VIDEO | LA AGONÍA DE LAS AGUAS

VIDEO | LA AGONÍA DE LAS AGUAS

La Agonía de las Aguas» es un episodio crucial de «Enviado Especial» que se adentra en la grave problemática ambiental y de salud pública enfrentada por la comunidad de Cartagena, Colombia, debido a la contaminación por mercurio. A través de una investigación meticulosa, Germán Castro Caycedo revela cómo la empresa estatal Alcalis, dedicada a la producción de cloro, ha sido responsable de vertimientos masivos de mercurio metálico en la bahía, poniendo en riesgo la salud de más de 100,000 habitantes de la región y del ecosistema marino.

Tomando como punto de partida el devastador caso de Minamata en Japón, donde la contaminación por mercurio causó una tragedia humana y ambiental sin precedentes, Castro Caycedo traza paralelos alarmantes con la situación en Cartagena. Las investigaciones llevadas a cabo por el Comité de Protección Ambiental de Cartagena y el equipo de «Enviado Especial» exponen cómo, en solo 15 minutos, se lograron recolectar hasta 9 kilogramos de mercurio metálico en áreas cercanas a los desechos de Alcalis, lo cual subraya la magnitud del problema.

El periodista no solo detalla el proceso por el cual el mercurio metálico se transforma en metilmercurio, una forma orgánica altamente tóxica para los seres humanos debido a la acción de microorganismos, sino que también explica el fenómeno de biomagnificación. Este proceso aumenta la concentración de la sustancia tóxica a través de la cadena alimentaria, desde los organismos marinos más pequeños hasta llegar a los peces consumidos por humanos, representando un grave peligro para la salud pública.

La denuncia de Castro Caycedo no se limita a la contaminación por mercurio. El periodista también aborda otros temas ambientales críticos en Colombia, como el impacto de los plaguicidas y el glifosato, mostrando su compromiso con la defensa del medio ambiente y la salud de las comunidades. Su trabajo en «La Agonía de las Aguas» y otras investigaciones resalta la importancia de un periodismo riguroso y valiente en la lucha contra la degradación ambiental y sus efectos en la población.

Este episodio de «Enviado Especial» es un testimonio poderoso del papel del periodismo en la denuncia de injusticias ambientales y en la promoción de acciones para proteger la naturaleza y la salud humana. «La Agonía de las Aguas» sigue siendo un recordatorio urgente de los peligros que enfrentamos al ignorar el impacto ambiental de la industria y de la necesidad de actuar para prevenir futuras tragedias.

VIDEO | DE UNA PROTESTA CONTRA EL BAZUCO AL DESCUBRIMIENTO DE UN NARCOTRAFICANTE

VIDEO | DE UNA PROTESTA CONTRA EL BAZUCO AL DESCUBRIMIENTO DE UN NARCOTRAFICANTE

En 1983, el programa «Enviado Especial» presentó «Bazuco», un episodio que sumerge al espectador en el corazón de una de las problemáticas sociales más desafiantes de Colombia durante ese periodo. En el municipio de Pacho, Cundinamarca, se desata una protesta comunitaria contra la creciente crisis del bazuco, un subproducto de la cocaína que estaba devastando a la sociedad colombiana. La comunidad señala directamente a un «comerciante» local, que no era otro que Gonzalo Rodríguez Gacha, uno de los narcotraficantes más temidos y poderosos de la historia del país.

Este capítulo ofrece una mirada inédita a la complejidad del narcotráfico en Colombia a través de una entrevista reveladora con Rodríguez Gacha. Conocido por su brutalidad y por ser uno de los pilares del Cartel de Medellín, junto a su socio Pablo Escobar Gaviria, Gacha defiende sus actividades argumentando que está «haciendo patria» mediante sus negocios. Esta aparición en pantalla brinda una perspectiva única sobre la mentalidad y las justificaciones de aquellos involucrados en el narcotráfico, mostrando cómo se entrelazan con las percepciones de legitimidad y beneficio nacional.

«Bazuco» no es solo un retrato de la lucha de una comunidad contra los estragos de la droga, sino también una ventana a la compleja red de narcotráfico que ha marcado profundamente a Colombia. El episodio resalta la valentía de los habitantes de Pacho, quienes se levantan en protesta para salvaguardar el tejido social de su municipio frente a la amenaza que representa el bazuco y aquellos que lo distribuyen.

LA CONTRALORÍA

LA CONTRALORÍA

La Contraloría General de la República es la encargada de vigilar el gasto de los dineros del Estado colombiano. Pero también una de las dependencias oficiales más corrompidas y la máquina política más peligrosa del engranaje administrativo del país. Desde esta oficina se controla el gasto de 79 mil millones de pesos que necesita la nación para poder funcionar cada año. El trabajo lo hacen ocho mil empleados en todo Colombia, cuyo sostén son 199 representantes a la Cámara, que son quienes nombran al contralor general.

Este funcionario no es elegido democráticamente en el Congreso desde hace 13 años, de manera que la acción de los parlamentarios se limita a sostenerlo firme en su cargo.

Y esto tiene un precio: el de darle a cada uno una «cuota», en puestos para sus electores.

Las últimas once investigaciones fiscales iniciadas en otras tantas dependencias del Estado, muestran que los auditores de la Contraloría General de la República están implicados en delitos contra el fisco, en malos manejos, en extorsión a la industria privada, en falsificaciones de firmas y documentos, en tráfico de esmeraldas, en saqueo de bodegas, en contrabando. Y ellos habían sido nombrados precisamente para evitar todas esas venalidades que hoy desangran el país en proporciones insospechables.

Para un auditor de varios años en ejercicio, «la causa de la corrupción en la Contraloría es la amoralidad de las personas que son nombradas cada día. También se trata, en su mayoría, de gentes sin ninguna capacidad».

Por ser la Contraloría el ponqué con que se devuelven los favores a la Cámara de Representantes, los funcionarios van allí primordialmente con fines políticos. Entonces puede hallarse, como hoy, porteros del Congreso que ocupan cargos de revisores. Choferes oficiales que han ascendido, por una recomendación, a puestos que en cualquier otro país exigen una responsable fiscalización.

En los últimos años ha aumentado hasta tal punto la voracidad de los congresistas, que la nómina de la Contraloría crece inconteniblemente. Hasta ayer, centenares de sueldos se habían dividido en dos y tres para dar cabida a los recomendados de la Cámara.

En la Contraloría no caben los funcionarios de buena parte de las dependencias. En «investigadores» no hay dónde sentar a todos los cincuenta y seis empleados, ni tampoco qué funciones otorgarles.

Sólo en Bogotá la planta de personal fue ampliada en los últimos cuatro años, de 2 mil a 3.800 cargos. En la nómina figuran funcionarios fantasmas, pues no se puede establecer si en realidad existen.

Hay empleados que aparecen frente a una auditoría, pero en el sitio que deben ocupar nadie las conoce. Y si se pregunta al jefe por ellas, responde que «fueron enviados en comisión a otras dependencias».

Un grupo de tres visitadores calcula que en la Contraloría, «por lo menos el 65 por ciento de los auditores y revisores son parientes de los representantes».

Y un senador que participa actualmente en una investigación fiscal, anota: «A los auditores se les perdonan los casos de inmoralidad, por la inmunidad que les da ser parientes de los congresistas que a su vez los exigen como cuota burocrática».

Para un investigador de la Procuraduría General de la Nación, «todos los delitos en dependencias del Gobierno se cometen sólo porque los funcionarios de la Contraloría no cumplen su misión de controlar. Si lo hicieran, nadie robaba».

Finalmente, cuatro auditores consultados están de acuerdo en que «es muy difícil trabajar porque el personal auxiliar que nos nombran es incapaz… Y deshonesto».

Al preguntarles si una solución podría ser que la Contraloría fuera independiente del Congreso, donde se halla la quintaesencia de la corrupción nacional, explicaron:

«Según la Constitución, la Cámara es el supremo fiscal del Estado. Que no haya ejercido su función… es otra cosa».

Adelantamos una averiguación periodística en Inalpro, Idema, ICCE, Ecominas, Inderena, Ferrocarriles, Fondo de Ahorro, Aduana, Colcultura y en todos hallamos anomalías. En 8 de los 9, los representantes de la Contraloría General de la República están implicados en delitos contra el erario público.

Intentamos mostrar parte del panorama hallado en esas agencias del gobierno, comenzando por los Ferrocarriles Nacionales, donde se halló culpable al auditor de falsificación de firmas y documentos para el cobro de gastos no ocasionados, cobro de viáticos no causados y otras anomalías.

Según una carta del actual gerente al presidente de la República él actuaba con la complicidad del antiguo gerente administrativo de la empresa y se adelantará una acción penal contra ellos.

Pero también la Auditoría delegada de la Contraloría General de la República tiene que ver en anomalías como esta: los Ferrocarriles deben cobrar sus servicios al contado, o en plazos no mayores de ocho días. Sin embargo, hoy existen cuentas por cobrar de 200 millones de pesos.

Mientras esto sucede, la empresa no ha tenido con qué pagar los sueldos de sus trabajadores.

Hay casos en que una sola persona le debe a los Ferrocarriles 6 millones de pesos. El Consorcio Bananero de Santa Marta tiene un cupo hasta de 200 mil pesos (para pagar en plazo de ocho días). Y se le adjudicaron fletes por medio millón de pesos, que desde 1971 no ha pagado.

Se trató, entonces, de embargar al Consorcio y los funcionarios que adelantaban esta operación debieron suspenderla por orden de la misma Gerencia Financiera de los Ferrocarriles.

En los talleres existe una mafia formada por empleados y obreros que roban herramientas y materiales. El caso más aberrante es el de Flandes, donde la mafia «es tan eficiente que no ha podido ser controlada», y los robos aumentan cada mes, a pesar de existir allí un puesto de policía ferroviaria.

Tres celadores de la empresa que delataron el robo fueron asesinados.

En el último mes se comprobó que cuando no se embarca en los trenes personal secreto para controlarlos, la venta de pasajes baja en medio millón de pesos mensuales, sin que el volumen de pasajeros disminuya.

Y se han prohibido los pasajes de cortesía porque los altos empleados de la empresa, y según un documento oficial, «igual que el Auditor General de la Contraloría, abusan de ellos para favorecer amigos y en la gran mayoría con fines netamente políticos».

En diciembre de 1973, solamente para viajar de Bogotá a Santa Marta y a Medellín se regalaron pasajes por 366 mil pesos.

En el Terminal de Carga en Bogotá había una banda de saqueadores encabezados por el jefe del Terminal. La empresa pagó varios millones de pesos por lo robado, mientras ellos guardaban en su bolsillo los costos de bodegaje, del cual no rendían cuentas ya que no eran fiscalizados por el representante del contralor.

En 1971 fueron compradas en forma directa, sin consulta, sin licitación, veintiocho locomotoras. La compra se hizo amparándose en un contrato con las firmas General Electric Española y Babcok & Wilcox C. A., que había vencido tres años antes.

Anualmente los ferrocarriles compran algo más de 30 millones de pesos en maderas. Y hasta hace pocos meses existió un verdadero monopolio, pues éstas eran suministradas por un solo cliente. Era tan «consentido» que se las recibían sin ninguna intervención de la Contraloría y, además, se le pagaba rápido y de contado.

Él hizo un contrato por 35 millones y medio de pesos, sobre los cuales se le adelantó un millón. Lo incumplió y debe aún 600 mil pesos, por lo cual fue vetado. Sin embargo, continuaron adjudicándole contratos en forma dolosa.

Un documento oficial de la empresa, dice: «Todo esto ocurrió por la complicidad con empleados de la empresa y con la anuencia del revisor de la Contraloría General de la República».

En la dirección de materiales y en la oficina de compras nacionales, los jefes tenían montado un fabuloso negocio. Se hacían grandes trucos con cotizaciones y muchas veces se contrataban las más altas. Para ejercer voraces negociados violaban los conceptos técnicos que buscaban impedir muchas compras.

Fue destituido el director de materiales hace pocos meses. Otro documento rendido a la gerencia y al Ministerio de Obras Públicas dice: «Cabe destacarse la responsabilidad que debe adjudicarse a los delegados de la Contraloría General de la República, ya que permitieron o participaron de irregularidades que han resultado muy onerosas para la empresa».

Los ferrocarriles eran hasta hace un mes el medio más efectivo con que contaba el país para el transporte de contrabando, a pesar de denuncias hechas por la policía ferroviaria. Y éstas nunca causaron sanciones para los empleados responsables. En la última semana de octubre fueron capturados grandes cargamentos ilegales. Hoy han sido despedidos 23 tripulantes por este hecho.

En un extenso informe se anota que «en las irregularidades halladas en los ferrocarriles hasta hoy, existe una gran responsabilidad de la Auditoría de la Contraloría General de la República, pues no se ve que haya ejercido sus funciones». Y luego agrega:

«Pero es que para fiscalizar es necesario contar con la suficiente autoridad moral… El auditor de la Contraloría en los ferrocarriles, cobró entre enero y octubre de este año 84 mil pesos por concepto de reparaciones, gasolina y lubricante del automóvil que se le adjudicó… Con el hecho agravante de que hoy el auto está en peores condiciones de las que presentaba antes de ser sometido a tan cuidadosas reparaciones.

«En la División Pacífico el auditor de la Contraloría intentó que una junta de la empresa le pagara 8 mil pesos por ‘calamidad doméstica’. Una investigación halló en este hecho caso de soborno».  Sin embargo… todo marcha sobre rieles.

* * *

Para escribir la historia de la deshonestidad oficial colombiana, es necesario contar con la Contraloría General de la República, donde se permiten negocios tan sucios como sus desgreñadas paredes interiores.

Allí, en oficinas atestadas de empleados y de personas que llevan en la solapa el brillante escudo de la Cámara de Representantes, basta observar unas horas para descubrir esa mezcla de política y corrupción, ante la cual el fisco es sólo un botín.

A unos cincuenta pasos están las ventanillas de impuestos nacionales, donde el pueblo hace colas interminables para pagar más de 30 mil millones de pesos cada año. Una parte de ese dinero es el que se juega en la Contraloría cada vez que una tarjeta de recomendación parlamentaria cae sobre el escritorio de sus directivos.

Actualmente cuatro juzgados penales de Bogotá han expedido órdenes de captura contra la auditora en Colcultura, pues las cuentas que «controló» durante la administración pasada no son nada claras.

Una ex-revisora de la Contraloría ante la Aduana Nacional es buscada por las autoridades para que cuente cómo colaboró —-sólo en un día—- en el saqueo de más de tres millones y medio de pesos en mercancías de las bodegas.

Antes de ser alta funcionaria de la Contraloría, la dama se desempeñó como miembro de la Guardia de Aduanas, de la cual fue destituida por deshonestidad. Pero logró entrar a la Contraloría con una recomendación política y allí se las arregló para que la enviaran una vez más a la Aduana. Logrado este fin, pasó con un palancazo a la Auditoría del Fondo Rotatorio y tuvo entonces acceso a las bodegas.

Esta posición es tan apetecida que, cuenta un alto funcionario del Ministerio de Hacienda, «los revisores dan cuotas al Auditor para que los destaque en las bodegas».

Una investigación que se adelanta en Aduanas ha revelado que la ex-revisora era favorecida por el auditor de turno. Se elevó la queja correspondiente y… el auditor fue trasladado y ascendido.

Las minas de Muzo fueron clausuradas por el gobierno. La Brigada de Tunja estableció, sin embargo, que uno de los auditores de la Contraloría General de la República —-enviado allí para colaborar en que se evite la explotación ilícita—- tenía un grupo de mineros a su servicio.

