La reedición de Mi alma se la dejo al diblo (2026) de la editorial planeta, viene con un prólogo escrito por Ricardo Silva Romero.
La reedición de Mi alma se la dejo al diblo (2026) de la editorial planeta, viene con un prólogo escrito por Ricardo Silva Romero.
La reedición de La bruja (2026) de Editorial Planeta, incluye un prólogo escrito por el académico Juan Carlos Flórez.
El prólogo de la reedición de ‘Perdido en el amazonas’ fue escrito por Martin von Hildebrand, sociólogo, conservacionista y director de la Fundación Gaia Amazonas.
La obra de Germán Castro Caycedo revive en una reedición de Editorial Planeta y un nutrido archivo entregado por su esposa, la periodista Gloria Moreno, a la Biblioteca Nacional.
Catalina Castro Blanchet recuerda desde París al eterno Enviado Especial en su natalicio. En conversación con El Tercer Canal, comparte la mirada íntima que también plasmó en su libro ‘Mi padre: Germán Castro Caycedo’.
Al célebre cronista Germán Castro Caycedo le da igual desayunar con postres: un golpe en la base del cráneo le hizo perder para siempre los sentidos del gusto y del olfato. ¿A qué sabe el mundo cuando no sabe a nada?
Cómo la investigación de Germán Castro Caycedo sobre la toma del Palacio de Justicia se convirtió en una pieza clave de la memoria histórica colombiana.
El Palacio sin Máscara es un libro que se cuenta desde el testimonio de múltiples miradas sobre la toma y retoma del Palacio de Justicia. Para Héctor Abad Faciolince, es un trabajo periodístico en el que el autor, a propósito, se borra de la narrativa y realiza un riguroso trabajo de transcripción, logrando “un acopio de citas que pueden leerse con el interés de una novela”.
Publicado en 2008, más de veinte años después de los hechos del 6 y 7 de noviembre de 1985, es una de las investigaciones más exhaustivas y valientes sobre el episodio más oscuro de la historia reciente de Colombia. En sus páginas no se repite la tragedia que todos vieron arder por televisión; se desentraña lo que ocurrió detrás de las llamas, en los despachos donde el Estado reescribió su propia versión de los hechos.
No es un libro sobre el M-19, que para el autor fue un responsable determinante al iniciar el holocausto; ni sobre Belisario Betancur quien asumió su su parte como autoridad política. Es, como señaló el propio Germán, una investigación sobre el “poder sin máscara”: una radiografía del aparato que ocultó la verdad bajo toneladas de papel oficial, partes de guerra y sentencias ambiguas. El Palacio de Justicia no solo fue un escenario de horror; fue el punto donde se fracturó la confianza en el Estado. Y él, con la paciencia de un investigador y la lucidez de un cronista, dedicó siete años a documentar cómo esa fractura se institucionalizó.
Para muchos lectores, Germán Castro Caycedo escribió esta obra como un forense del papel. Durante siete años revisó más de 11.000 folios de expedientes judiciales de la Fiscalía, el Consejo de Estado y la Procuraduría; comparó autopsias con actas militares, órdenes operativas con testimonios de soldados rasos, declaraciones juradas con informes periciales.
Ese trabajo meticuloso convirtió El Palacio sin Máscara en una especie de laboratorio documental, donde la verdad se revela no por el discurso del periodista, sino por la contradicción entre los documentos. “Mi tarea fue poner a hablar a los papeles”, dijo en una de sus entrevistas. Y lo logró: las páginas de este libro hablan con la voz de un país que fue obligado a callar.
El resultado no es una crónica convencional, sino una investigación monumental: un expediente que se cuenta a sí mismo, un archivo que interpela al lector. Castro Caycedo comprendió que la narrativa de la violencia en Colombia no se escribe en la voz de las víctimas, sino en las firmas y sellos de los decretos que intentan justificarla.
El libro revela que la retoma del Palacio se ejecutó bajo una lógica militar desproporcionada. Los partes castrenses, los testimonios de soldados y los informes forenses confirman que el uso de tanques, artillería y fuego pesado en un recinto con rehenes fue una decisión consciente, no un accidente táctico. El autor muestra que el objetivo de la operación fue recuperar el edificio y restablecer la autoridad del Estado, incluso a costa de las vidas que allí estaban atrapadas.
