros, celebraría su lugar en la cumbre de nuestro periodismo, pero además reclamaría su lugar en nuestra mejor literatura. Quizás sea común, en países monoteístas y nostálgicos de las monarquías, esto de tener un protagonista por cada disciplina, pero creo que va siendo hora de que podamos acudir a gente como Eduardo Caballero Calderón y Germán Castro Caycedo como acudimos a Gabriel García Márquez.
La sobrecogedora Mi alma se la dejo al diablo, por ejemplo, es una obra maestra que libra un pulso con las grandes novelas de la selva, y es además una voz tenaz e incontestable —una voz ocupada por voces— que vale la pena estudiar y estudiar hasta llegar al asombro por el hecho de que exista.
Tres: He aquí un ejercicio para un curso sobre la obra de Germán Castro Caycedo: leer los libros suyos, Colombia Amarga (1976), Perdido en el amazonas (1978), El Karina (1985), El Hueco (1989), El cachalandrán amarillo (1989), El Hurakán (1991), La Bruja (1994), Hágase tu voluntad (1998), Con las manos en alto (2001), El Palacio sin máscara (2008), Operación Pablo Escobar (2012) y Nuestra guerra ajena (2014), entre tantos más, e ir leyendo los capítulos del gran libro biográfico en el que se cuenta cómo y cuándo y por qué escribió todo lo que escribió.
Estoy hablando del estupendo Mi padre, Germán Castro Caycedo de Catalina Castro Blanchet. Y estoy diciéndolo porque acabo de leer el capítulo en el que cuenta la odisea de Mi alma se la dejo al diablo: cómo en uno de los momentos definitivos de cualquier vida, en el tránsito desde los treinta años en los que uno entiende que vivir no tiene reversa hasta los cuarenta años en los que uno se mira en el espejo definitivo en el que por fin sabe quién es, se encuentra con la noticia de la muerte del resignado cazador Benjamín Cubillos; se obsesiona con descifrar el misterio de su cuerpo esquelético y endiablado; se da cuenta de que el lanchero Óscar Rivera vio con sus propios ojos el cadáver, y viaja y espera y viaja y espera y viaja, por su cuenta y riesgo, en una época en la que no es nada fácil llegar al corazón de las tinieblas de la selva, hasta que tiene todo tan claro que sólo le queda sentarse a escribir.
No sé si estoy siendo claro: Mi alma se la dejo al diablo es un viaje al horror que se fue descubriendo, investigando, comprendiendo, escribiendo y editando durante diez años. ¡Diez años de trabajo! ¡Diez años de vida! Catalina Castro Blanchet, su hija, los cuenta de modo brillante porque se ven, porque suceden. No son años de biografía de Wikipedia, que se van de una línea a la otra, sino años de familia. Años en los que una esposa, la maravillosa Gloria Moreno, periodista de las de verdad, no sólo llevaba a cuestas una casa, sino una carrera propia. Años en los que se hizo claro que si escribir un libro es mudarse a otro mundo por meses y por años, entonces hay que llevarse a la familia, ¿no?, hay que llevar la casa a cuestas en cada paso. Esta voz que entra en la selva —que nos hace ver los verdes y los pliegues de la selva— es una voz que tenía que contarnos esa historia, pero es también la voz de un marido y un padre.
Quien lee Mi padre, Germán Castro Caycedo pronto redimensiona —ve aún más grande— el talento del autor de Mi alma se la dejo al diablo. Sí, era el hombre sencillo y frentero y generoso que se encontraba uno en las firmas de libros. Y era ese esposo y ese papá que siempre que se iba de viaje a una trama estaba pensando en volver: volver a cuidarlas y a contarles qué había visto allá abajo en el infierno. Y era también —es también— esta voz incorruptible e incansable que va de los planos generales a los primeros planos con una facilidad que ya quisiera cualquiera que se dedica a estos oficios. ¿Por qué no se enloquecía? ¿Por qué su indignación no lo extraviaba? ¿Por qué volvía de los lugares y de los personajes de la guerra a seguir empeñado en responderle al horror con una vida buena? Porque era un marido y era un padre.