Ellos trabajaban a cambio de darle al  auditor el cincuenta por ciento de lo que hallaran. Una noche fueron sorprendidos por el ejército, puestos presos y soltados unas pocas horas después por un oficial y dos sargentos que trabajaban «armoniosamente» con el auditor. «Se elevó la queja al contralor, pero el funcionario deshonesto fue sostenido mes y medio más en su cargo», anota un informe del ejército al procurador.

En Tumaco, el auditor de la Contraloría General de la República ante la Refinería estatal —–en sociedad con un representante a la Cámara por Nariño—- solicitó al Inderena la concesión de areneras en el lecho del río Mira, para venderle materiales de construcción a la misma obra que él va a fiscalizar.

En el ICCE, un instituto creado para construir escuelas y dotarlas, hoy están paralizadas las obras porque no hay dinero.

En cambio —-como si se tratara del país más rico del mundo—- en sólo veinte días de mayo se crearon 2.984 puestos nuevos.

Antes los empleados eran 604; hoy son 3.588 y la nómina vale 51 millones de pesos más que hace seis meses.

Claro que el número de empleados debía ser ahora mayor pero un decreto, firmado al atardecer del 6 de agosto, no entró en vigencia: creaba 303 «corbatas» más.

En el ICCE todo aumenta desmedidamente, menos la nómina de profesores de los institutos que hoy tienen capacidad para enseñar en tres turnos diarios. Pero lo que creció fue la planta de personal administrativo.

Y aunque éste debía ser manejado por un abogado titulado y especializado en derecho laboral, se halla bajo la dirección de una persona que no es bachiller… Pero que en cambio ha tenido la suficiente capacidad para montar una fuerte monarquía política.

Esta explosión burocrática hace que el 90 por ciento del recortado presupuesto sea invertido en sueldos.

En el diez por ciento restante hay algunas cuentas turbias, como doscientos millones de pesos en materiales básicos que, según una fuente del Ministerio, fueron enviados hace varios meses a los INEM, pero que aún no han sido recibidos por ellos (esta semana se iniciará una investigación al respecto).

Tampoco se sabe dónde están 10 mil pupitres pagados a precios altos pero que nunca ingresaron a los almacenes; ni 800 televisores que desaparecieron de allí y que también ahora comenzarán a ser «buscados» por otra investigación.

Se puede dar una buena gratificación a quien diga dónde están otros cientos de millones de pesos invertidos en «reajustes» de contratos para construcción de aulas: «Escuelas adjudicadas para construcción por un millón de pesos, llegaron a valer cinco millones; especialmente en el Llano, donde fueron gastados más de mil millones», explica un investigador.

En los almacenes, las mercancías guardadas valen 800 millones de pesos, pero no están amparadas por inventarios. Permanecen en poder de personas que carecen hasta de fianzas de manejo. Allí los artículos son entregados sin que las autorizaciones llenen todos los requisitos. Los almacenistas rinden cuentas incompletas… Pero es que tampoco se hallan inventariados los 1.200 millones que valen los equipos del instituto.

Los «Itas» son unos institutos de enseñanza agropecuaria que tiene a su cargo el ICCE. Se trata de grandes haciendas como la de Paipa, que consta de 260 hectáreas con 2.800 gallinas, hortalizas, producción de huevos y leche en grandes cantidades.

Otra es la de Balsali, cerca de Silvania, que tiene dos mil gallinas y acaso una producción similar a la anterior. Pero nadie les controla la contabilidad. No rinden cuentas, no se sabe cuántos miles de pesos vale cada año su producción. Son fincas en diferentes partes del país, dotadas con los medios más modernos, para que una reducida camarilla las aproveche.

Estas haciendas están huérfanas como la «junta directiva» del ICCE, que se reunía por iniciativa del gerente, sin citar a sus verdaderos miembros. Según las actas, el gerente, sus subgerentes y el auditor de la Contraloría General de la República, aprobaban a puerta cerrada los negocios.

En esta forma, los delegados del presidente de la República, del Ministerio de Obras, del jefe de Planeación Nacional, ni el Ministerio de Educación, se enteraban de lo que disponía la «junta».

Pero es que no puede haber austeridad en un instituto en donde el gerente tiene tres carros oficiales para su uso: uno para él, otro para que lo conserve el hijo y el tercero destinado para fines de semana.

Ni mucho menos control por parte del auditor de la Contraloría que permitió hace dos meses que, violando flagrantemente la Constitución Nacional, se le nombre en forma paralela una auditoría interna que depende del gerente. «Cuando los negocios no son aprobados por el delegado de la Contraloría General, lo son por el delegado del gerente», anota en un informe el investigador del alto gobierno.

El auditor de la Contraloría General de la República es hermano de un expresidente de la Cámara de Representantes, que lo hizo nombrar cuando ocupaba aquel cargo en el Congreso.

Este funcionario, a pesar de que la Contraloría dice que sus delegados no deben recibir autos de las instituciones que fiscalizan, ya estrelló uno y la reparación costó 60 mil pesos (según las cuentas que da el ICCE). Ahora tiene a su servicio un Dodge último modelo.

Un delegado del Ministerio de Educación que trabaja ahora en una investigación que tomará varios meses antes de culminar, anota:

«Aquí no hay la más mínima colaboración por parte del auditor de la Contraloría General de la República. Si él fuera consciente, en esta dependencia nadie robaría nada. Por eso a él lo tiene que investigar la Procuraduría. Y seguro que correría la misma suerte de todos los funcionarios que hoy son sus socios».

* * *

Treinta investigaciones penales contra funcionarios de la Contraloría General de la República muestran que, a pesar de comprobarse los delitos cometidos por ellos, han continuado en el ejercicio de sus funciones.

En muchos casos ha habido actuación de miembros del Congreso para favorecerlos, lo cual hace que la Contraloría atraviese hoy por uno de sus momentos de mayor descomposición moral.

En la actualidad hay auditores como el de la Aduana de Cali, que fue sindicado este año por el Juzgado Cuarto Penal del Circuito de Palmira. Está acusado de un peculado por un millón 200 mil pesos. Sin embargo, a raíz del negocio, fue trasladado a la capital vallecaucana.

Un revisor de la Contraloría General de la República en la misma dependencia tiene un sumario por abigeato.

El juez 37 de instrucción criminal, en Bogotá, adelantó un voluminoso sumario contra el auditor de la Contraloría que entre 1970 y 1973 cometió delitos en Corpal. A pesar de eso, fue trasladado al Instituto Agustín Codazzi —-donde hoy continúa figurando en su cargo—- y allí siguió su carrera venal. La Procuraduría General de la Nación lo investigó y halló, por ejemplo, que autorizó un negocio con una firma de electrodomésticos a cambio de que ésta equipara totalmente su casa. Y lo consiguió.

Esto para los investigadores no resultó extraño, porque en Corpal le comprobaron que había recibido 80 mil pesos de una conocida firma de arquitectos para adjudicarles la construcción del edificio de ese fenecido instituto. Hace cuatro meses la Procuraduría le pidió al contralor general de la República la destitución del funcionario. El contralor no lo destituyó.

Si se hiciera un campeonato de desfalcos, seguramente Corpal estaría entre los líderes. Allí desapareció tanto dinero que, para su liquidación, además del auditor, fue enviado un representante personal del contralor general de la República.

Tres días después de haber iniciado su trabajo, el liquidador de la Superintendencia de Sociedades recibió la oferta de dos millones de pesos de parte del representante personal del contralor, como «cuota inicial» para que lo dejara actuar. El liquidador se negó y los miembros de la Contraloría le hicieron la vida imposible, teniendo como consecuencia que renunciar.

Esta historia se halla en el Juzgado 32 de Instrucción Criminal de Bogotá. Simultáneamente, la Procuraduría comprobó parcialmente un peculado de 6 millones de pesos, y un informe interno dice que la suma «asciende a muchos millones más». El hecho fue puesto en conocimiento del contralor general de la República, pero no ocurrió nada. Tampoco hay detenidos por este caso comprobado.

Una revisora de la Contraloría General de la República ante el Fondo Rotatorio de Aduanas —-a quien actualmente se siguen cuatro procesos por deshonestidad—- debería estar presentandose cada tres días al Juzgado 21 Penal del Circuito. Pero no lo hace porque se evadió con la ayuda de altos funcionarios de la Contraloría. Cuando ella se asoció a un saqueo por varios millones de pesos fue denunciada por el auditor. Y éste resultó destituido de su cargo.

La funcionaria declara textualmente en documentos que tiene el Juzgado 51 de Instrucción Criminal de Bogotá, que tenía que entregarle mensualmente diez mil pesos a su jefe.

Ella hizo cargos en el mismo sentido contra un representante de la Cámara, que pidió también su destitución, la cual tampoco ocurrió.

Pero ésta no fue la última solicitud porque, a raíz de haber sido dictado un auto de detención contra ella (Juzgado 51), la Procuraduría también intervino ante el contralor, quien argumentó que la señora estaba «muy bien recomendada».

Esa misma tarde la dama huyó y según un documento de la Procuraduría, «el único que conocía la orden de detención era el Contralor».

Pero lo más extraño es que hoy la señora no ha sido destituida y sólo se halla suspendida de su cargo, algo similar a lo ocurrido varios meses atrás, cuando recibió otro auto de detención.

En esa ocasión, a pesar de estar suspendida, continuó cobrando sueldos y, desde luego, figurando en la nómina oficial.

Ahora vamos a Cartagena. En 1973, una industria antioqueña importó de Taiwan maquinaria para establecer una fábrica de pilas, y en el manifiesto de importación anotó que se trataba de máquinas nuevas, como realmente se comprobó más tarde.

Al iniciar el trámite de nacionalización, una vez llegada al país la maquinaria, el interventor de la Contraloría General de la República —-asociado con un aforador de Aduanas—- determinó que la maquinaria estaba usada. En esta forma entrabaron los trámites de importación.

El funcionario de la Contraloría exigió entonces 80 mil pesos a la industria antioqueña «para cambiar el concepto del manifiesto», y desde luego los importadores no accedieron.

Ante esto, el auditor denunció a la firma comercial por contrabando, para lo cual entró en asocio con un juez y posteriormente comenzaron a ser robadas las piezas vitales de la maquinaria.

Intervino la Procuraduría General de la Nación y logró que actuara el presidente Pastrana, quien ordenó la entrega del equipo a sus dueños. Aquél fue trasladado a Medellín, y allí el auditor de la Contraloría General ante la Aduana volvió a retenerlo por un día. Su entrega definitiva fue posible gracias a una segunda intervención de la Presidencia de la República.

Hoy el juez de Cartagena está siendo sumariado. El aforador fue despedido y procesado… Y el auditor continúa en su cargo, gracias a la tutela de su tío, un senador por Bolívar.

Tal vez no hay un crimen mayor que el que cometió en Idema la Auditoría de la Contraloría General, oficina que tenía montada una mafia de intermediarios, para comerciar con los alimentos que más escaseaban en el país.

Se aprovechaba la necesidad de 24 millones de habitantes para ganar ríos de dinero. Así, por ejemplo, gracias a la actuación de la Auditoría, azúcar que le salía al Idema a un peso, tenía que ser pagada por el pueblo colombiano a dos y medio.

Esta historia se halla dentro de la investigación que adelanta el Senado de la República en ese instituto. Su complemento es este:

Azúcar, harina, aceite, trigo, sorgo, etcétera, eran entregados a la pequeña camarilla de intermediarios para que ellos la revendieran, ganaran dinero y repartieran con los funcionarios de la Auditoría.

«La entrega era autorizada por los miembros de la Auditoría a los intermediarios, a sabiendas de que estaban produciendo el enriquecimiento ilícito de unos pocos particulares, a costa del pueblo colombiano», anota el senador Darío Alvarez.

La misma investigación establece que los auditores de la Contraloría ganaban grandes sumas autorizando con sus firmas la entrega de los alimentos.

En el expediente hay, por ejemplo, una sola orden para darle a un intermediario 500 bultos de azúcar cada día: 150 mil al mes. Y esto sucedió por un lapso de tiempo que aún no ha podido ser establecido.

Hoy Inalpro, un instituto que surtía de muebles, vehículos y útiles a todas las dependencias del Estado, está siendo liquidado porque allí se cometían los más increíbles robos al fisco.

En esa dependencia, hasta hoy, se ha hallado en los estudios de cuentas que se hicieron, negociados por 500 millones de pesos. Esos contratos violan absolutamente todas las normas de orden legal y fiscal. Y están, sin embargo, autorizados por los auditores de la Contraloría General de la República (esta suma es sólo parte de las cifras descubiertas por una comisión de la misma Contraloría).

Finalmente, el grupo investigador del Senado halló que el auditor en Idema es sobrino político del contralor general de la República. Y una visita fiscal realizada a Coldeportes —-donde hay irregularidades que están siendo puntualizadas—- estableció que el auditor que actuaba en la administración pasada (cuando se realizaron grandes negociados) era el hijo político del contralor general.

* * *

El contralor general de la República dijo, en una visita a El Tiempo, ayer, que solicitará una investigación de la Procuraduría, para que se establezcan responsabilidades por las anomalías que estén ocurriendo en aquella dependencia.

Asimismo, solicitó que «al hablar de la Contraloría, por favor no se emplee la palabra corrupción».

La investigación de la Procuraduría es urgente y podría comenzar por las auditorías ante la Aduana interior de Bogotá, en ElDorado, y ante el Fondo Rotatorio de Aduanas, donde la descomposición moral de la mayoría de sus funcionarios, alcanza niveles muy altos.

Los investigadores podrán comprobar que para trabajar allí hay que comprar los cargos. Los revisores pagan cuotas semanales en dinero a los auditores y éstos a su vez, hacen lo mismo con los funcionarios más altos de la Contraloría. La única forma de sostenerse en esos puestos es por medio de cuotas. Y éstas se obtienen de los atropellos que son cometidos cada hora, cada día, cada semana.

Para la Procuraduría no será difícil establecer cuántos ex-guardias de Aduanas, que fueron destituidos de allí por deshonestidad, ocupan cargos en las auditorías de la Contraloría General.

Tampoco les resultará imposible indagar sobre las casas, los automóviles y las cuentas bancarias de empleados de la Contraloría en el Aeropuerto, que generalmente no ganan más de siete mil pesos al mes.

Los visitadores pueden comprobar más que nadie como en las oficinas aduaneras del centro de Bogotá, cada cargo es un negocio particular para los empleados de la Contraloría. Y si hay un solo documento que allí se mueva antes de que le sea fijado un precio especial.

Un punto clave en la investigación debe ser la bodega internacional del Aeropuerto El Dorado. Inventarios establecerán cuántas mercancías han salido en forma ilegal, mediante la actuación irregular de auditores y revisores que tienen que conseguir para pagar su «cuota» y a la vez ganar para ellos.

Esta investigación no sólo es necesaria para el país sino que debe comenzar a la mayor brevedad. Es el único camino para despejar millares de interrogantes sobre la corrupción administrativa que se genera en la Contraloría.

Anotamos ahora parte de las irregularidades halladas por una comisión investigadora que actualmente trabaja en el Fondo de Ahorro y que ha encontrado actuaciones venales por parte de los auditores durante la pasada administración. También sobre el Instituto de Provisiones (Inalpro), donde el panorama es en este sentido desolador.

El Fondo de Ahorro trabaja con 1.200 millones de pesos anuales, provenientes en la mayor parte de las cesantías de 165 mil empleados oficiales.

Inicialmente se ha establecido que en el primer semestre del año se compraron equipos y papelería por tres millones de pesos, sin cumplir los requisitos establecidos por la ley, como licitaciones o contratos escritos. Todo esto debía haber sido exigido por los auditores. Sin embargo, ellos aparecen autorizando los negociados.

Según documentos originales, las compras a una misma empresa privada eran fraccionadas en varias actas y realizadas en meses diferentes.

