Por: Juan Carlos Flórez
La brujería del poder
En su novela La ciudad y la ciudad, China Miéville, nos presenta dos ciudades-estado, Ul Quoma y Besźel que coexisten entrelazadas profundamente, pero sin que los habitantes de ambas puedan mirar a la ciudad vecina. Desde niños todos los ulqomanos y los besźelios han sido educados para ‘unsee’, ‘desver’ el otro lado aunque convivan con él todo el tiempo. Ambas ciudades están ‘crosshatched’, sombreadas con líneas cruzadas, territorios profundamente solapados, pero que tienes que ‘desver’ desde cada lado de la elusiva frontera, protegida por una brecha invisible.
Algo similar ocurre con la relación entre el mundo racional-ilustrado y el de la brujería en Colombia. Esta es omnipresente, a ella acuden personas de todas las clases sociales y de todos los niveles educativos, pero igual que los habitantes de las ciudades creadas por Miéville, aquí hacemos como si fuésemos ulqomanos y besźelios, ‘desvemos’ la magia que tantísimos practican y a la cual se le atribuye un poder inmenso.
El gran mérito de Germán Castro Caycedo fue develar los múltiples contactos y mecanismos que unen la brujería con todos las clases de nuestra sociedad. Desde el pueblo de Fredonia, pasando por el despacho del gobernador de Antioquia y hasta el palacio presidencial en Bogotá, y cruzándose todo el tiempo con el ascenso de los narcotraficantes, representados por Jaime Builes Cardona, uno de los primeros grandes capos. Pero lo que deja bien claro Castro Caycedo, es que no fueron los narcos quienes empoderaron a brujos y brujas, sino que la brujería es un instrumento sempiterno del poder en Colombia.
El fenómeno que describe Castro Caycedo tiene raíces históricas muy profundas. En la centenaria novela de Carrasquilla, La marquesa de Yolombó, ambientada en los siglos XVIII y XIX, Bárbara Caballero y Alzate, la marquesa, le pregunta a la liberta Sacramento: “—Bueno: cómo es eso del familiar y de los ayudaos. Pero me lo cuentas todo, bien claro y patente. —Pues, por ser a su Mercecita, teneré de contárselo […] El familiar es un muñequito, algo chirringo, muy congo y muy zalamero él, que uno carga y no deja que a uno le suceda cosa mala y que le salga muy bien todo lo que uno hace y en toíto lo que emprenda. Es’es, precisamente, la virtú del familiar”. Y más adelante Sacramento le cuenta sobre los ayudaos: “—Pues es que su Mercé y algotros tán creyendo que los ayudaos no semos sino los negros y las pionadas. Pero no es asina, Amita, y perdone que yo se lo manifieste: los ayudaos tán que no caben en la blanquería, toítos los amos de nosotros los negros. Míre: en Zaragoza han habido ocho curas ayudaos. Allá y’en Remedios son ayudaos todos los ricos y prencipales. Aquí en Yolombó no se diga! S´hicieran esculque, como hacen en las minas, cuando roban oro, ¡míre, Amita! No caberían en este cuarto los familiares”.
Queda claro cuán entrelazada está la brujería con el poder desde tiempos inmemoriales. Yolombó y Santo Domingo en el Norte de Antioquía, de donde provenía Carrasquilla, es la zona donde se fraguó buena parte del código cultural antioqueño, un mundo en el que se entrecruzaban indígenas, blancos peninsulares, negros esclavos y libertos, criollos y mestizos. No en vano de allí provienen los antepasados del gobernador de La bruja, de los que dice Carrasquilla: “miembro de una familia de origen vascuence, que abría una posesión, por los lados de La Melonada, la cual familia […] era gente al estilo de los Villavicencio, si no tan toscos, de menos apostura”. Y ya en el siglo XX la bruja llega hasta los aposentos del Palacio presidencial, del mismísimo presidente que pintó Beatriz González en una de sus más escandalosas francachelas.