Quizá el aporte más estremecedor del libro es el seguimiento detallado de los civiles que salieron vivos del edificio. Cámaras, testigos y documentos oficiales demostraron que varios empleados de la cafetería y visitantes fueron trasladados a instalaciones militares, como la Escuela de Caballería, donde se les vio por última vez. El autor reconstruye esa ruta con precisión: el traslado, los interrogatorios, las ejecuciones, la desaparición. Décadas después, los tribunales y la Comisión de la Verdad confirmarían buena parte de esas evidencias. Lo que fue tratado como una “operación limpia” terminó revelándose como un patrón de desaparición forzada dentro del corazón del Estado.
El libro documentó una coincidencia inquietante: el fuego que consumió el Palacio también destruyó expedientes judiciales sensibles, algunos relacionados con casos de corrupción y narcotráfico que involucraban a figuras políticas, militares y judiciales. El incendio devoró archivos físicos que resguardaban información de alta importancia. Años después, el propio Consejo de Estado reconocería la pérdida irreparable de documentos judiciales clave.
Al analizar las cadenas de mando, el autor demuestra cómo, en las horas críticas, el control político del presidente Belisario Betancur fue desplazado por la cúpula militar, que actuó con autonomía total.El libro describe una ruptura constitucional silenciosa: un Estado dentro del Estado, un poder armado que suspendió la jerarquía civil en nombre del orden. Aquella intervención militar sin control presidencial marcó un antes y un después en la historia republicana.
Desde su publicación, El Palacio sin Máscara trascendió su condición de obra periodística. Hoy es material de consulta en procesos judiciales, texto de referencia en universidades y herramienta indispensable para los familiares de las víctimas. Su aporte no fue solo narrar el horror, sino demostrarlo con rigor.
La investigación de Germán Castro Caycedo se anticipó a las conclusiones de la Comisión de la Verdad, al dictamen de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (2014) y a los informes del Centro Nacional de Memoria Histórica. Por eso, el libro no pertenece únicamente al género de la crónica: es un testimonio judicial, una pieza de archivo que interroga al poder.
Castro Caycedo sostuvo que lo que más temen los culpables no es la justicia, sino la persistencia de la memoria. Su obra, en ese sentido, es memoria organizada. Años más tarde, el M-19, en la voz de Antonio Navarro Wolf, reconoció la culpa de la organización en la matanza. Muchos de los testigos aseguraron que sus hombres entraron disparando y así comenzó una tragedia.
Han pasado casi cuatro décadas desde aquella jornada que partió en dos la historia del país, pero el eco del Palacio sigue retumbando.
En los tribunales aún se debaten responsabilidades, los sobrevivientes aún buscan justicia y los jóvenes aún aprenden los nombres de quienes desaparecieron entre el fuego.
Cada aniversario revela que la impunidad sigue siendo una institución viva. El periodismo de Germán Castro Caycedo, sin embargo, permanece como antídoto contra el olvido. Su método —el del periodista que actúa como historiador civil— se convirtió en ejemplo para una generación que aprendió que investigar no es opinar, sino probar.
En un país donde las versiones oficiales se escriben a golpes de comunicado, El Palacio sin Máscara recuerda que la verdad, cuando se documenta, es indestructible.
Germán Castro Caycedo murió en 2021, pero su obra continúa siendo una voz que incomoda al poder. El Palacio sin Máscara no es un libro cómodo, ni fue concebido para serlo. Por el contrario, una interpelación moral: a los militares que callaron, a los políticos que omitieron, a los que se rindieron en la búsqueda de la verdad.
Y como lo dijo reiteradamente:
“El periodismo, cuando es honesto, también hace justicia”.