Se buscaba así no dejarlas pasar de medio millón de pesos, para que no fueran controladas por la junta directiva del Fondo. Es así como a una conocida papelería bogotana se le fraccionó un pedido de 1 millón 700 mil pesos en cuatro partes de 425 mil pesos.

De las siete actas de compras, durante el primer semestre de este año, seis presentan irregularidades… Y fueron aprobadas por los auditores de la Contraloría General de la República, ubicados allí para evitarlo.

Actualmente se revisan actas de adjudicación de préstamos para vivienda, porque fueron «aprobados» por personas que no formaban parte del comité encargado de hacerlo. Las medidas tomadas en reuniones con este fin contaron siempre con la aprobación de los funcionarios de la Contraloría.

Se han descubierto varios préstamos que no fueron solicitados. Un ejemplo es el de tres por 900 mil pesos, autorizados el 26 de julio de este año. Y la solicitud fue acomodada después (el 6 y 14 de agosto).

Según un funcionario investigador en el Fondo, «el abuso contra los ahorros de los empleados públicos llegó hasta el punto de que fueron aprobados créditos de vivienda a personas que tenían más de siete casas. En los documentos se hallan los nombres de dos ministros de la pasada administración y de varios gerentes de institutos descentralizados, todas personas de grandes capitales».

Con las cesantías se hicieron grandes fortunas… Para pagarlas, los papeles correspondientes deben pasar seis veces por las manos de los funcionarios de Auditoría. Éstos las aprobaron y una vez girado el dinero, volvían a circular por sus manos hasta tres veces. Se han pagado cesantías de gentes que continúan trabajando y de empleados que no las solicitaron.

Para establecer esto no se necesita la actuación de la Procuraduría, porque ya está comprobado.

Por la manera como fueron saqueados los dineros oficiales, Inalpro fue liquidado. Hoy visitadores de la misma Contraloría trabajan allí y, ante la deshonestidad de los auditores —-que son sus mismos compañeros—- han tenido que elevar quejas al contralor y al Ministerio de Hacienda.

En el informe de uno de los visitadores de la Contraloría, cuya copia descansa en el Ministerio, se anota:

Para la liquidación de este instituto, «hallamos una discrepante y alarmante oposición por parte del Revisor Delegado de la Contraloría General de la República… y que, lamentable es decirlo, y aunque se trate de un funcionario de nuestra entidad fiscalizadora, se hizo necesario apartarnos de sus conceptos y contra ellos y sus planteamientos podemos decir mal enfocados y tercos…»

En Inalpro los miembros de la Auditoría Delegada de la Contraloría General, para tratar de tapar anomalías se opusieron a que, para iniciar la liquidación del Instituto, se realizara un inventario.

Esto se logró posteriormente, luego de una gran presión por parte de los visitadores.

Actualmente hay más de 100 millones de pesos en cuentas por pagar a la industria privada y los investigadores hallaron que funcionarios de la Auditoría habían entorpecido esta operación, primero para cobrar porcentajes a los clientes.

Muchos de ellos pagaron dinero en efectivo a los funcionarios de Auditoría ante la inminencia de perder sus cuentas, por vencimiento de los términos legales para el cobro.

Otro punto que no necesita intervención de la Procuraduría porque también está comprobado.

* * *

  «Por lo menos el 65 por ciento de los auditores y revisores de la Contraloría son parientes de los representantes a la Cámara… A los auditores se les perdonan los casos de inmoralidad, por la inmunidad que les da ser parientes de los representantes» (El Tiempo, diciembre 15/74).

      «Aparecen quejas sobre la presencia de familiares suyos (del contralor) en dependencias de la Contraloría, y sobre la de hermanos, padres, etc., de los Representantes a la Cámara». Esto tiene «carácter francamente inmoral…» (procurador general al contralor Escallón, dic. 31/74).

A raíz de los primeros informes en diciembre, la Procuraduría General de la Nación emprendió una investigación oficial para ratificar o negar los cargos de El Tiempo.

El periódico no ha suspendido desde entonces su actividad en este campo, por lo cual hoy ofrecemos el primero de dos nuevos informes, cuyos datos fueron cuidadosamente confrontados, mediante horas enteras de télex y teléfono, desplazamiento a diferentes ciudades del país y largas jornadas de trabajo diario.

Se trataba de hallar la comprobación de los hechos, para no formular cargos injustos.

No pretendemos detenernos en casos personales, sino comprobar a través de ellos toda una estructura viciada que afecta hoy a 23 millones de colombianos.

El nepotismo o acto de colocar a familiares de los altos empleados públicos en las mismas dependencias, no es castigado por la ley colombiana en casos como el de la Contraloría, pero sí es considerado como «acto de inmoralidad».

Sobre esto, hemos hallado lo siguiente:

Arturo Escallón, primo del contralor general de la República, es jefe de grupo de la Contraloría ante los Seguros Sociales en Cali.

Elsy Ibarra Escallón, sobrina del contralor, es revisora de documentos en la Contraloría ante la Aduana de Bucaramanga. Pero sólo cobra el sueldo, pues no asiste al trabajo. Es estudiante de la Normal de Señoritas de esa ciudad, donde terminó quinto de bachillerato en 1974 y está matriculada para sexto en 1975.

Necker Escallón, primo hermano del contralor, es auditor fiscal de la Contraloría ante la Recaudación de Impuestos Nacionales, en El Charco, Nariño.

Orlando Ibarra Madrid, cuñado del contralor y casado con Rosa Amalia Escallón, es inspector de auditorías de la Contraloría, con sede en Tumaco, y a la vez auditor encargado ante la Aduana Nacional.

Pablo Sánchez Rodríguez, hermano de la esposa del contralor, es inspector de la Contraloría en Cali. Y aunque vive allá, desde hace cerca de un año, cobra viáticos de 200 pesos diarios (está en «comisión»).

Enriqueta Sánchez de Reynel, sobrina de la esposa del contralor, es auditora de la Contraloría ante el Instituto Colombiano de los Seguros Sociales en Tumaco.

Hernando Cajiao, esposo de la sobrina del contralor, señora Ligia Escallón de Cajiao, es auditor general de la Contraloría ante el Fondo Nacional del Ahorro, en Bogotá.

César Escallón, primo del contralor, trabaja con la Contraloría en la auditoría ante el Instituto Colombiano de Seguros Sociales, en Bogotá.

Pero al mismo tiempo, otra familia se ocupa también de ejercer la delicada función de controlar el gasto de los dineros del Estado, así:

La señora María Manzi de Escrucería, es la esposa del representante a la Cámara por Nariño, Samuel Alberto Escrucería. Ella ocupó a partir de febrero de 1971 el cargo de auditora de la Contraloría ante el ICA, en Cali. Estuvo en su cargo hasta hace año y medio.

Raúl Hernán Escrucería, hermano del mismo congresista, es inspector general del despacho del contralor para el occidente del país. Pero es a la vez auditor fiscal ante los Ferrocarriles Nacionales y también ante la zona franca del Aeropuerto de Palmaseca, en Cali.

El señor Escrucería fue retirado en 1963 de la Caja Agraria, por ilícitos cometidos en Buenaventura, Ginebra y Cali. En 1964 fue administrador de la Aduana en Coveñas y despedido por malos manejos. Le fue dictado un auto de detención pero no se lo notificaron. El negocio pasó a un juez que enterró el proceso. En 1965 ocupó un cargo de la Contraloría ante los Seguros Sociales del Valle y posteriormente estuvo trasladado ante la Aduana en Cali. Allí resultó acusado de malos manejos y desaparición de un automóvil. Se elevó denuncia ante el juez 18 penal municipal de Cali.

Éste dictó contra él auto de detención y por medio de un telegrama pidió al entonces contralor, Evaristo Sourdís, que lo suspendiera de su cargo. (La funcionaria de la Contraloría Myriam Serna Correa acusó al hoy contralor, Julio Enrique Escallón —-entonces sub-contralor—-, de haber interceptado ese mensaje. La investigación fue adelantada por la Procuraduría, y hoy sera reabierta nuevamente). La respuesta al telegrama fue trasladar al señor Escrucería, nuevamente a la auditoría ante los Seguros Sociales.

Estando allí intentó fugarse y fue capturado en el aeropuerto caleño por el F-2. Pagó varios meses de reclusión en la Cárcel de Villanueva. Pero salió de allí y fue nombrado nuevamente como auditor de la Contraloría ante los Seguros Sociales.

En 1970 ocupó el cargo de Director Regional del Idema en Cali y fue destituido unos meses después bajo la acusación de peculado. Aunque un proceso en su contra no prosperó en esa época, hoy ha sido reabierto por la juez 18 penal municipal de Cali.

Sin embargo, dos meses después (el 28 de enero de 1971) el contralor, Julio Enrique Escallón Ordóñez, lo nombró inspector general de su propio despacho. A los diez meses el Tribunal Superior de Cali pidió su suspensión del cargo. Él «se perdió» y por tanto no se le pudo dar traslado de algunos cargos, por faltas cometidas estando —-en ese lapso—- de «comisión» ante los Ferrocarriles.

Hoy él ocupa el cargo de inspector general del despacho del señor contralor, auditor fiscal ante los Ferrocarriles y también ante la zona franca de Palmaseca. (Tiene su casa en Cali, figura con puesto en Bogotá y hace más de tres años devenga viáticos de 200 pesos diarios por estar allá en «comisión». Éstos son prorrogados cada 30 días).

Pero esto no es todo: su tío Luis Alfonso Delgado es a la vez subalterno directo suyo, pues ocupa el cargo de auditor de la Contraloría ante el ICA en Cali.

Ruby Escrucería de Escrucería, hija del congresista, es auditora de la Contraloría ante Ecopetrol, en Tumaco.

Eleonora Escrucería, hija del congresista, es revisora de documentos de la Contraloría ante la Administración de Impuestos Nacionales.

Nel Escrucería Manzi, primo del congresista, es revisor de la Contraloría ante la misión colombiana de la ONU (Nueva York).

Rafael Manzi, suegro del congresista, es inspector de auditoría con sede en Tumaco.

Italo Manzi, cuñado del congresista Escrucería, es auditor de la Contraloría ante la Aeronáutica Civil de Tumaco.

Otto Manzi, primo del congresista, es inspector de auditorías de la Contraloría General de la República.

Benigno Escallón Sánchez, hijo de contralor, ganó en las pasadas elecciones la curul de senador suplente por Nariño y toda la propaganda de su campaña fue hecha en la imprenta de la Contraloría General de la República.

Todas las papeletas para Senado, Cámara, Asamblea y Concejos de los municipios de Nariño (listas que apoyaban a Escallón) también fueron elaboradas en la imprenta de la Contraloría. (La lista ganadora estaba encabezada por Luis Avelino Pérez, a quien secundó Escallón Sánchez).

Desde finales de febrero, durante el mes de marzo y los primeros días de abril de 1974, el personal de la imprenta de la Contraloría trabajó en horas ordinarias y extras en la publicidad política de Escallón y Pérez.

Los materiales (papel, composición en linotipo, planchas, etc.) fueron tomados de las existencias que tiene la Contraloría y que deberían ser destinadas única y exclusivamente para uso oficial.

La propaganda consistió en volantes y afiches que llevaban la fotografía de Escallón y Pérez y se repartieron públicamente en Nariño.

La campaña política del hijo del contralor en Nariño ha sido una de las más brillantes que recuerde ese departamento. Tan brillante como las pantallas de los televisores que fueron sustraídos de los almacenes del Instituto Colombiano de Construcciones Escolares y «regalados» en varios municipios como aporte del nuevo padre de la patria.

Los televisores —-sobra decirlo—- son comprados con el dinero de todos los contribuyentes para que, en las escuelas, sus hijos puedan instruirse.

* * *

Al finalizar 1974, un investigador de la Contraloría General de la República había descubierto en Barranquilla ilícitos por 1.454 millones de pesos. En ellos estaban involucrados funcionarios del gobierno, de la Contraloría y firmas del sector privado.

Las proporciones que desde hacía unos meses había tomado la investigación, fueron causa para que sus superiores lo alejaran de la misión y le advirtieran que no podía seguir husmeando en tales negociados.

Parecería como si en la Contraloría se castigase un extraño delito, que no está contemplado en las leyes colombianas: el de ser honesto.

Luego de estudiar decenas de casos similares hay que llegar a otra conclusión: que en esta dependencia existen las investigaciones.

En este campo hay muchos ejemplos de destituciones injustas, y casos tan curiosos como los de personas que, luego de descubrir inmensos negociados, han terminado con un pie en la cárcel. Otros llevan años huyendo de una orden de captura, pues su delito fue denunciar a intocables peculadores del Estado.

De nuestros archivos sacamos hoy un solo ejemplo, respaldado por abundantes pruebas y documentos en los que figuran nombres propios, fechas, lugares y cuantías:

El año pasado la Contraloría ordenó una investigación en la capital del Atlántico y el visitador encargado, Emigdio Chimá Madrid, comenzó a llegar lejos en su trabajo. Los primeros resultados indicaron que se encaminaba al fondo de una inmensa podredumbre. Entonces lo retiraron y fue nombrado auditor ante el Idema, pero con aquella clarísima advertencia: no puede continuar su investigación.

Sin embargo, «como a un visitador no se le puede impedir que investigue, yo seguí destapando cosas: descubrí, por ejemplo, el contrabando más grande de que tenga noticia el país», dice Chimá, escondido tras un arrume de documentos.

Esto provocó la reacción inmediata de la Contraloría que, por medio del jefe de Visitadores e Investigación, Gustavo Cortés González, se apresuró a enviarle no sólo uno sino cuatro mensajes iguales con el mismo texto. En ellos se le advierte que no actúe más.

Pero como las cosas que se descubrían eran muy grandes y el país estaba sufriendo una enorme escasez de grasas y aceites comestibles, el visitador siguió adelante. Luego envió con un compañero suyo un cúmulo de documentos a Bogotá, y éste se los entregó al contralor Escallón Ordóñez.

Pero él mismo dice que experimentó una gran sorpresa cuando una mañana llegó a su oficina y halló que «alguien, no supe quién, me había dejado sobre el escritorio aquellos originales que semanas atrás le había enviado al Contralor General.

«Lo interpreté —-continúa—- como la última desautorización y el aviso de que debía abandonar totalmente el caso… Lo grave es que los documentos que le envié al señor Contralor no habían regresado completos. Se habían perdido unos 46 folios sobre gravísimas irregularidades descubiertas en Idema-Bogotá», cuenta ahora.

El final de la historia parece obvio: hoy las cosas siguen su tranquilo cauce, y el erario público se desangra en la misma proporción de los últimos lustros.

Pero, ¿qué había descubierto el visitador, que produjo esta serie de anomalías?

Él ya tenía un antecedente claro: en el Terminal marítimo, dos años antes, comenzó a destapar un peculado que —-cuando lo hicieron abandonar el caso—- iba en 8 millones de pesos. Robo de horas extras e indicios concretos contra unos 60 funcionarios. En esos días (1971), fue cambiado por el entonces jefe de Visitadores, Édgard Velasco Arboleda. Los visitadores de reemplazo enviaron a la cárcel a algunas personas, pero no siguieron al fondo. «Lo importante estaba más alto», dice el investigador, y agrega: «Así terminó todo donde apenas comenzaba».

Y llegamos a 1974, cuando en junio comienza una investigación en Idema de Barranquilla.

El visitador empezó por descubrir un contrabando de 500 toneladas de leche en polvo por valor de 18 millones de pesos, que iban para la firma John Restrepo de Medellín, utilizando el nombre del Idema, una agencia del Estado.