Cuando por fin terminó Mi alma se la dejo al diablo, luego de quemar una primera versión de 320 páginas en clave de ficción, luego de dar con más diarios y más testimonios con los que no contaba en un principio —y de concluir, en palabras de Castro Blanchet, que la historia era demasiado buena para ficcionarla—, todavía se llamaba Yarí: la selva de la muerte. La brillante Gloria Moreno se dio cuenta del tamaño de la obra, pero de una vez fue diciendo que el título tenía que ser el “mi alma se la dejo al diablo” con la que termina el diario de Cubillos e inventó de paso la cubierta escalofriante y negra y escrita a mano por el muerto que me encontré la primera vez que lo leí.
Cuatro: Colombia es una luna, sí, es un misterio. Hay pinturas, películas, ensayos, novelas, obras de teatro, estudios históricos que sirven para conocerla. Hay escritores magníficos que la han contado desde que era parte de la Nueva Granada. Pero uno puede responderse qué clase de infierno es este país cuando lee los libros de Germán Castro Caycedo. Está más que claro, si uno se fija en su bibliografía y le suma sus crónicas envolventes en las principales publicaciones de las últimas seis décadas —vale la pena asomarse a los periódicos viejos, de cuando todos éramos niños, a leer esos relatos suyos que parecen en vivo y en directo—, que estamos leyendo la tras escena de Colombia: que esa Colombia que estamos leyendo es Colombia.
Es claro, también, que la selva es un punto de fuga —tal vez la palabra sea una “obsesión” — de la obra de Castro Caycedo. Y tiene todo el sentido del mundo, claro, apenas uno cae en cuenta de que la Amazonía es prácticamente la mitad del mapa del país: la mitad de Colombia es, pues, un secreto, un entresijo como una dimensión desconocida, como un pasado que guarda las claves de lo que somos. Mi alma se la dejo al diablo es la ardua reconstrucción de la vida de un hombre que murió abandonado, de la manera más cruel y más reveladora de lo que es este país, en la ribera del río Yarí, en Caquetá, pero es asimismo una expedición por la selva inédita que es la mitad del cuerpo colombiano.
Hubo un momento en el que habría podido decirse que toda la ficción que se hacía en estas tierras, de La vorágine a Cuatro años a bordo de mí mismo, de Siervo sin tierra a La rebelión de las ratas, tenía en común el empeño de denunciar la explotación. Mi alma se la dejo al diablo, que no es una novela de ficción, sino una novela de no ficción —y a la larga da igual porque ambos modos del género comparten la vocación a documentar un mundo dentro del mundo—, hace parte de esa tradición terrible pero corajuda de mostrar la deshumanización de los colombianos: ¿cómo puede ser que el tal Martin Morningstar, que promovía safaris selváticos para el lucimiento de los extranjeros bárbaros, se haya ido en ese aeroplano y haya abandonado a su suerte a Cubillos?, ¿qué clase de villanos son estos hermanos Sánchez que embaucan a Rivera para usarlo como una bestia?
Hay explotación —lo humano en el peor de los sentidos— en cada página del libro. Seguimos paso por paso la novela de cómo va llegando Cubillos a su muerte y la crónica de cómo va llegando Rivera a su cadáver, pero nos va quedando claro que toda esa gente se está metiendo a la selva a someterla, a matar a las dantas y los tigres y los micos: a matar todo lo que se mueva para sacarle dinero, pero sobre todo para prevalecer sobre la vida ajena, para vencerla. También los árboles son exprimidos y talados. También los indígenas son subyugados y reducidos a herramientas de la destrucción. Desde los días de Aristóteles se hablaba de un miedo al espacio vacío, el horror vacui de ciertos artistas, que era un ejemplo que daba la Tierra: “La naturaleza aborrece la nada”. Pues bien: el ser humano de Mi alma se la dejo al diablo aborrece la selva.