Poco antes de su fallecimiento, Germán Castro Caycedo participó en la producción de un especial para Canal Capital dedicado al caso del magistrado Carlos Horacio Urán y a los hechos de la retoma del Palacio de Justicia. Aunque la entrevista original con su hija, Elena Urán Bidegaín, se extravió por un fallo técnico, el canal reconstruyó el segmento a partir de un texto escrito por el propio Germán, que fue convertido en una animación e incluido en el programa. El resultado fue un homenaje a su rigor investigativo y a su empeño por esclarecer los hechos que marcaron una de las tragedias más profundas de la historia nacional.
Un texto de Iván Gallo acerca del llamado «Día de la Raza», hoy Día de la Diversidad Étnica y Cultural, tomando como referencia El Hurakán.
No es una entrevista cualquiera. Es una clase maestra de método y pensamiento. Durante varias páginas, Germán Castro Caycedo se entrega a una conversación sin concesiones. Habla con el rigor de quien ha aprendido en el camino, pero también con la libertad del que ya no necesita probar nada. Cada respuesta es una escena, un recuerdo de campo, una declaración de principios. Leerlo es entrar en el corazón mismo de su oficio.
—No voy a escribir ficción —dice—. Lo que hago es superior a la ficción.
Publicado por el Banco de la República en 1990, el texto cobra nueva vida gracias a la digitalización de la Biblioteca Luis Ángel Arango. Su lectura es imprescindible para entender no solo cómo escribía Germán, sino desde dónde. Desde qué lugar del mundo, del lenguaje y de la ética.
La entrevista comienza con una pregunta sencilla: ¿cómo escribe Germán Castro Caycedo? Su respuesta no es técnica ni literaria. Es casi antropología aplicada. Lo suyo no es imaginar, sino caminar. Investigar no desde los libros, sino desde la olla, el zarzo, la quebrada. La escritura, dice, empieza en el cuerpo de quien cuenta. Y en el paisaje donde ocurrió la historia.
Para escribir El Cachalandrán amarillo, por ejemplo, regresó al sur del Huila para investigar cómo hacían el mote los colonos. Descubrió que la sopa tardaba seis horas, que se le cambiaba el agua varias veces y que era considerada “la sopa de los hombres”. Ese detalle era clave, porque determinaba el tiempo narrativo: la aparición de la Madre Monte coincidía con la cocción. Nada podía quedar al azar.
Ese tipo de trabajo de campo, meticuloso y paciente, lo repitió una y otra vez. No era un gesto romántico, era un principio. —Si lo hago desde el escritorio, me invento que es choza. Pero si voy al lugar, descubro que allá le dicen tambo. ¡Y no es lo mismo!
Volvía a los sitios. Leía registros parroquiales para verificar nombres. Observaba los amaneceres. Escuchaba los ruidos del mar en la noche. Grababa todo, menos cuando estaba con comunidades indígenas, porque sabía que con ellos la grabadora era una barrera. Con ellos, había que escribir a mano. Y aprender a leer entre silencios.
Germán no se formó en talleres de crónica, sino leyendo a Camilo López, a Germán Pinzón, a Marco Tulio Rodríguez. Aprendió de ellos el manejo del tiempo, el respeto por el habla popular, el valor de la escena. Pero también se nutrió de los cronistas de Indias y de los relatos orales de pescadores, campesinos y arrieros.
En la entrevista recuerda una tarde de lluvia en Bogotá. Tenía diecinueve años. Leyó un reportaje de Camilo López en una esquina, parado frente a una droguería. Era la historia de un avión accidentado en el Cañón de las Ánimas. El testimonio de un sobreviviente, Atala Tapiche, lo dejó paralizado. Lo leyó tres veces. Y fue entonces cuando entendió el poder del monólogo: López había eliminado todas sus preguntas. El sobreviviente hablaba solo, sin interferencias. A partir de ese día, supo lo que quería hacer.
También leyó a Quevedo, a Cervantes, a Defoe. Pero sin solemnidad. Los usaba para enriquecer el castellano cuando el narrador lo permitía. Moisés Perea, por ejemplo, hablaba como un juglar. Entonces Germán se permitió salpicar el texto con arcaísmos, con giros barrocos. Era una forma de dignificar el idioma. Una forma de decir: nuestro castellano es vasto, no tenemos por qué empobrecerlo.