Él cuenta que luchó contra todo y que finalmente tuvo que convencer a un juez —-con documentos y pruebas—- para que decomisara definitivamente la leche. Éste lo hizo, calificó el cargamento como contrabando y ordenó al actual gerente del Idema que la rematara para beneficiar al pueblo colombiano. Este mes de enero vence el plazo para esta operación.

La orden de remate fue dada en noviembre, más o menos por los mismos días en que John Restrepo y Compañía apeló la decisión del juez para tratar de recuperar la leche.

Hoy, dos meses después, ésta sigue abandonada en las bodegas de Barranquilla. ¿Por qué no ha sido rematada?

Según los documentos en poder del investigador, la firma de Medellín «con sólo revender este cargamento se hubiera podido ganar 30 millones de pesos. Además, en la Asociación de Lecheros del Atlántico consta que presumiblemente con este mismo sistema, esa firma ya había introducido al país otras mil toneladas por 36 millones de pesos más», explica el investigador.

Pero, la angustia que los altos directivos de la Contraloría parecen mostrar a través de sus telegramas, no fue despertada, al parecer, por esta «bicoca».

El investigador descubrió también que ninguna de las importaciones del Idema, en el primer semestre de 1974 por Barranquilla, había sido autorizada por la junta directiva del Instituto. Esto para él configuraba otro delito más grande.

Y había en esas importaciones algo que merecía más respeto: el ingreso al país de grasas y aceites que no son para el consumo humano, sino para uso industrial. «¿Por qué el Idema se prestaba para esto?», se preguntó.

Luego pudo confirmar que las firmas Pintuco, Jabonería Central, Detergentes S.A., Expasa del Caribe y Colcurtidos, introdujeron materias primas por valor de 5 millones de dólares (unos 140 millones de pesos), y en lugar de pagarle al fisco el 40 por ciento de aquella cantidad sólo fueron gravadas con el 3 por ciento.

Pero hay algo más grave todavía: el déficit de aceite de comer que se presenta en Colombia cada año es de 50 mil toneladas. Y —según la investigación—- esa cantidad entró sólo en el primer semestre de 1974 únicamente por Barranquilla. «¿Cuánto más ingresó por Cartagena, Buenaventura y Santa Marta?»

Además de ese volumen, el investigador descubrió que habían sido «importados» por allí otros 9 millones de dólares (unos 252 millones de pesos) en aceites y manteca, que traían particulares a través del Idema.

¿Dónde estaba esa cantidad? Él sabía que había llegado y salido inmediatamente para los países limítrofes. Estaba seguro de que el pueblo colombiano —-que hacía agotadoras colas ante el drama de la escasez de ese mismo producto en todo el país—- no las había consumido.

Y —según él— fue en este punto que sus superiores le hicieron enterrar la investigación que, agrega, hoy puede ser continuada y finalizada fácilmente.

Lo último que el visitador pudo comenzar a destapar —-a pesar de la oposición de sus superiores en la Contraloría—- fue la evasión de más de 1.000 millones de pesos en impuestos que, hasta hace un año, había cometido la firma norteamericana General Electric-Caterpillar (en el lapso de tres años).

Él dice que comprobó cómo esa empresa importa tractores equipados y en la misma zona franca los desarma parcialmente. Paga impuestos por el tractor desnudo, y aparte  por los complementos. Posteriormente los saca de allí, reensambla el tractor nuevamente y se ahorra cerca del 40 por ciento de los gravámenes que debía rendirle al fisco colombiano.

Según el investigador en este caso hay dos delitos más: el de contrabando, porque la General Electric-Caterpillar no tiene permiso para ensamblar en el país, y porque para importar las piezas que le quita a los tractores debe tener una licencia de Forjas de Colombia, ya que éstas son fabricadas también en el país.

Para protegerse por tratarse de delitos grandes, el visitador demuestra que envió a su compañero Manuel Coll Vargas a Bogotá, para que entregara una consulta al respecto al jefe de División de Finanzas de la Contraloría, Hermes Silva.

De su respuesta depende que no se siga engañando al tesoro nacional. Sin embargo, «luego de un año de pedir la respuesta mediante llamadas telefónicas y de varios viajes expresos hasta Bogotá en busca de lo mismo, la Contraloría continúa callada», explica finalmente.

                                       Bogotá, 15 de diciembre de 1974 a 13 de enero de 1975

                                                  * * *

Enero 17 de 1975  El presidente Alfonso López Michelsen convocó al Congreso a sesiones extraordinarias a partir de febrero, para que se ocupe deestudiar una ley que modifique la Contraloría General de la República.

Abril 4 La Cámara de Representantes aprobó el nuevo estatuto de la Contraloría pero negó facultades al presidente de la República para reorganizar la planta de personal.

Octubre 1º La Corte Suprema de Justicia, en una decisión sin antecedentes en el país, llamó a juicio al contralor general de la República, para que responda por las acusaciones de peculado y falsedad en documentos públicos.

Octubre 4 La Corte ordenó la detención preventiva del contralor.

Octubre 13 El ex-contralor general de la República se internó en la Clínica Palermo de Bogotá, alegando dolencias cardiovasculares.

Octubre 31 La Corte suspendió la detención precautelativa al ex- contralor de acuerdo con la ley penal que lo ordena, en caso de que el sentenciado o encarcelado sufra enfermedad grave.

Diciembre 3 – La Corte abrió una nueva causa criminal contra el ex-contralor Escallón, por los delitos de peculado y falsedad. Dentro del proceso se ordena la detención precautelativa del acusado.

Enero 10 de 1976  Aquejado por nueva crisis cardiovascular, el ex-contralor viajó a Houston y se internó en la clínica Saint Luke. Escallón se trasladó primero a Quito y desde allí partió para Estados Unidos. Su salida de Colombia se hizo sin pedir autorización a la Corte.

Enero 16 de 1976 La Corte acordó ayer solicitar al gobierno de Estados Unidos la extradición del ex-contralor.

Febrero 3 de 1976 El ex-contralor abandonó la Clínica Saint Luke y, según la Procuraduría, habría marchado al Canadá, país que no tiene tratado de extradición con Colombia.

SE VENDEN 80 INDIOS

SE VENDEN 80 INDIOS

Luego de once días de espera, los 239 indígenas andoques que trabajaban en la extracción del caucho en Araracuara aún no habían salido a cedularse, porque, según los que hablaron diariamente con nosotros, no podían abandonar el «fábrico». Si lo hacían, perdían mucho tiempo y la deuda con sus dueños podía aumentar.

Los andoques son los únicos indígenas de esta zona que todavía tienen dueño. Ellos se compran y se venden como cualquier animal, a precios que algunas veces son relativamente «altos».

Pero la demora de los andoques para presentarse ante la única comisión oficial que ha llevado allí algo concreto —–la de la Registraduría—- se debía, según Pablo Firitek y Vicente Makuritofe —-jefe de los muinanes— al temor de sus propietarios de que ellos relataran como en Araracuara —–hoy, como hace un siglo—– prevalecen las condiciones de esclavitud impuesta por la Casa Arana.

La Casa Arana fue una compañía de caucheros peruanos que hasta finalizar la década de los años treinta, explotó las selvas del sur con la sangre de millares de indígenas.

Ellos marcaron con hierros calientes a los aborígenes; utilizaron las mujeres de sus tribus cuando llegaban a los doce años, azotaron hasta morir a aquellos que no entregaban una cuota de caucho previamente fijada o simplemente los encerraban en cuevas talladas en la roca (aún en Chorrera se encuentran estos calabozos) hasta que fallecieran de hambre.

Los indígenas del sur no conocieron el dinero ni el descanso, porque el sistema de ‘endeudarlos’, impuesto por la Casa Arana, consistía en darles, por ejemplo, una camisa o un pantalón, que les eran cobrados a precios extraordinarios, los cuales duraban pagando con trabajo toda la vida.

Hoy en Araracuara encontramos la misma situación, con el único alivio para el indígena de que sus dueños no los marcan con hierros ni los eliminan en forma violenta como antes.

Los indios andoques son de propiedad de dos descendientes directos de uno de los verdugos que más recuerda la historia de la Casa Arana, uno de los cuales se hace cada día más fuerte, apoyado por algunos políticos que viven en la capital.

En Araracuara cualquiera puede conseguir sin mayor esfuerzo un esclavo indígena (sin llenar formularios ni escrituras), pagando a estos dos caucheros la deuda que tenga con ellos el trabajador escogido.

Navegando Caquetá abajo, una tarde hallamos a un hombre que transportaba en su quilla una pequeña radiola estéreo de dos bafles, desde luego fuera de servicio, porque el único disco de que disponía había sido achicharrado por el sol, y las pilas ya no funcionaban. Él no tenía tampoco dinero para comprar unas nuevas.

Esto parece resumir el sistema de «endeude» del indígena: a ellos el cauchero les suministra lo que pidan: una escopeta, una vajilla de colores o un pequeño televisor, pero a cambio anota en un libro el precio del objeto, inflado unas cuarenta veces mientras su salario es cada vez más bajo.  Así el indígena queda empeñado para siempre.

Los andoques trabajan por temporadas (o fábricos) de seis meses, tiempo durante el cual se internan en la selva, solamente con algunas porciones de fariña (arepa extraída de la yuca brava), que ellos mismos producen.

Para procurarse algunas monedas, los indios deben venderle la fariña a un par de comerciantes que trafican allí amparados por los caucheros. Uno de éstos llegó como guardián al penal, posteriormente se dedicó a la extracción del caucho y más tarde a esclavizar a las gentes con su especulación.

Hoy el tipo ha atesorado un sólido capital fruto de sus atropellos pero, además,  es dirigente político de la zona, —que compra y vende votos—-, con importantes conexiones en Bogotá.

Como es usual desde el siglo pasado, allí los indígenas caucheros sólo logran su libertad (aunque el dueño pierda la deuda) cuando se hallan enfermos de muerte.

Pablo Firitek

Una tarde a orillas del río Caquetá conocí  a Pablo Firitek, un indígena muinane de dieciséis años que ya no tiene dueño porque sus pulmones están carcomidos por la “tos”.

Pablo es hijo de un guardián que llegó al penal cuando este funcionaba y de Margarita Firitek, una indígena que lo acompañó hasta su muerte, ocurrida cuando unos prófugos a quienes perseguía, le propinaron diecisiete puñaladas y, sumido en el abandono, el  muchacho tuvo que  trabajar desde los diez años en extracción del caucho. 

—- Trabajé meses y meses sin salir de la selva —-dice—– porque estaba endeudado con el comerciante Aniceto Fajardo, que antes se dedicaba al caucho, pero él me dejó libre cuando vio que yo tenía la «tos».

—- ¿Por qué cree que le dio esa enfermedad?

—- Tal vez porque trabajaba muy duro y no comía nada. A veces ni fariña; la fariña la hacemos nosotros de la yuca amarga y se la vendemos a Aniceto Fajardo a un peso con cincuenta centavos y después tenemos que comprársela a él mismo, a tres pesos.

—– ¿Cuánto le debe a Fajardo?

—– Mucho dinero… unos cuatrocientos. ¿De qué? Hombre,  yo no tenía en qué recoger el caucho y le compré un balde de aluminio. Él me lo dio y mucho tiempo después dijo que valía eso: cuatrocientos pesos. El balde fue comprado por libro… El libro que tienen ellos  para anotar las deudas… Muchas veces no le dan a uno nada y apuntan lo que quieren. Otras le dan a uno un peso y anotan cien…

—–¿Y sus padres?

—– Bueno, mi madre era huitota y mi padre un racional.

—– ¿Racional?

—- Pues… blanco. Eso de racional me lo enseñó un misionero, el padre Cristóbal Torralba, en un internado de Chorrera donde yo estudié. El padre nos decía siempre que los indios éramos unos salvajes, que agradeciéramos que él nos había venido a salvar… Antes, nosotros teníamos el apellido de la mamá, pero nos hicieron poner el del papá, que era blanco, aunque nosotros no fuéramos racionales.

Además de los andoques, en la zona habitan indígenas muinanes. Todos suman una población de ochocientas almas. Los últimos viven mezclados y la mayoría ha logrado liberarse de la esclavitud de los caucheros, mas no de la de los comerciantes.

Algunos de ellos trabajaron en el penal como guardianes y hoy se desempeñan como peones, barqueros o motoristas de pequeñas embarcaciones. Más arriba de las cataratas hay una maloca donde se agrupan dos decenas de ellos.

Navegando hacia el lugar nos llamó la atención ver sobre las riberas del río casas aisladas unas de las otras. Preguntábamos quién vivía en ellas y la respuesta fue siempre la misma: «un indio con su mujer y sus hijos». Por eso, al llegar a la maloca, nuestro primer tema de conversación fue por qué había indígenas aislados.

Es que en el sur no es habitual encontrar lo que los mestizos llamamos «pueblos», porque las tribus tradicionalmente han tenido una organización comunal y una familia, es decir el abuelo con su descendencia se agrupan en una sola casa de grandes dimensiones que les sirve de vivienda, de templo y de escuela a la vez. Esa es la maloca.

En ella, los indígenas escuchan durante muchos años, todos los días, las enseñanzas de los abuelos que, a su vez, han empleado hasta treinta años aprendiendo la historia de su pueblo, su religión, sus manifestaciones rituales, la botánica y los secretos de la selva.

El aislamiento de la mayoría de ellos en casas individuales y lejanas unas de otras, ha traído como consecuencia la desintegración de los muinanes de Araracuara, olvidaron su cultura y se avergüenzan de las costumbres de su pueblo.

En la maloca había jóvenes vestidos con pantalón de paño, que apenados, ridiculizaban a los mayores cuando éstos bailaban algunas danzas rituales de singular belleza.

Los muinanes de esta zona se hallan destrozados moral, cultural y físicamente. Ellos llegaron hasta allí a principios del siglo, huyendo de la Casa Arana, y habían logrado reconstruir parte de la dignidad perdida y curar las heridas de los hierros candentes. Pero cuando esto estaba a punto de lograrse, en 1934 el gobierno creó la colonia penal y envió a la zona a centenares de delincuentes.

Araracuara, 17 de noviembre de 1972

YA NO HAY LLANTO EN ARARACUARA

YA NO HAY LLANTO EN ARARACUARA

En Araracuara hace un año cesó el llanto en las noches. El galpón que servía de dormitorio a los presos de La Central conserva un poco más abajo del techo agujereado una telaraña de alambre de púas y el suelo está cubierto por una masa de barro mezclado con estiércol de vaca… Sin embargo, a través de los barrotes de la puerta, el sonido de una lata que azota el viento cálido del mediodía, parece simular decenas de murmullos entre los cuales sobresale el llanto de aquellos hombres que —-según los expenados que se quedaron a vivir aquí—- no soportaban la angustia y lloraban tan pronto oscurecía.

La prisión estaba formada por once campamentos distantes unos de otros, que se extienden sobre las márgenes del río Caquetá, arropados por una de las selvas más espesas del sur de Colombia.

Volando desde Bogotá, un avión bimotor emplea una hora y cuarenta minutos sobre una manigua en la cual no sobresale un solo claro del tamaño de la mano del hombre. Al otro lado del Caquetá, la selva es mucho más extensa.

Ya sobre el río, las rejas naturales están formadas por una cadena de «chorros», donde el caudal se precipita estrellándose ruidosamente contra una cadena de rocas gigantescas.

Durante los treinta y siete años de existencia como penal, Araracuara se tragó cerca de la mitad del presupuesto del Ministerio de Justicia. Se calcula que durante este tiempo el país invirtió en su funcionamiento algo más de trescientos setenta millones de pesos, mientras cada año estuvieron confinados allí un promedio de dos mil hombres condenados a trabajos forzados.

