Germán Castro Caycedo habla de su libro Huellas en La W

Germán Castro Caycedo habla de su libro Huellas en La W

El periodista colombiano cuenta que acudió a su registro de audio y notas para escribir este libro que relata historias de las que nunca antes había puesto en tinta y papel.

Entrevista para La W

Crédito de la imagen: Germán Castro Caycedo presentará su libro Huellas en la Feria del Libro de Bogotá. Foto: Colprensa

Audio de la entrevista para embeber:

Entrevista completa en Lecturas W:

‘Huellas’(Planeta) es el nuevo libro de Germán Castro Caycedo. Son 33 crónicas que tenía guardadas en sus libretas de apuntes, sus grabaciones y fotografías. En este libro el lector puede sentir el frío de los menos 40 grados del Círculo Polar Ártico; la humedad y el calor de la selva del Darién; los colores del Mar Caribe, el triángulo fronterizo y olvidado entre Colombia, Perú y Brasil; y hasta los argumentos de por qué la guerra contra las drogas ha sido una matanza infundada por los Estados Unidos, “el país que más consume cocaína en el mundo”.

Como si fuera poco y con el rigor que ha caracterizado el trabajo de Germán Castro Caycedo, ‘Huellas’ (Planeta-2019), contiene tal vez la mejor crónica sobre el baño de sangre en América desde la llegada de Colón hasta nuestros días. “No son 60 años de guerra, como muestran los periódicos, son más de cinco siglos”, asegura el cronista.

Fragmento del libro Huellas

Fragmento del libro Huellas

‘Huellas’ sigue el rastro del autor por países diversos. Aquí, un fragmento de su trabajo ejemplar.

Por: Germán Castro Caycedo para El Tiempo

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Crédito de la foto: Nietos de Oleg, junto a su tienda hecha de piel de reno.
Foto: Alejandro Mendoza

Primera huella

Muiscámennii-Siberia

Uno de sus amigos me dijo en San Petersburgo: “¿Carlos Grisales? ¿El geólogo colombiano? Está viviendo en Siberia”.

Ahora seguíamos sus pasos en Salijard, una ciudad a tres horas en jet al nororiente de Moscú, plantada sobre el círculo polar ártico. Grisales huyó de la violencia en Colombia y terminó viviendo en Vorkutá, un campo de destierro más allá de los Urales. Allí llegó con Natascha Stepánovna, su compañera.

El padre de Natascha era un desterrado y un día ella le dijo:
–Carlos, mi padre está enfermo, me voy a morir a su lado.
–Nos moriremos los tres: yo me voy contigo.
El cerebro de Natascha está atado a la cultura del destierro. Desde hacía cerca de dos siglos algunas mujeres habían empezado a irse a Siberia a acompañar a sus familiares.

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Crédito de la imagen: Oleg Jrimbóievich, de la comunidad nenei, que se llaman a sí mismos ‘nenei neneche’, que traduce ‘gente de verdad’.
Foto: Alejandro Mendoza

Grisales y Natascha Stepánov-na ya no estaban en Vorkutá. El viejo murió y ellos se vinieron hace cinco años a un punto, 520 kilómetros al norte del círculo polar ártico, llamado Muiscámennii, que no figura en los mapas convencionales de Rusia. Ese era nuestro destino.

Volábamos en un avión sesquiplano Antónov-2. A una hora de travesía el cielo estaba limpio y empezamos a divisar la tundra: llanura invadida por las aguas que corren sobre las tierras bajas.

Ríos que se deslizan bajo una superficie congelada con una capa de más de un metro de hielo: ríos y pantanos y lagunas. Lagos de colores con un sello de hielo blanco en los bordes y el resto azul claro, algunas veces ocre. Nada brilla allá abajo. Es una visión apagada sobre el azul verdoso y el gris del techo de nubes que termina en el infinito.

Al frente veíamos, a trechos, comunidades de pinos, alerces y abedules delgados y pequeños, chamuscados por la ventisca y plantados como grupos de alfileres en aquella inmensidad de musgo y mármol.

Mi compañero de viaje era Alejandro Mendoza, un físico colombiano que se vino a la Unión Soviética, estudió y se quedó sumergido en el mundo de la ciencia. Luego de recibirse, cuando finalizaba la maestría de su carrera, hizo prácticas en una central nuclear aquí en Siberia y quería regresar.

Más adelante cambió la imagen de la tundra y empezamos a volar sobre blanco y vapores azulados: bruma. Y en medio del blanco y de la niebla, siluetas de viviendas grises. Arquitectura soviética.