Para Germán, la precisión no era un asunto de estilo. Era una forma de respeto. Una forma de decirle al lector: esto ocurrió. No lo estoy inventando. Por eso le pedía a sus entrevistados que describieran el color de las nubes, la textura de los árboles, el olor de un fusilamiento.
—Todo tiene que ser real. Hasta el color de un botón.
En la entrevista confiesa que no tiene las condiciones sensoriales de un artista. Pero sí tiene algo que valora más: la reportería. La capacidad de registrar, de preguntar, de volver. Y esa honestidad atraviesa toda su obra.
Por eso nunca escribió ficción. No porque la despreciara, sino porque creía que su trabajo, hecho con rigor, podía ser más poderoso. —Yo no me invento. Yo reconstruyo. Y a veces la realidad es más brutal que la imaginación.
La entrevista de 1990 es, en efecto, una pieza de archivo. Pero también es un manifiesto vivo. Cada párrafo habla de un oficio que hoy está en riesgo: el del periodista que se toma el tiempo de ir, de escuchar, de escribir con el cuerpo entero.
Castro Caycedo no escribía desde la distancia. Escribía desde la espesura, desde el barro, desde la sopa, desde la palabra que alguien dijo de verdad. Y en ese barro dejó sembrada una ética. Una que aún florece.
Entrevista completa:
Hace cuatro años, un 15 de julio, Colombia despedía a Germán Castro Caycedo. Hoy, en el aniversario de su fallecimiento, su voz periodística se mantiene tan vigente como entonces. A sus 81 años, este maestro de la crónica dejó un legado inquebrantable de verdad y compromiso. Su obra anticipó debates cruciales que aún marcan la agenda nacional y global. No es casualidad que hasta sus últimos días mantuviera la mirada fija en los grandes problemas del país: sobre su escritorio quedaron apuntes sobre el glifosato y la minería ilegal, temas que “le preocupaban muchísimo: la destrucción de este país”, según recordó su esposa, la periodista Gloria Moreno. Ese compromiso final resume medio siglo de trayectoria periodística, marcada por un estilo sobrio, narrativo, riguroso y siempre guiado por el deber de contar la verdad.
Castro Caycedo recorrió selvas, montañas y los rincones olvidados del país, revelando historias silenciadas. Desde su primer gran libro, Colombia amarga (1976), compuesto por crónicas que mostraron la realidad de una Colombia profunda golpeada por la desigualdad, el periodista expuso lo que muchos se negaban a ver. Años después, esos mismos temas siguen sin resolverse. En esta nota especial recordamos cómo su mirada pionera abordó, entre muchos, cuatro temas claves del conflicto social y armado colombiano –el uso del glifosato, la guerra contra las drogas, la deforestación y el narcotráfico– anticipando discusiones que hoy continúan abiertas en Colombia y el mundo.
Mucho antes de que el país se polarizara en torno al uso del glifosato para erradicar cultivos ilícitos, Germán Castro Caycedo ya había denunciado sus efectos devastadores. Se oponía a la fumigación aérea no solo por su ineficacia, sino por el daño humano y ambiental. “Colombia es el único país del mundo que fumiga desde el aire con glifosato”, advertía, calificando a este químico como un veneno esparcido sobre poblados, escuelas y hospitales. Para él, los únicos ganadores eran las multinacionales como Monsanto y Dow Chemical.
Sus investigaciones documentaron malformaciones congénitas, daños genéticos, hidrocefalia en niños y afecciones en comunidades rurales. También mostró cómo las aspersiones destruían ecosistemas vitales como la Amazonía. Tras analizar décadas de lucha antidrogas, su conclusión fue contundente: “los herbicidas de la firma estadounidense Monsanto son los únicos ganadores de una destrucción de décadas”.
Con datos y testimonios, Germán se adelantó al debate sobre el glifosato. Décadas antes de que se discutiera su prohibición, él ya había dejado en claro que la guerra química contra las drogas era una derrota moral, social y ambiental.