Empero, hoy en Araracuara no se halla un solo pastizal libre de maleza, ni una talanquera en pie. Ellos le robaron a la selva, en cerca de medio siglo,  cuatro mil hectáreas de una tierra ondulada, que permite dos climas diferentes, pero cuyas mejoras comienzan a perderse porque, en desafío, la selva está echando nuevamente retoños para cubrir lo que era suyo.

En Araracuara ya no hay hombres que lloran en las noches. La población está formada por ochocientos indígenas andoques, hitotos y muinanes; por unos doscientos colonos, en su mayoría expenados que al cumplir sus condenas resolvieron —-una vez desadaptados a su medio original—- quedarse allí, y por un minúsculo grupo de guardianes que no pueden salir porque sobre ellos pesa una condena de muerte firmada con la sangre de los presos que torturaron con sus garrotes.

Sin embargo, todos comparten el hambre y la esperanza de que el Ministerio de Agricultura encuentre la fórmula mediante la cual se comenzarán a explotar estas tierras, magníficas para la ganadería y para ciertos cultivos como el cacao, que se da de mejor calidad que en la mayoría del resto del país.

Los largos años de vida del penal con sus «trabajos forzados» parecen representar hoy el más contundente fracaso de las administraciones que lo tuvieron a su cargo.

Ellas —-con un par de excepciones—- se enriquecieron a costas del erario público, embolsillándose los millones de pesos que el gobierno central giraba para la alimentación de los cautivos y para costos de funcionamiento.

Por este motivo lo que logró ser despejado se ve desde el avión como un rasguño en la inmensa selva.

«Era que se trabajaba con hambre y los presos desfallecían; ellos realizaron un milagro abriendo estas cuatro mil hectáreas, pero si siquiera se hubiera invertido en comida para ellos una centésima parte de lo que el gobierno giraba, quién sabe cuántos miles de hectáreas más estarían hoy descubiertas», reconoce José Díaz, un comandante de guardianes refugiado aquí.

Durante once días conversé con expenados que tienen sus chagras de cultivo en las riberas del río. Ellos temen hablar por miedo a que se cite su nombre. La condena ya terminó. Sin embargo, después de un par de veces de saludarlos cuentan parte de la historia del penal, no sin antes pedir que el fotógrafo guarde sus cámaras y entonces afluyen frases, vivencias, historias viejas que parecen frescas porque no pueden olvidar cómo cada semana allí se ordenaba matar una res para alimento de los guardianes y empleados y cómo los presos caían sobre el cuero y las orejas, las cuales chamuscaban y «hacían unos asados magníficos».

En el campamento de Patio-Bonito, unas tres horas río arriba, vimos en la mitad de un potrero una cruz de madera podrida. Allí estaba sepultado un hombre que trató de robarle a otro un pedazo de yuca, tan grande como un dedo pulgar.

Los expenados cuentan cómo generalmente el almuerzo para ellos consistía en un trozo de caña de azúcar para chupar y un plátano sancochado y cuando el establecimiento mejoraba de administración, les correspondía un puñado de maíz (cultivado allí) molido y cocido con aguasal, al desayuno, al almuerzo y a la comida.

Posiblemente en ninguna prisión colombiana la dignidad humana se vio tan reducida como en Araracuara. La ley del garrote, bajo la cual sucumbieron muchos detenidos, reemplazaba a la comida. Nos llamó la atención hallar solamente en La Central cinco cementerios, aparte de los camposantos improvisados que hay bajo la selva, más allá de las colinas que abrigan a los campamentos.

Todos los testigos entrevistados dicen que los ascensos de la guardia eran privilegio de aquellos que más presos mataran. Cuando se presentaban fugas, muchos directores se limitaban a exigir a sus agentes las orejas de los prófugos, una vez hubiesen sido localizados y enviados a la sepultura.

Caminando por un carreteable que tallaron los reclusos sobre la montaña y que sirve para burlar los rápidos que forma el río Caquetá entre las rocas, vimos algunas cruces. Nos explicaron que en aquella época algunos hombres desfallecidos se negaron a trabajar. Entonces nació la costumbre de hacerles un disparo en la cabeza mientras pedían de rodillas compasión a sus verdugos. La versión fue confirmada por decenas de indígenas y colonos.

Pero el hambre no fue el único azote para esta gente. «Yo vi crímenes horrendos por homosexualismo», dice el médico Jaime Restrepo, quien fue nombrado en los últimos años del penal.

Desde este punto de vista, hasta el más íntimo sentimiento de los penados se carcomió rápidamente. A partir del día de su ingreso, los líderes de los campamentos decidían la suerte futura de cada preso, es decir, determinaban si en adelante debía ser «hombre» o «mujer». Los «hombres» eran escogidos entre la gente más peligrosa… «Al entrar una «mujer» se le asignaba su compañero de vida y si se negaba a aceptar era atropellado por cinco o seis reclusos «hombres» la primera noche… Algunos de ellos llegaron aquí siendo personas normales que habían dejado afuera una esposa y unos hijos y los vimos terminar con los labios pintados y vestidos de mujer. Lo peor es que los directores nunca dijeron nada ante el espectáculo. Se familiarizaban tanto que más bien parecían gozar, dice el médico.

forma como fue administrado el penal no permitió la rehabilidad de los reclusos, ni dio ninguna oportunidad para que el país se beneficiara de tantos años y tantos millones enterrados allí.

Hoy, expertos que estudiaron a Araracuara como fenómeno económico, señalan que  pudo haber alimentado a todas las cárceles de Colombia y generado notables entradas el erario público.

Un ejemplo gráfico es la forma como fue clausurado aquel infierno: su último director estuvo preso, acusado de malos manejos y robo continuado.

Actualmente, este punto amazónico permite grandes posibilidades para iniciar una colonización, porque las obras de infraestructura que aún no se han derruido y la riqueza de los pastos son mejores que en otros puntos de la Amazonia.

Solamente el Campamento Central se cuenta con una buena pista de aterrizaje (1.300 metros de extensión), labrada sobre roca maciza; plantas de luz eléctrica, servicio de telégrafo, ochocientas cabezas de ganado que mueren de viejas, restos de cultivos de cacao de gran calidad, plátano y frutales, un hospital, escuela, bodegas, centenares de herramientas, un camión y un gigantesco buldózer abandonados, dos carreteables que con una baja inversión pueden prestar el servicio requerido.

El Ministerio de Agricultura ha estudiado la situación y decidirá en pocas semanas la suerte futura de Araracuara, una zona que debe ser vinculada a la economía nacional.

No obstante —opinanlos expertos—- cualquier plan debe partir de una severa intervención del gobierno en la región, dominada por cinco hombres que han continuado creando la misma situación de hambre y explotación del penal.

Ellos tienen dominada a la población, explotando inmisericordemente al colono y al indígena, monopolizando los pocos poderes administrativos y utilizando en beneficio propio, herramientas dadas por el Estado para la comunidad.

De ellos, dos son comerciantes y dos descendientes directos de uno de los verdugos más conocidos de la Casa Arana. Los primeros están descontentos porque el Ministerio de Agricultura ha establecido una minúscula cooperativa que vende algunos víveres a indígenas y colonos al precio de Bogotá.

Por este motivo, a través de los contacto políticos en la capital han iniciado una ofensiva contra el Ministerio, que hasta ahora les está arrebatando de las garras a una población desmoralizada y hambrienta.

Los caucheros se hallan en posesión de grandes extensiones de selva, dentro de las cuales han incluido a cerca de tres centenares de indígenas de su propiedad, con quienes utilizan todos los sistemas ideados por sus padres y abuelos, excepto el azote, cuando no cumplen con sus cuotas de caucho.

Pero a pesar de todo esto, Araracuara ha comenzado una nueva vida, con menos llanto. Ya, por lo menos, no hay guardianes que, al ser relevados, subasten por una botella de aguardiente y doscientos pesos a la indígena que le dio hijos y lo acompañó durante su estada allá, para que fuera «utilizada» en igual forma, por quienes llegaban a reemplazarlos.

Araracuara, 10 de noviembre de 1972

LA RUBIERA

LA RUBIERA

El jueves 8 de junio serán juzgados en audiencia pública seis hombres y dos mujeres que dieron muerte con revólveres, hachas y garrotes a 16 indios cuivas, entre seis meses y 45 años de edad, en un fundo de Arauca cercano a la frontera con Venezuela.

El juicio ha sido considerado desde las primeras diligencias —-hace cuatro años y medio—- como «algo especial» en los anales de la justicia colombiana porque, para los jueces, no encierra solamente un episodio más de violencia tropical, sino el resultado de una lucha ancestral que se inició con la conquista de América.

En él parece ponerse en evidencia la realidad de la legislación colombiana, que en materia penal fue copiada del código italiano, un país donde no hay selva, indígenas ni colonos.

Por eso la conclusión de los administradores de justicia —-un mes antes de su culminación—- es que en el caso «la realidad supera la ley», y que a nuestros legisladores se les olvidó aquella recomendación del Siglo de las Luces según la cual, «las leyes deben ser adaptadas a la índole de nuestros pueblos».

En el siguiente relato, tomado del sumario de 635 hojas, el lector hallará uno de los casos más sangrientos de nuestra historia delictiva. Sin embargo, no lo es más que el de la familia Manson, o que el que reconstruyó Truman Capote, sucedido en un pueblecito de Kansas, donde fue asesinada una familia completa.

«La matanza de La Rubiera» —-así se llama esta historia—- tiene como protagonistas a seis vaqueros que nunca habían visitado una ciudad y que aprendieron a leer y escribir en la cárcel, donde nació el hijo de uno de ellos.

Pertenecientes a una región donde el progreso parece haberse detenido un siglo, ellos, sólo ahora, después de cuatro años encerrados bajo mugrientos focos de luz eléctrica han comenzado a comprender que el indio no es «un animal dañino», como se les inculcó desde cuando tuvieron uso de razón.

Por eso, sus confesiones en el momento de ser capturados son escuetas. En ellas se advierte un increíble afán por atribuirse las muertes violentas de los indios y una extraordinaria naturalidad para rehacer lo sucedido una tarde del verano llanero de 1967.

En contraste presentamos la visión de esos mismos seres hoy, cuando dicen:

«Desde pequeño a mí me enseñaron que los indios son dañinos y que hacen males. A mí  me enseñaron a odiarlos. Hoy por medio de la civilización uno sabe que son cristianos igual a uno. Yo no sospechaba eso antes» (Entrevista con el acusado Luis Morín).

Los pasajes de una violencia salvaje que siguen a continuación parecen ser, además, el fruto de la rudeza del medio en que se cría un hombre diferente al del resto de Colombia (el llanero), en contraste con nuestra «civilización», bajo cuyas leyes se está adelantando este juicio.

* * *

La pesca en el río Capanaparo no había sido abundante para Anselmo Aguirre (venezolano) y Marcelino Jiménez (colombiano) la mañana del 25 de diciembre de 1967. Sobre el mediodía, cuando el sol comenzó a achicharrar, vieron sin embargo algo que les hizo sentir hormigueo en la boca del estómago:

Aguas arriba remontaban tres curiaras (botes) ocupadas por 18 indígenas que venían de El Manguito..

«Matemos a estos bichos aquí mismo camarita», le dijo Aguirre a Jiménez, pero éste pensó un segundo y respondió: «Aquí no camarita, porque se pueden escapar algunos».

Los hombres tuvieron tiempo para parlamentar algunos minutos y acordaron, por fin, buscar un escenario más apropiado. Sería el hato de La Rubiera en donde les darían abundante comida y algunos regalos.

Los indígenas accedieron e iniciaron un largo recorrido, primero por río y posteriormente a pie.

Aguirre y Jiménez cubrieron la travesía por tierra y llegaron la tarde del 26 al hato, donde le dijeron a su administrador, Luis Enrique Morín: «Unos indios vienen a robarse la yuca y a matar los cerdos; hay que darles muerte».

Planearon la operación y reunieron a los vaqueros Eudoro González, Celestino Rodríguez, Cupertino Sogamoso, Pedro Ramón Santana, Luis Ramón Garrido y Elio Torrealba.

Al atardecer del 27 llegaron por fin los indígenas pidiendo comida y algunos de los vaqueros los atendieron mientras el resto se había escondido en una habitación para dar más tarde el zarpazo.

Los indígenas se sentaron en el piso de un corredor y pacientemente esperaron algo de comer, mientras María Helena Jiménez y María Gregoria López trabajaban en la cocina.

Una señal

«La comida les fue servida en la mesa en un platón, porque ellos no necesitaban cubiertos; comen con las manos y si es caldo lo tragan a boca de olla», relató ante los jueces Luis Morín.

«Cuando ellos rodearon la mesa yo fui a la habitación y di tres golpes, que era la señal convenida, y los demás salieron por la puerta y las ventanas. Y ahí fue cuando los indios salieron para afuera y ahí fue que comenzamos a matarlos. Bueno, el primero que yo maté fue un indiecito pequeño, de un machetazo. El segundo lo matamos con Carrizales, con un revólver. El tercero lo matamos con Anselmo Aguirre: ese estaba herido y yo lo apuñalé con un cuchillo. Y la otra era una india pequeña. Le di dos balazos. También maté una india pequeña con revólver y le di el balazo por la espalda…»

Sogamoso

Cupertino Sogamoso fue el último en abandonar el escondite. Cuando saltó al patio ya se había producido la desbandada. «Tenía una maceta (garrote grueso) y corrí detrás de uno que iba tirado (herido) con revólver y cuando le di con la maceta por un costado lo acabé de matar. Volví a la casa y luego me regresé a la ranchería donde estaba trabajando.

«Al indio herido a bala lo rematé de una puñalada y lo atajé y ahí quedó muerto. Luego corrí a una niña como que fue y le di una puñalada en la barriga y fue a caer más adelante».

Al margen de la escena, las dos mujeres, María Helena Jiménez y su compañera, luego de servir la comida se refugiaron en la cocina, por orden de su compañero, donde trataron de esconder a los niños que, sin embargo, presenciaron toda la escena.

En el centro del patio, con el tórax metido entre el platón de comida habían quedado dobladas dos indias, frente a las cuales quedó una tercera que trató de meterse bajo la mesa.

Pero chocó con Eudoro González quien corría en busca de una ‘presa’. «Ella se me atravesó —-dice González en su indagatoria—- y entonces le di un machetazo en la nuca y cayó al suelo y estando en el suelo le di tres machetazos más. Cayó boca abajo. Al principio la india se quejaba porque había quedado medio moribunda y ahí fue cuando le di otros tres y ya quedó muerta. Esa india tenía como ocho años de edad. Regresé a la casa y me encontré con otra que iba saliendo por la esquina del alambre de la palizada y la alcancé también y le di un macetazo (garrotazo) por la nuca y también cayó al suelo y en el suelo le di cuatro más y ahí murió. Esa no se quejó. Del primer macetazo que le di, quedó quieta. Tenía como unos 18 años. Tenía vestido amarillo y calzones negros… la primera que maté cargaba guayuco. Luego me sirvieron la comida y me fui a acostar».

El remate

Solo quedaban dos sobrevivientes, encaramados en un árbol cerca de la casa, desde donde vieron la matanza de sus familiares: los indígenas Antuco y Ceballos, quienes más tarde darían la noticia en su poblado de El Manguito.

Abajo estaban tendidos, destrozados y sangrantes, Ramoncito (30), Luisito (20), Cirila (45), Luisa (40), Chain (19), Doris (30), Carmelina (20), Guáfaro (15), Bengua (14), Aruse (10), Julio (8), Aidé (7), Milo (4), Alberto (3) y un niño sin nombre que estaba siendo amamantado por su madre, Doris.

Sin embargo, aún se escuchaban algunos quejidos de los moribundos, y «entonces Anselmo me llamó para que yo apuñaleara al indio que estaba herido detrás de la casa, en la sabana, frente a un alcornoque» (Luis Morín declara).