Era mayo, primavera tardía en el Ártico… “Las noches blancas”, le dicen a esta época con veinticuatro horas de luz.

En Muiscámennii –donde permanecimos diez días– habíamos perdido la noción del tiempo y del espacio en una geografía monocorde, con un paisaje que no cambia, con un clima que no parece variar: dos semanas de primavera, siete meses de sombras.

Antes de nuestro regreso a Salijard y luego a Moscú, Nicolai Vorísovich, piloto de uno de los helicópteros de las compañías que extraen gas en Siberia, dijo que volando hacia el norte había visto a una familia de nenei, hombres de las nieves, y pensó en nosotros. Sus toldas estaban 120 kilómetros al norte.

Como hace siglos, aquellos viven en un mundo esotérico. Son trashumantes, no se detienen en un sitio más de siete, ocho días, según se agote en cada paraje el musgo con que se alimenta un colosal rebaño de renos, razón de su existencia.

Temperatura, un grado centígrado. Allí apenas iban a comenzar dos semanas de primavera y el hielo comenzaba a derretirse bajo un sol tímido. Para Nicolai, este clima parecía mentira: en diciembre y enero habían vivido una noche profunda y cincuenta y siete grados bajo cero.

A trescientos kilómetros al norte del círculo polar ártico, encontramos tres toldas hechas con piel de reno. Un hombre, varios jóvenes, las mujeres y los niños llevaban trajes de piel de reno. Estaban sonrientes, levantaron las manos para saludar. Un poco después nos alcanzaron un chuzo con trozos de carne de reno asada.

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Crédito de la imagen: El Antónov-2, en el que Castro Caycedo y el fotógrafo y físico colombiano Alejandro Mendoza viajaron a un lugar llamado Muiscámennii, 520 km al norte del círculo polar ártico.
Foto: Alejandro Mendoza

Nos presentamos. Alejandro le preguntó cómo se llamaba, y no respondió. Sonrió, y Alejandro le dijo:
– ¿Chilaviék Nizvíestnava Zvánia? Y él sonrió aún más: “El hombre del nombre desconocido?”.

–La tundra está ahora llena de sonidos –dijo él–. Antes había silencio. Todo silencio: cuando cae la nieve, las palabras se congelan. Pero ahora se deslíen y se escuchan. En el invierno dijimos cosas y las mujeres no las pudieron oír. Ahora ellas sonríen: comienzan a escucharlas.

–Los renos olfatean el musgo bajo el hielo y lo descubren con los cascos –comentó el jefe, que, ahora sabíamos, se llama Oleg Jrimbóievich.

Los nenei se llaman a ellos mismos nenei neneche, “gente de verdad”. No conocen la envidia, no son egoístas (algo difícil de entender para un latinoamericano. Y, por otro lado, sus vidas están gobernadas por el sentido de la libertad. Sí. La tundra sin límites es libertad.

Entramos en la carpa cuando nos invitaron. Unos cuatro metros de alta, seis de base. Los hombres duermen en el centro, que simboliza el árbol de la vida; las mujeres, a la entrada.

Afuera están los trineos formando un círculo. Oleg dice ahora algo como que la tundra es un camino infinito y la tranquilidad está en el movimiento. El movimiento es libertad: La tundra es estéril, es necesario caminar siempre en busca del alimento de los animales. Por eso la vida se concibe en movimiento constante.

–Los únicos que permanecen quietos son los muertos.
Cuando se mueven, la familia se estira como una cuerda. Pero se detiene y en ese momento se agrupa en círculo. La casa es circular, una línea que se agrupa. En sus ceremonias, los nenei se mueven en círculo. Antes de comenzar a andar, el acoso para reunir los rebaños de renos se hace en círculos hasta cuando estén juntos. El reno es un puente con los espíritus.

Cuando hay ventisca, los nenei marchan según las sacudidas de la cabeza del reno que los guía. Y en las noches con cielos despejados se guían por las estrellas teniendo en cuenta su situación alrededor de los cuernos de aquel reno. Una zona se considera colonizada, no cuando pasan por sobre ella sino cuando las mujeres levantan una carpa. Al levantarla, después de caminar mucho, ellas encienden el fuego.

El fogón es el reino de la mujer. Ella alimenta el fuego y la llama alimenta a las personas. El sol también es una mujer. Y les tienen miedo a los difuntos. Los viejos, a los nacimientos porque la llegada de otro ser representa una muerte para ellos.