Para Castro Caycedo, la llamada guerra contra las drogas era una imposición extranjera, una “guerra ajena”. La definía como un conflicto foráneo librado en territorio colombiano, que dejaba muertos, destrucción ambiental y ninguna solución real. Ya en los años 70 había rastreado el origen del narcotráfico moderno a la posguerra de Vietnam, cuando miles de excombatientes estadounidenses regresaron adictos a la marihuana y generaron una creciente demanda.
Siguiendo ese rastro, mostró cómo la Sierra Nevada de Santa Marta se convirtió en centro de producción para suplir ese mercado, y cómo pilotos norteamericanos participaban en el tráfico. Denunció la doble moral de EE. UU., que prohibía ciertos pesticidas en su territorio mientras los promovía en Colombia, como el caso del letal Paraquat. En Nuestra guerra ajena (2014), Germán analizó cómo el Plan Colombia sirvió a intereses militares y económicos de EE. UU., incluyendo el control de reservas de agua dulce.
El periodista se anticipó a la discusión contemporánea sobre el fracaso de la estrategia prohibicionista y la necesidad de nuevas políticas basadas en salud pública y derechos humanos. En sus palabras, Colombia había puesto los muertos, mientras otros se beneficiaban.
Desde los años 70, Germán abordó el tema ambiental cuando pocos lo hacían. En 1975 denunció la contaminación por mercurio en la bahía de Cartagena. En Colombia amarga, publicó la “Crónica del agente naranja”, una investigación que reveló el uso de herbicidas altamente tóxicos como el 2,4-D y el 2,4,5-T, componentes del defoliante usado en Vietnam, aplicados en cultivos colombianos con consecuencias sanitarias devastadoras.
En Perdido en el Amazonas (1978), retrató la intrusión de intereses externos en territorios indígenas y ecosistemas amazónicos. Señaló que la violencia contra la naturaleza era una extensión de la violencia contra las personas. “En Colombia estamos fabricando un desierto”, escribió, aludiendo a un modelo de desarrollo agresivo que convertía selvas en terrenos estériles. Su denuncia contra el extractivismo y la tala promovida por intereses foráneos fue precoz, valiente y hoy, más vigente que nunca.
Castro Caycedo desnudó la relación entre el narcotráfico y el poder político. En La bruja (1994), combinó narrativa de ficción con hechos reales para describir cómo el dinero del narco llegaba a las altas esferas. Expuso la complicidad de empresarios, políticos y agencias extranjeras, en libros y crónicas, y reveló la hipocresía del enfoque represivo. También abordó el papel de Estados Unidos en la expansión del negocio y la posterior criminalización de los eslabones más débiles de la cadena.
En Operación Pablo Escobar (2016), reconstruyó la caída del capo con detalles reveladores. Su trabajo no romantizaba ni simplificaba: mostraba cómo el narcotráfico era una consecuencia de desigualdades estructurales, abandono estatal y complicidad institucional. Fue pionero en denunciar la conexión entre el narco y el conflicto armado, incluyendo el tráfico de armas, la penetración política y la corrupción judicial.
Germán Castro Caycedo no fue solo un testigo de su tiempo: fue un adelantado. Muchos de los debates que hoy ocupan el centro de la agenda pública él los abrió hace décadas. En sus últimos años, afirmaba que si reescribiera Colombia amarga tendría que llamarse Colombia más amarga; otras veces usaba una frase más catastrófica: «Apocalipsis ahora» porque las injusticias habían empeorado. Y sin embargo, su obra no fue un ejercicio de desesperanza. Fue un llamado a mirar el país con profundidad, a escuchar lo que nadie quería oír, a decir lo que había que decir.
Hoy, sus libros siguen siendo faros para entender el presente. Nos interpelan: ¿Seguiremos envenenando nuestros campos? ¿Insistiremos en guerras ajenas? ¿Permitiremos la extinción de la selva? ¿Normalizaremos la corrupción narco? Las respuestas están en sus páginas, donde cada frase fue escrita con un propósito: incomodar al poder, sacudir conciencias, registrar con valentía lo que otros callaban.
Ese es el legado de Germán Castro Caycedo, el cronista que miró más allá de su tiempo y cuyo eco seguirá acompañándonos en los debates más trascendentes del mañana.