«Yo fui y vi al indio que estaba boca abajo que batuliaba para pararse y entonces yo lo apuñalé con una puñalada en la espalda sobre el pulmón izquierdo. Le enterré el cuchillo como unos cuatro dedos y entonces, el indio se volteó patas arriba y ahí se murió… Ese tenía como unos 24 años. Pero quiero agregar que cuando maté al indio de 8 años, como vi que había quedado vivo y como se me había acabado el peltrecho, le di también un macetazo. A una india zagaleta, como de siete años de edad, la logré alcanzar porque la indiecita iba corriendo, pero le di el primero por la nuca y ahí se cayó. Luego la agarré en el suelo. Yo no sabía que era malo matar indios».

Fin del drama

La mañana siguiente fue tibia. Un poco antes de las siete, los hombres que habían dormido en el hato, «sin hacer ningún comentario, sin decir nada porque, ¿para qué?», se dispusieron a esconder los cadáveres de los indígenas.

Trajeron cuatro mulas y ataron los cuerpos por parejas a las colas, y se fueron hasta un claro de sabana donde hicieron un arrume.

María Helena Jiménez recuerda que en ese momento, «cuando estábamos cargando los cadáveres, escuché que una indiecita se quejaba, pues tenía una puñalada en el pecho y entonces el compadre Helio Torrealba la acabó de matar dándole un machetazo en la cabeza, por la frente, y la indiecita quedó quietica».

Luego, María Helena ayudó a arrastrar a otro hombre y a otra mujer. «Él era ya viejo y grande. Tenía pantalón y camisa. Yo no me acuerdo del color porque estaba muy revolcado ese bicho. La mujer era una india vieja, de unos 38 y tenía un camisón pintado, era un trapo viejito, deschilangadito; tenía una herida de un balazo que le entró por el espinazo y le salió por la barriga».

«Los cadáveres fueron amarrados por las patas; se hizo en la sabana un solo montón de indios que quedó de una altura de un metro de alto, más o menos, y los niños fueron colocados encima de todos los cadáveres. Los hombres les echaron leña encima, palma, guadua y les regamos un galón de gasolina. Ahí duraron quemando más de un día… luego les regamos huesos de vacas muertas para que no se notara… a los 18 días vino el gobierno y nos puso presos».

¿Inconsciencia?

A lo largo del proceso, los acusados han tenido varias entrevistas con los jueces. De ellas sobresalen algunas que extractamos del sumario, en forma textual:

Cupertino Sogamoso

Juez: «¿No cree que matar indios es un delito?»

Reo: «Yo no creí que fuera malo ya que son indios. Los indios de allá claro que no son tan belicosos, a la gente no le hacen nada, pero sí matan los animales».

Eudoro González

Juez: «¿Qué lo indujo a matar esos indios?»

Reo: «Porque nos dijeron que venían a robar. Claro, ellos llegaron en forma amistosa porque saludaron y preguntaron si había comida».

Juez: «¿Ellos estaban armados?»

Reo: «No. Sólo uno tenía un cuchillo, los demás una varitas».

Anselmo Torrealba (venezolano). 

Juez: «¿Ha matado antes indios?»

Reo: «He matado antes seis indios en el año 1960 y los enterré en el sitio llamado `El Garcero’.

Juez: «¿Qué otras personas han participado en la matanza de indios?»

Reo: «Rosito Arenas que vive en Mata Azul, cerca de Lorza; José Parra, Deca de Lorza, Esteban Torrealba, mi tío».

Eudoro González. 

Juez: «¿Es costumbre de la región matar a los indios?»

Reo: «Yo he oído decir que más antes don Tomás Jara dizque mandaba matar a los indios. Por eso ese día yo maté a esos indios porque sabía que el gobierno no los reclamaba ni hacían pagar el crimen que se cometía».

Pedro Ramón Santana

Juez: «¿Por qué lo hizo?»

Reo: «Yo no sabía que eso era malo, que lo castigaban a uno, pues en caso contrario no lo hubiera hecho».

El juicio, que se iniciará a las ocho de la mañana del próximo 8 de junio, durará aproximadamente una semana, durante la cual se deliberará en forma continua hasta las primeras horas de la noche. Mientras tanto, según la leyenda guahíba, «por la sabana continúan gimiendo, cansados, 16 espíritus que esperan que su muerte se borre con sangre para poder dormir tranquilos».

Cuando los ocho sindicados hayan llegado al final de estas escaleras angostas, penetrarán en una sala pequeña, calurosa, atestada de gentes que querrán ver de cerca a los «monstruos» que sacrificaron a los 16 indios Cuivas la tarde del 27 de diciembre de 1967 en las llanuras de Arauca.

Para María Helena Jiménez (28), María Gregoria López (37), Cupertino Sogamoso (30), Eudoro González (32), Pedro Ramón Santana (24), Luis Ramón Garrido (32), Marcelino Jiménez (22) y Luis Enrique Morín (33), comenzarán unas horas interminables durante las cuales se estarán jugando la libertad, o condenas de quince a veinticuatro años.

Se les juzga por el delito de asesinato, calificación para la cual las leyes colombianas establecen las mayores penas de presidio. Hasta sus ocho bancas, estos vaqueros traen una calificación «más que sobresaliente», dada por el consejo de disciplina del penal de Villavicencio.

«Durante los cuatro años y medio de reclusión que llevan hasta ahora, entre 470 penados han sido los de mejor conducta. Nunca han sufrido un castigo, y han pasado el tiempo en patios distinguidos, por su excelente conducta. Señor, es que con el más peligroso de estos hombres yo me interno tranquilo en la más espesa de las selvas» (Abogado Rafael Galindo La Rosa, asesor jurídico del penal).

Otros valores

Los ocho araucanos, que sólo en la cárcel comenzaron a descubrir cómo es Colombia, porque antes nunca habían salido a ninguna ciudad, han comprendido también —-entre los muros de la cárcel—- cuál es la noción del tiempo y la distancia, valores que no existen para el llanero, criado en una sabana sin cercas, sin escuelas, sin relojes («Para ir donde la policía secreta de Arauca caminé cinco días… ¿Lejos? Eso no es lejos en el Llano», confiesa Marcelino Jiménez).

Tampoco entienden por qué un grupo de hombres que saben otras cosas diferentes a las que ellos aprendieron en su medio, los quieren castigar. «Eso es como si a usted lo matan hoy en la cárcel por saber leer y escribir» (Luis Ramón Garrido).

Herencia

«Quien en este caso se acerque a la realidad objetiva, encontrará que este no es un fenómeno de un enero reciente, sino un problema que comenzó en 1492 y se ha mantenido durante toda nuestra vida institucional», dice el abogado Carlos Gutiérrez Torres, hoy fiscal superior de Villavicencio, y quien inició la instrucción criminal por la muerte de los Cuivas.

Gutiérrez Torres, quien enfocó las primeras diligencias confiesa que se encontró frente «a algo que se me salía del código», y relata algunas anécdotas. Con ellas, quiere pintar el medio en que se cometieron los crímenes «totalmente diferente al nuestro, por el atraso».

Para él, la rudeza de los hechos es la misma que aquella naturaleza salvaje le ha transmitido a los reos, desde el momento de nacer sobre la misma tierra pisada de una choza llanera.

Las anécdotas

«Cuando hice las primeras diligencias, me quedé de una sola pieza. Eso no está en ningún código dije, porque encontré que tan pronto detuvimos a los acusados, éstos hicieron una confesión plena de todo. Estimaban que su acto, tan repetido en ese medio, era una hazaña. Y un delincuente peligroso calla y oculta su delito, busca evadirse, y esta gente no.

«Todavía recuerdo el primer diálogo con Morín: Doctor, me dijo, pues yo maté al de junto al gallinero… al de al pide de la cocina y rematé a uno que había junto a la talanquera; ¡dos y medio son míos doctor!»

«Luego hice la citación a un testigo más original de la historia: volábamos en avioneta y nos lo encontramos pastoreando una madrina (manada) de toros por entre la sabana inundada. Lo único que teníamos a bordo era un pato muerto, que habíamos cazado antes… Entonces, tomé el pato, le até la boleta y lo lanzamos por la ventanilla. Quedó flotando en el estero. A las dos horas llegó un hombre al hato con el pato en el hombro y me dijo: ‘Yo soy Bernardino Blanco, ¿quién me necesita? ¿Para qué soy bueno?’

«El Llano es eso. Difícil, rudo, brutal como los gallos de pelea que encontré en otra casa. ‘¿Por qué tienen esa afición tan salvaje?’, pregunté. Y me contestaron: ‘doctor, porque aquí la única distracción es esto. Y el aguardiente».

Finalmente el abogado Gutiérrez Torres (no interviene ahora en el caso) concluye: «Con condenar a esta gente no se resuelve el problema nacido desde el comienzo de nuestra historia. Es necesario, más bien, que Colombia vuelva los ojos sobre este medio social».

Los acusados

En un prolongado diálogo que buscaba saber «qué tienen dentro estos hombres y estas mujeres», pudimos ver la otra cara del juicio. Todos ellos hablaron mirándonos a los ojos, con desparpajo, con esa extroversión sincera del hombre llanero.

Estos son algunos apartes de la entrevista:

Luis Morín

—- ¿Qué piensa ahora de aquello que sucedió en el Capanaparo?

—- Cosas muy distintas a lo anterior, doctor. Esta cárcel me ha servido para mucho. Es que no sabía cómo eran las leyes. Yo creía que todo era como en la llanura…

—- Antes de venir ¿qué ciudades conocía?

—- Pues Arauca, y eso que iba poco… uno por lo pobre…

—– ¿Qué pensaba de los indios?

—– Que matarlos era como un juego y que eso no tenía castigo. Pero hoy día ya sé que es malo.

—- ¿Qué le enseñaron del indio?

—- Pues allá los catalogan como animales salvajes.

—- ¿Y quién se lo enseñó?

—- Pues desde pequeño. Me enseñaron que ellos son muy distintos a uno, en el modo de vestir y en todo. Pero hoy día por medio de esta civilización ya uno sabe que son cristianos igual a uno. Yo no sospechaba eso antes.

Pedro Ramón Santana. 

—- ¿Por qué mató usted a esos indígenas?

—- Doctor, porque ellos son dañinos y hacen males y a mí me enseñaron eso: a odiarlos y como allá no hay civilización como aquí. Pero uno desde que ya piensa, empieza a darse cuenta de lo que es la vida. Uno vive en una región muy olvidada. Me doy cuenta aquí en la cárcel porque uno se supera…

—- Nosotros al caer a la cárcel habíamos unos que no sabíamos firmar. Hoy en día leemos prensa, periódicos, lo que nos cae.

—- ¿Por qué se dejó poner preso?

—– Claro, ya no somos los ingenuos de hace cuatro años; pero nosotros no sabíamos que eso era un delito y nos quedamos cada uno dedicados a nuestras labores durante 18 días. Luego nos capturaron. Se nos preguntó a nosotros y nosotros no negamos. ¿Por qué? Porque creíamos que eso era una broma. Pero, hoy es otra cosa… Hoy en día hemos reflexionado la realidad y nos damos cuenta de que cometimos un delito… Por lo que hemos aprendido aquí en la cárcel con unos que están por robo, otros por otras cosas, lo hacen ver a uno que ha vivido lejos del mundo, totalmente ausente.

—– ¿Cómo imaginaba antes a Colombia?

—– Pues algo así como el Llano, porque de una población a otra hay bastante distancia y los pueblos son totalmente olvidados. Pero es ahora que he venido a darme cuenta de que hay ciudades más adelantadas, de que uno se dedica a leer prensa, revistas…

Una idea fija

—- Nosotros ya nos dimos cuenta de que para ser bien en la vida hay que estudiar. Nosotros buscamos aquí en la cárcel a los profesores que nos enseñaron. Porque es muy triste que para firmar cualquier papel, como fue el día de la firma del poder al abogado, hayan tenido que tomar nuestras manos y firmar ayudados. Hoy día ya no tenemos esa lidia.

—- ¿Usted está resentido con sus padres por lo que no lo mandaron a la escuela?

—- En cuanto a mis padres no, porque ellos sí tuvieron esos intereses. Hoy me doy cuenta de que desafortunadamente la región está muy olvidada. Yo no tenía escuelas… Yo más bien hoy no perdono es la dejación del gobierno directamente, porque sabiendo que eso es de Colombia, ¿por qué nos tienen tan olvidados?

Morín

—- ¿Qué piensa hoy de sus tres hijos?

—- Nada más sino que estudien y aprendan. Pero yo soy pobre. Cuando salga de aquí trabajaré para darles estudio… Hace unos años pensaba, pues que en cuanto a eso uno por allá es muy bruto y más bien lo que ambiciona es aprender del Llano y no en el estudio que es lo que le sirve a uno…

—- ¿Cuando pequeño qué era lo que más ambicionaba?

—– Aprender a amansar un potro, porque desde que nací vi que los hombres hacen eso… Y ambicionaba conocer las estrellas para poderme guiar en el Llano. Antes yo pensaba que para qué le va a servir a uno un libro en el Llano, ¿Qué tal ponerse a leer y no saber colear o capar novillos o nadar bien?

Ramón Garrido

—- ¿Por qué lo hizo?

—- Yo lo único que hice fue la matada de la indiecita y de dos indios que iban más muertos que vivos. Pero qué se imagina, si es que yo desde niño me había dado cuenta que todo el mundo mataba indios: la policía, el ejército y la Marina, allá en el Orinoco mataban a los indios y nadie se los cobraba. Solamente nosotros estamos pagando por eso.

Marcelino Jiménez 

—- ¿Qué ha aprendido en la cárcel?

—- Que uno por medio del estudio no tiene por qué estar allá en una localidad metido trabajando, porque como es ignorante, que ahora me doy cuenta, entonces no encuentra otro ambiente y tiene que dedicarse a la agricultura, ¿no?… Allá para uno alimentarse le toca sufrir mucho: hay que trabajar de día y de noche, desde la una de la mañana continuo… Y aquí en la ciudad hay luz eléctrica y automóviles. Allá para salir del pueblo a uno le cuesta mucho trabajo.

María Gregoria Nieves

—- Los indios siempre nos han hecho maldades… Yo creo que ya me deben dejar libre porque he sufrido mucho aquí encerrada.

—- ¿Sabe leer?

—- No señor, estoy aprendiendo, pero es que yo he sido una mujer muy cerrada de la cabeza. Me ha costado mucho trabajo. Yo hago unos números pero es que no se me graban en la cabeza… Ay doctor, no me pregunte más que soy tan bruta…

María Helena Jiménez

—-Yo sí aprendí a escribir en ocho meses; antes no sabía porque no había escuela para ir a aprender.

—- ¿Qué piensa de los indios?

—- Pues que son iguales a nosotros porque son personas. Lo único es que les falla la cabeza. No tienen la misma inteligencia que uno. Son igual que un cristiano pero les falta lo que a uno: la civilización.

—- ¿Usted cuándo se civilizó?

_ —- Pues aquí en la cárcel. Yo ya sé leer y escribir.

Villavicencio, 11 de mayo de 1972

El 27 de junio de 1972 un jurado de conciencia en Villavicencio determinó que los acusados eran inocentes.

En un segundo juicio realizado en Ibagué, ciudad lejana de los Llanos,

el 6 de noviembre de 1973 fueron decretadas penas de 24 años de presidio para cada uno de los hombres. Las dos mujeres obtuvieron su libertad.