Y prefiere derrotarla y devastarla para dejar de temerle tanto a su misterio.
Dice la sed de vencer de Rivera, que se llamaba así, pero suena a homenaje a La vorágine, que vio “cómo se le erizaron los pelos” y también vio “los hilos de sangre brotándole por la garganta” cuando le clavó un tiro en la quijada a un tigre de doscientos kilos. Y, aun cuando no sea juzgado por el narrador, que viene y va de los testimonios de los personajes que se ha ido encontrando durante la investigación, y prefiere escucharlos a condenarlos, es evidente que la suerte está echada cada vez que el ser humano pone un pie en algún lugar.
Quinto: Decía al principio que leer Mi alma se la dejo al diablo me salvó de una nostalgia que me estaba enfermando. Vivía fuera de Colombia. Creía que me iba a quedar en aquella ciudad que no era mi ciudad. No tenía ni idea de que iba a volver pronto. Pasaba las mañanas solo, solísimo, en el apartamento del amigo que me había prestado un cuarto por un tiempo, dándole vueltas a por qué demonios me había parecido buena idea irme. Y un mediodía de esos, justo cuando empezaba a enloquecerme, me encontré en la biblioteca de esa sala el libro de Castro Caycedo. Sí, esos sí eran líos de vida o muerte. Y esa era una voz —vuelvo a decirlo: una voz de voces— que lo iba llevando a uno hasta el final.
Este libro empieza de una vez. Rivera da con el esqueleto espeluznante de Cubillos: se había resignado a escribir en un cuadernillo hasta que muriera porque, por culpa del río y sus crecientes, le había sido imposible salir de allí, y entonces contaba que no se atrevía a comerse a sus perros muertos y que Satanás era su dueño y ya no le temía al diablo. Rivera y sus acompañantes dan, mejor dicho, con la fotografía que Castro Caycedo había visto en el diario Occidente de Cali. Y vienen las voces de todos los personajes, de Morningstar, de Quintero, de Bauer, que se van trenzando hasta envolvernos. Y cada tanto aparece alguna foto que prueba que toda esa locura es la verdad.
Y uno se va llenando de miedo, miedo a lo que puede ser el mundo y miedo a lo que es, pero no se detiene en la lectura hasta volver al diario de aquel hombre sometido por el diablo.
Me salvó a mí, a este lector, porque fue leer un descenso a los infiernos que me prometía que el viacrucis de narrar termina en el conocimiento. Si Odiseo dialoga con las sombras en el Hades, si Eneas se trae la rama dorada desde el inframundo, si Jesucristo vuelve del Sheol con la noticia de su resurrección y Dante capta en el infierno que la vida será perdonada, el narrador de Mi alma se la dejo al diablo desciende al misterio de Colombia a traernos a todos la noticia de la deshumanización de este país: Castro Caycedo baja al averno de la selva, de la mano de un puñado de viajeros resignados a la depredación, para contarnos nuestra trasescena tan trágica y a enseñarlos que la única salida es narrarla.
Mi alma se la dejo al diablo es una alegoría sobre la vida aquí en la Tierra. Tiene algo de El señor de las moscas porque nos muestra a los hombres cuando Dios no está mirando. Tiene algo de El corazón de las tinieblas porque es la búsqueda obsesiva del alma del cadáver de esa foto: ¿cómo puede una vida reducirse a un esqueleto y nada más? Pero este libro es único porque nos pone en claro que detrás de todo lo que pasa aquí hay unas fuerzas que sólo ven los colombianos que no vemos, que la mitad de este país está plagada de secretos y brujerías y demonios que susurran hasta el último día de la vida. Y nos lo cuenta esa voz escueta que se deja poseer por las voces de novela que se va encontrando y que de otra manera se perderían para siempre.
Qué fortuna es esa voz que digo: un narrador que tiene adentro mil y un narradores.
Ricardo Silva Romero
Bogotá, marzo 2026.