VIDEO | TIERRA BRAVA

VIDEO | TIERRA BRAVA

«Tierra Brava» es una profunda inmersión en el mundo de los vaqueros de los llanos de Colombia, donde el periodista Germán Castro Caycedo nos lleva a conocer de cerca la vida, los retos y las tradiciones de quienes hacen de la vaquería no solo un oficio, sino un estilo de vida. Este episodio revela la dura realidad y la belleza de trabajar la tierra en una de las regiones más emblemáticas y desafiantes del país.

A través de historias personales y experiencias compartidas por los vaqueros, entre ellos la figura representativa de Ezequiel Parales, el documental destaca la destreza, el conocimiento y la conexión profunda con el entorno natural que caracterizan a estos guardianes del llano. La labor de vaquería, presentada con autenticidad y respeto, emerge como una sinfonía de habilidades transmitidas a lo largo de generaciones, donde la simbiosis con la naturaleza define el ritmo de vida.

Más allá del exigente trabajo físico y los riesgos que conlleva el manejo del ganado y la adaptación a extremas condiciones climáticas, «Tierra Brava» explora las ricas tradiciones culturales y espirituales que sostienen a la comunidad llanera. Desde la orientación por las estrellas hasta los rituales y oraciones para la protección, estas prácticas revelan una cosmovisión en la que el respeto por la tierra y sus criaturas es fundamental.

«Tierra Brava» es un tributo a la tenacidad, sabiduría y espíritu inquebrantable de los llaneros, mostrando cómo, a pesar de los desafíos contemporáneos, esta tradición de vida perdura. Castro Caycedo, con su capacidad para capturar la esencia de las comunidades locales, nos ofrece una mirada íntima a un modo de vida definido por el coraje, la tradición y la profunda conexión con el paisaje.

¿PARA DÓNDE VA USTED? ¡PUES PARA DONDE CAIGA!

¿PARA DÓNDE VA USTED? ¡PUES PARA DONDE CAIGA!

Medio: El Tiempo

Fecha: 25 de junio de 1975

Por: Germán Castro Caycedo / Fotos: Sin registro

Los llaneros, en general, tienen un estupendo sentido del humor, y hay quienes creen que, de no ser así, ya hubieran enloquecido ante la cantidad de problemas que el medio les presenta diariamente. El oriente del país es, por ejemplo, la zona que ha presentado en los últimos años un mayor índice de accidentes aéreos. Este martes, un poco después de las 5 de la mañana, medio centenar de personas con cerdos, gallinas, muebles, cajas y bultos de comida, se agolpaban en el aeropuerto de Villavicencio frente al mostrador de una empresa aérea.

No había comenzado a amanecer y la única luz del terminal eran un par de velas encendidas, tras las cuales, el mismo piloto del avión que debía partir para Arauca a las seis -haciendo primero unas cinco escalas- vendía los pasajes, elaboraba la lista de personas y calculaba, al ojímetro, el peso de la carga que le iba a acomodar a su nave.

Una hora más tarde, un viejo araucano – que hacía cola desde las cuatro pero que no había sido atendido – protestó, y el piloto, de mala manera, le dijo: “Bueno, ya no más. Diga para dónde va”. El anciano, fuera de sus casillas, respondió secamente: “Pues, para donde caiga, ¡carajo!”.

Con cuarenta minutos de retardo sobre la hora anunciada, una fila de empleados había terminado de atiborrar el avión con la carga, y para acomodar un bulto de cebollas, sacaron un asiento trasero y lo tiraron fuera. Luego con un grito, el ayudante llamó a los pasajeros de Tauramena, Yopal, Tame…

Veinticuatro personas en las sillas y tres de pies, adelante carga hasta el techo pero sin atar, sin asegurar. Más carga detrás de la carlinga de los pilotos y, para completar, una que otra caja, varias maletas, siete gallinas y un gallo de pelea en la parte de atrás.

Se hizo el encendido de los motores, aseguraron la puerta y a los cinco minutos, un mecánico que iba de pie en la cabina delantera, comenzó a andar desde allí hasta la cola, de donde sacaba martillos, llaves, destornilladores. Iba hasta adelante, golpeaba, se rascaba la cabeza y repetía su recorrido dentro de la nave. A los diez minutos se apagaron los motores. Los pilotos salieron, destaparon uno y emprendieron el trabajo. Nadie dijo nada y comenzamos a abandonar nuestro bimotor cuando el calor fue insoportable dentro.

A la media hora estaba todo listo. Buenos martillazos de un mecánico y una frase de exclamación del piloto: “Era una pequeña vibración. Ya quedó bien… Sale un poquito de aceite pero es que… el aceite es escandaloso. Como la sangre. Vámonos que estamos perdiendo el tiempo”.

Cuando se prendió el aviso de amarrarse los cinturones, de verdad que el mío era para amarrarse: no tenía chapa y había que hacerle un par de nudos. A mi lado se acomodaron Carlos Artturo Valenzuela, Yolanda de Aranguren y Sendiel Suárez (todos de Tame), quienes se movían nerviosamente en sus asientos. Uno de ellos explicó luego, que acababan de salvar sus vidas.

– ¿Cómo?

– Pues ayer tarde tuvimos un accidente aéreo. ¿Sí vió ese DC-3 todo roto en la cabecera de la pista de Villavo? Pues ahí íbamos con aquel señor que está atrás todo enyesado y otras personas. Decolamos para Tauramena en El Venado y nos devolvimos. Se apagó un motor y el avión no alcanzó a llegar a la pista. Se fue bajando, bajando… Era que llevaba mucha carga, como este, y seguro no se sostuvo. Después del accidente, nos dejaron tirados y tuvimos que caminar mucho para volver aquí. Y luego fue la lucha para que nos devolvieran la plata de los pasajes”.

Al siguiente día por la mañana, el avión en que nos transportábamos entró a Yopal con el motor izquierdo apagado y botando un chorro de escandaloso aceite. Tocó la pista con fuerza y fue a parar fuera de ella, en la cabecera. Un mecánico le bajó luego con unas llaves, un destornillador y un martillo, uno de los cilindros. Estaba destrozado. Pasaron toda la carga de ese avión a otro de la misma empresa, y se las arreglaron para acomodarla cerca de la que ya traía la nave.

Dos días después, una avioneta entró a la pista de barro y pasto que hay en Paz de Ariporo, chocó aparatosamente, murió un niño y cuatro personas más resultaron con quemaduras de gravedad. El miércoles y el jueves, no lejos de Villavicencio, otras dos pequeñas naves se accidentaron, salvándose sus ocupantes…

Por eso, cuando vuelva al Llano y me pregunten para dónde voy, responderé igual que aquel viejo araucano: ¡Para donde caiga!

EN VENEZUELA NO ESTÁ EL DORADO

EN VENEZUELA NO ESTÁ EL DORADO

Medio: El Tiempo

Fecha: 30 de septiembre de 1969

Por: Germán Castro Caycedo / Fotos: Sin registro

Aquella madrugada, en la arena parda y caliente de la Guajira, había más verde que en cualquiera de las semanas anteriores: batallones del ejército y de la Guardia Nacional de Venezuela, metidos entre sus uniformes de fatiga, llegaron silenciosamente durante la noche y ahora tenían bloqueada esa parte de la frontera con Colombia.

La noticia se supo antes del amanecer en Maicao. A las cinco, la mujer que administraba el hotelucho de contrabandistas y hampones, que como yo estaban esperando dar el salto a Venezuela por los caminos verdes, golpeó en la puerta del lado, donde se acomodaban el Mono Cruz —-un ratero barato que rapaba relojes en el Paseo Bolívar de Barranquilla—- y Nando Zuleta, su amigo íntimo.

—- Ajá, catire —-dijo la mujer en voz alta—- que Moncho ya no va hoy a Santacruz… Que se quedan aquí, ¿me entiendes?

—- Pero si llevo una semana esperando a que ese carajo me lleve… ¿Él está ahí?

—- No, envió a uno de sus hijos a avisar. Que está cerrada la frontera porque la Guardia Nacional llegó anoche. Que hay que esperar a que se calme la vaina… Tú sabes, cuando pase el escándalo de los periódicos del otro lado, Moncho vuelve a arreglar paso con guardias de allá. ¿No ves que a algunos de ellos también les interesa que esto se arregle?

Nando, un zambo de unos veintidós, fuerte y bruto pero que bien podría hacerse matar por defender al Mono, le preguntó a la vieja por qué había alguien en la guardia venezolana a quien le interesaba el paso de gentes de aquí para allá, y ella, sin titubeos le soltó así:

—- Ay, hombre de Dios. ¡Qué pregunta! ¿No ves que Moncho y todos los que llevan gente, tienen que partir y repartir con ellos los «bolos» que consiguen? Este es negocio para todos… Pregúntaselo al Mono, que no es la primera vez que sucede…

Las habitaciones del hotel estaban separadas por bastidores forrados en un papel periódico amarillento y lleno de agujeros, que los pasajeros abrían con lápices o navajas, generalmente cuando la pieza vecina era ocupada por una pareja que había ingresado allí «por un rato». A través de ella, el Mono —-luego de carraspear una vez más y de lanzar el escupitajo que sonó contra el periódico—-, me dijo: «Fotógrafo, nos jodimos. Levántate y vamos a hablar con Moncho».

Le respondí que prefería descansar un poco más. Él y Nando, dos homosexuales que se conocieron en la cárcel de Barranquilla y que iban y venían juntos desde hacía seis meses, no habían dejado dormir a nadie, así que yo quería aprovechar la hora y media de buena temperatura para quedarme en el cuartucho. Después de las siete el calor sería salvaje y uno tenía que irse a buscar algún sitio donde soplara la brisa.

A las once de la mañana vi a Moncho. Era un sábado y estaba en el patio de su casa sentado con cinco amigos alrededor de una mesa. Bebían whisky en copas pequeñas y lo pasaban con soda, servida en vasos aparte. El patio de las casas guajiras —-como en el resto de la costa norte de Colombia—- es acaso la instalación más importante de la vivienda. Sobre el piso de tierra, limpio y bien barrido, le habían puesto arroz a media docena de gallinas que se cruzaban por sobre los pies de Moncho y sus amigos, calzados con chancletas.

Allí todos hablaban en voz alta porque de la radiola de pilas colgada bajo el árbol de trupillo que invariablemente da sombra a estos patios, salían las notas —también en tono alto—- de una canción vallenata.

Cuando llegué ninguno de los hombres de la mesa movió los ojos de un plato con presas de pollo fritas. Ninguno contestó el saludo. Moncho, vestido con una franela sin mangas volvió la cara hacia mí, sonrió y, sin decir una sola palabra, alcanzó una copa llena de whisky que tenía al frente, mientras su mujer, también sin hablar, me hizo señas desde la cocina para que fuera a tomar una butaca… Los fines de semana en esta zona comienzan a celebrarse el sábado temprano. Los hombres se reúnen en las casas con sus amigos desde antes del mediodía, mientras las mujeres se encierran a cocinar un sancocho, que sirven sobre las cuatro de la tarde. La fiesta dura toda la noche y toda la mañana y la tarde del domingo.

—- Ajá, ¿y qué?, dijo Moncho en tono satírico, a lo que le pregunté sobre la demora del viaje.

—- No hombre, tú puedes pasar por la carretera. Ya te dije que es una vía segura porque tenemos gente arreglada al otro lado. Por ahí no hay que caminar. El carro te deja en puro Maracaibo; lo que pasa es que tú tienes que pagarme quinientos de los rojos, y ya.

—- ¿Y el bloqueo al otro lado?

—- Qué carajo —respondió—-. Esa gente todavía no ha comenzado por el lado de la carretera. Están controlando las trochas, pero tú puedes pasar en carro si te apuras. Ya mañana no va a ser posible, dijo mirando a sus amigos que, sin pestañear, con sus caras cetrinas e inexpresivas bebían y escuchaban la música.

Le comenté que prefería irme por la trocha, así hubiese que esperar otra semana más, como lo anunciaba. «No tengo dinero suficiente», le dije y traté de salir de su casa, pero él me lo impidió.

—- Tú tienes que quedarte a beber con nosotros porque después hay sancocho, ordenó alzando la voz, mientras vaciaba otro trago entre la copa. En ese momento yo no estaba en condiciones de rechazarlo. Mi meta era ir por las trochas, con los indocumentados colombianos que inundan a Venezuela, vivir unas horas con ellos y la única conexión era Moncho.

El viaje en carro —-un segundo plan que le ofrecen a uno los tratantes en la Guajira para sacarlo clandestinamente—- era más simple, «menos revelador de la situación que he venido a buscar», pensé y tomé asiento junto a los cinco guajiros.

La semana siguiente fue interminable. Moncho nos había aconsejado que saliéramos poco a las calles porque se presentía una batida por parte de las autoridades colombianas y nos podían echar mano.

—- Y si esto sucede  ¿a donde nos enviarán?, le dije.

—- Qué carajo. Aquí no envían a nadie a ninguna parte. Mira: todo el mundo conoce a los policías y a los agentes del DAS. Viven muy, pero muy jodidos y valen barato. Cualquier billete les cae muy bien… Pero, es mejor no buscarle la cara al gato, respondió apurándose un trago y luego un buche de soda.

No sé si él había creído mi historia del fotógrafo con problemas que debía salir con urgencia del país, pero lo cierto es que me pareció que actuaba profesionalmente en su trabajo.

Nando y el Mono estuvieron cuatro días más y luego se esfumaron. Su amistad era importante porque resultaba la mejor manera de proteger contra robo las cámaras fotográficas y el par de camisas que formaban mi equipaje. Sin embargo, al no haber «jale» rápido, resolvieron irse para Santa Marta a «enfriar» unos cuantos turistas.

Luego de su desaparición transcurrieron cinco días y al anochecer de un martes, Moncho mandó a su hijo a avisar que todo estaba listo.

—- Debes estar a las nueve de la mañana frente al matadero. Ahí se va a detener un camión pequeño, que tiene atrás una caja cerrada, hecha de madera. Ahí te vamos a llevar con otra gente, dijo el muchacho.

—-  ¿A la vista de todos?, le pregunté.

—- Claro, a la vista de todos. ¿Qué quieres luego? Si esto lo sabe todo el mundo. Mira, estos camiones cerrados están hechos para llevar al otro lado café de contrabando. Eso es legal, hermano, ¿por qué entonces no vamos a llevar los trabajadores que necesitan allá?

—- ¿Y la guardia venezolana?

—- Si mi papá dice que ya, es que ya. No le pongas problema, ñero.

A pesar del bloqueo militar en la frontera y de que desde Caracas se anunció un estricto control, el tránsito de colombianos sin documentos continuaba igual. Centenares de campesinos de la Costa Atlántica y de los Santanderes seguían afluyendo a las «materas» o haciendas venezolanas, que desde hace varios lustros se benefician con los brazos colombianos.

Los hacendados del Táchira y el Zulia que guardan silencio en torno al asunto, encuentran en esos millares de trabajadores una mano de obra calificada y a bajo costo, por lo cual fomentan la inmigración.

El problema, que tiene sus orígenes antes de que el peso colombiano comenzara a perder puntos frente al bolívar, obedece en parte a que en Venezuela el trabajador del petróleo gana jornales considerablemente más altos que el hombre del campo, por lo cual el éxodo hacia las zonas de explotación ha dejado el agro sin mano de obra.

En esa medida, los cultivadores han aceptado la entrada de gentes colombianas que devengando salarios más bajos a los menores estipulados por la ley venezolana para esta clase de trabajo, están dando solución a una necesidad que sin su concurso, sería apremiante para ese país.

Mientras en las zonas petroleras hay trabajadores que llegan a ganar diariamente salarios que alcanzan los seis dólares, el jornal mínimo establecido para el campesino es de cuatro.

Los sueldos para los indocumentados colombianos se han estabilizado en el Estado Zulia dos y medio, sin que los patronos tengan que preocuparse por reconocer prestaciones sociales o cualquier otro tipo de asistencia.

Por otra parte, el bajo nivel de los braceros colombianos y el reflejo de la dura moneda venezolana, se convierten en factores que determinan la corriente migratoria desde nuestros campos.

Luego de haber vivido el fenómeno por espacio de ocho días, hay que llegar a la conclusión de que ese «dorado» que nuestros trabajadores creen hallar en las tierras zulianas y tachirenses, no existe. Son demasiadas las espinas que tapizan el camino tanto de ida como de regreso, el cual muchas veces se emprende con las manos destrozadas y los bolsillos vacíos, luego de trabajar meses enteros.

Las zonas venezolanas donde hoy se encuentran las mayores concentraciones de trabajadores colombianos, han determinado dos puntos estratégicos en nuestro país, para dar el salto al otro lado: Cúcuta en el sur y Maicao en el norte.

En Maicao hay dos formas de abandonar el país sin problema alguno. La primera hecha para «capitalistas» pues consiste en el pago de quinientos bolívares a intermediarios profesionales que llevan a la persona hasta Maracaibo o Villa del Rosario, también en Venezuela.

Según el caso, el «plan de viaje» es ofrecido por los tratantes en forma concreta: «Vamos por la vía, cambiando dos veces de automóvil, o vamos por la trocha donde hay que caminar un trecho y el resto otra vez en carro… escoja».

Desde luego, este sistema no se acomoda a las posibilidades de los braceros que toman la vía de Santa Cruz, una pequeña población en su mayor parte indígena, ubicada en territorio colombiano a unos mil metros de la línea fronteriza. Hasta allí son transportados en los camiones cerrados y deben pagar cien pesos. El recorrido se hace por una carretera «fantasma» a través de zonas de alguna vegetación, sin puentes, plagadas de huecos.

El viaje es lento, cálido, enmarcado por una constante nube de tierra amarillenta que se mete entre los dientes y dura un par de días crujiendo cada vez que se mueven las mandíbulas.

Se sale de Maicao sobre las diez de la mañana y se arriba a Santa Cruz una hora más tarde. El recibimiento en el pueblecito está a cargo de unas pocas viejas, que se asoman tímidamente a las puertas y a las ventanas, mirando con curiosidad «a los del viaje de hoy».

Allí comienza el camino verde tras andar unos quince minutos, cuando se encuentra la línea divisoria. Estas son dos palabras que suenan bien en la garganta de los indocumentados colombianos. Cuando se dan los últimos pasos y el mojón que marca la frontera está al alcance del pie, ellos sonríen y aprietan el ritmo.

El clima es achicharrante. La temperatura, mayor que la de Barranca y La Dorada, se confabula con el sol y la arena reseca que en algunos tramos llega hasta el tobillo.

A partir de Santa Cruz la marcha es forzada y los pulmones de hombres y mujeres, pitan con el esfuerzo que supone caminar durante tres días. La obsesión durante la marcha es el agua. El sudor baja desde la cabeza y escurre por los pantalones empapados hasta la rodilla. Adelante la trocha continúa interminable, arenosa y reseca. En los tramos descubiertos de maleza se ven espejismos y el único consuelo es acercarse a las casas y pedir agua o ver un pozo verde, con musgo en la superficie y meterse allí de cabeza para beber un líquido tibio con sabor a barro.

Los indocumentados marchan con pasos largos durante las tres jornadas y hacen dos paradas sobre las cuatro de la tarde de cada día, en las fincas que permiten dormir en enramadas no lejanas de la casa. En esta travesía, quien no cargue un chinchorro, «es hombre frito».

En nuestro grupo iban once campesinos del Magdalena, Atlántico y Córdoba. Cuatro de ellos ya conocían la región. Los restantes eran nuevos. Dos prostitutas de Neiva y Ovejas y dos antioqueños, con anillos, melena larga y dientes calzados en oro, que no tenían cara de trabajadores.

A medida que se avanzaba, los hombres iban quedándose al encontrar trabajo en las materas, donde eran recibidos, generalmente bien. El finquero venezolano conoce a primera vista y desde la distancia al trabajador de cotizas, sombrero sinuano y maletín con un escudo del Atlético Junior.

El atuendo de la gente de la ciudad, en cambio, parece horrorizarlos. Los ven y ya saben qué traen por dentro. Entonces, ir sin cotizas ni sombrero sinuano es arriesgarse a la lógica discriminación y tener que dormir en la misma tierra, lejos de las casas porque no permiten que uno se acerque a sus puertas.

La obsesión del dinero es extraordinaria para estos campesinos que, luego de cada tramo y diez o doce horas de camino, parecen frescos. Ellos solamente piensan en hallar trabajo, esperar unos meses durante los cuales el patrón les guardará sus sueldos y regresar a Colombia.

Muchos de ellos siembran sus pequeñas parcelas, se van a trabajar a Venezuela y si traen bolívares ya tienen cómo financiar la cosecha. «Esto es más seguro que esperar que la Caja Agraria o que el gobierno de Colombia le ayuden a uno. La Caja quiere verlo a uno endeudado para quitarle después la finca. Así ha ocurrido este año en la zona de Codazzi con unos primos míos. La Caja les quitó una tierra y luego se la dio al sobrino de un político», comenta Juancho Pernía, uno de los campesinos del grupo.

Para los hombres de la ciudad, las gorras verdes y las metralletas de los guardias parecen una idea fija. Se avanza al ritmo de los campesinos, mientras la sangre palpita en la cabeza, y el sudor, que después de una hora se siente helado, comienza a volverse agotamiento.

Desde Santa Cruz se pasa a Guaba, primer punto venezolano después de la hacienda La Torcala. Luego vienen Las Trojas, El Escondido, Laberinto y el primer río que se atraviesa en canoa, luego de pagar cinco bolívares: El Limón.

Se cruza por la zona indígena de los Japrerías, donde el cacique Nimpoto salva la situación y presta un guía que va hasta la hacienda Victorino, de don Rodolfo Rincón, donde ya es posible continuar en carro hasta la Villa y de allí a Maracaibo.

La Villa es el punto final de la travesía (unos ciento veinte kilómetros), centro agrícola y ganadero a donde arriban todos los trabajadores colombianos.

A los últimos cuarenta kilómetros de esta vía no llega ningún campesino porque ya todos han encontrado trabajo fácilmente en las haciendas venezolanas, completamente cultivadas de pastos, organizadas y cercadas con seis y siete hilos de alambre.

Su diferencia con las colombianas, unos pocos metros después de la frontera, es grande. Comienzan las fincas del otro lado y termina también la aridez. Ya no se ven cactus, cabras y algunos burros, sino ganado de ceba.

Pese a lo que se diga, el drama del bracero colombiano, algunas veces alcanza niveles de salvajismo. Ilusionados por unos cuantos pesos, trabajan durante meses enteros sin recibir su sueldo, pues generalmente prefieren que el patrón les guarde el dinero para cuando termine la temporada.

Pero muchas veces no reciben el jornal, porque a la hora de cobrar son entregados a las autoridades venezolana «por indocumentados». Y luego de ser conducidos y permanecer un tiempo en cárceles de San Cristóbal o Maracaibo, son llevados hasta la frontera y desde allí deben regresar caminando hasta su tierra, sin dinero y sin esperanzas. Esta es la realidad de ese «dorado» que no existe pues si bien en Colombia los salarios para el campesino no pasan de dos dólares diarios, tampoco hay el riesgo de trabajar en balde.

Pero si hay suerte, los hombres pueden regresar con dos o tres mil bolívares, que pierden algunas veces en Maicao durante la operación de cambio a pesos. Allí hay bandas de hampones que, trabajando armónicamente con gente de la policía secreta colombiana y con algunos policías uniformados, inicialmente les compran los bolívares, y luego les quitan los pesos. Para esto utilizan desde la intimidación con una placa de la autoridad, hasta el chantaje y el asalto. En esta zona son frecuentes los casos en los cuales aparecen cosidos a balazos en las afueras de Maicao, campesinos que regresaban de Venezuela.

Se estima que la mayoría de quienes salen de Colombia, llegan a su meta en Venezuela y regresan sin problemas. Sin embargo, una buena cantidad son capturados, encarcelados como delincuentes comunes y maltratados antes de ser devueltos.

Las autoridades venezolanas devuelven semanalmente —-sólo por Maicao— un promedio de veinticinco colombianos, llegando en muchas oportunidades hasta tres «remesas» diarias.

El consulado colombiano en Maracaibo recibe a última hora —-según los funcionarios—- el anuncio de deportación, por lo cual no hay tiempo para adelantar ciertos trámites legales que puedan permitir a los trabajadores la recuperación de sus salarios.

El Consulado parece bien atendido pero es pobre, carece de medios tan elementales como vehículos o un mayor número de empleados. Allí hay solamente un cónsul y dos funcionarios más, que algunas veces trabajan hasta diez horas al día, jornada que no conoce ninguno de nuestros empleados del servicio exterior en otras partes.

«Hay casos en que los hacendados que han negado pagar el salario a los trabajadores, se encuentran a cien y doscientos kilómetros de la ciudad. Por tanto nos resulta imposible ir hasta allá a hablar o a tramitar las solicitudes de los braceros. Así ellos pierden miles de bolívares al año», dice un empleado que pide no citar su nombre.

Los hacendados venezolanos están autorizados por su gobierno para adquirir tarjetas agrícolas, mediante las cuales amparan a los braceros y legalizan su trabajo. Pero no lo hacen porque es mejor negocio conseguir mano de obra gratis.

El segundo aspecto es el de los maleantes y las prostitutas que marchan hacia Venezuela, donde se sufre un azote por esta razón.

En las casas de lenocinio en Maracaibo la mayoría de las prostitutas son colombianas que han llegado sin documentos, llevadas por bandas de tratantes de ambos países, quienes las consiguen en nuestras ciudades y las venden allá a cambio de sumas que pueden variar entre quinientos y mil bolívares.

Más de la mitad de un grupo de quince mujeres con quienes hablé dijeron que querían regresar pero no podían. Los dueños de los bares donde trabajan las chantajean con la amenaza de entregarlas a las autoridades por no tener papeles en regla.

Hay casos en que llegan a abusar de ellas, tras lo cual les quitan el dinero que hayan ganado. Entonces son entregadas a la autoridad.

Aunque es imposible obtener datos estadísticos exactos por tratarse de indocumentados que se mueven a través de la frontera clandestinamente, un promedio aproximado, obtenido en fuentes oficiales de Maracaibo, establece que cada semana son devueltas a Colombia cinco prostitutas, mientras ingresan de siete a ocho.

Igualmente, cada semana entran a Venezuela unos setenta colombianos —-sólo por la Guajira—- de los cuales, dos son delincuentes comunes y el resto prostitutas (en la cantidad anterior) y trabajadores honrados.

La última encuesta hecha en la cárcel nacional de Sabaneta (Estado Zulia), mostraba que allí había ciento siete colombianos presos.

Pero, aunque apenas una minoría de los emigrantes son indeseables, es necesario reconocer que representan un número suficiente para dar en Venezuela una imagen violenta de nuestro país. En Maracaibo, por ejemplo, hay situaciones específicas en que es necesario amar demasiado a la patria para aceptar que uno es colombiano.

Nuestra frontera con Venezuela es extensa y abandonada: 2.219 kilómetros sin dueño. En puntos como Santa Cruz no se encuentra una sola autoridad. Por allí y con el conocimiento de los funcionarios de la Guajira, se realiza la mayoría del tráfico, no sólo de braceros, maleantes y prostitutas, sino también de café, de azúcar, de ganado… de todo cuanto produce Colombia.

Los congresistas Rafael Iguarán Laborde, Lisardo Vélez Vélez, Alfonso Latorre Gómez, Arturo Posada Mesa, Roberto Harker, Fabio Salazar Gómez y Antonio José Ocampo, rindieron un informe al presidente de la República de Colombia en el que anotan que «en estas regiones la soberanía colombiana está amenazada. Cualquier sacrificio por parte de los poderes legislativo y ejecutivo repercute en beneficio de la patria… En una inmensa zona fronteriza, no existen ni cuarteles, ni inspecciones de policía, ni nada que indique nuestra soberanía. Esto constituye un contraste doloroso con Venezuela. Los gobiernos venezolanos se han ocupado siempre de reforzar las fronteras».

Sin embargo, el informe en el cual ellos abogan por soluciones a base de fusiles, olvidan que el campesino colombiano no abandonará su patria el día que tenga cómo llenar el estómago. El hombre de la ciudad no huirá de la justicia el día que tenga trabajo, salud, educación. La mujer no venderá su cuerpo el día que en Colombia haya para ella otro tipo de oportunidades.

Maracaibo, marzo de 1969

QUÉ TAL UN HOMBRE CON MIEDO

QUÉ TAL UN HOMBRE CON MIEDO

Medio: El Tiempo

Fecha: 15 de mayo de 1969

Por: Germán Castro Caycedo / Fotos: Sin registro

«…Y de noche me oriento por los luceros. Mire para arriba, ¿ve esos? Se llaman “Las Tres Marías”. Salen como a las siete por el sur y a las diez están sobre Mata Rala. A las 11 ya van por el Pomarroso. “Las Cabrilas” son las que están aquí encima de nosotros. En verano aparecen por el oriente, como a las seis. Salen de detrás de Guasimito y van uniéndose; a media noche están en Burón y a la una bajan beber en Ojo de Agua. Son seis luceros ‘amorodiaos’.

“El primanoche” o “becerrero” uno de los más grandes. Empieza por el oriente y termina allá detrás de esa mata. ¿Sabe por qué le dicen así? Porque aparece a las cuatro de la madrugada en Capuriche… y “La Cruz de Mayo” que no se ve sino este mes picando desde el sur. Arranca a las siete de la noche y corre desde Laurel Gacho hasta Las Morochas. A las nueve se para en La Verdad, a las doce en Chaporral…».

ESPANTOS

«De noche uno lleva la precaución de que le salga cualquier cosa. Se me ha presentado ir yo por ahí y sentir un vendaval en plena calma de la sabana, y caerse un árbol grande y ver un venado que sale corriendo. Yo no sé qué será… ¡Espantos que salen a veces!

– Y el diablo, ¿qué?

– Ese no se me ha aparecido pero a Manuel Rodriguez lo tiene loco. Cuando hay harta luz de luna le sale en forma de mula, de perro, o de hombre: un tipo alto, negro, dientes di’oro. Lo conoce porque a veces, cuando alevanta las patas le salen de debajo llamas.

– Y entonces hay que rezar.

– ¡Digame! Hay rezos especiales para llamarlo o para que desaparezca, según la persona.

– Usted…

– ¡Yo no! Yo a lo único que rezo es a las culebras para que no me piquen.

LA MEDIDA

– ¿Y a las mujeres?

– Noo, ¿para qué? Ellas son las que a veces lo rezan a uno. Me sé la oración pero es peligrosa, ¿sabe? No se puede contar porque empiezan a hacerles males a las pobres viejas… o a los hombres. Es una oración efectiva desde que uno le ponga fe. – ¿Cómo es?

– Bueno, pues… Pero es peligrosa. ¡No se la cuente a nadie! Se mide a la persona con una pita; que no le falte ni le sobre un solo centímetro. Los martes o los viernes se hacen tres cruces y se dice: “Con dos te miro, con tres te ato. Con el Padre, con el Hijo, con el Espiritu Santo… Mujer, que yo te vea más humilde ante mí, que Cristo ante Pilatos”. Después se amarra uno la pita a la cintura, contra el cuero, y se deja ahí…

PARA LOS ENEMIGOS

– Hay otra más sencilla que es para las mujeres que “corcovean” y se las dan de bravas; o para los enemigos. Es más corta: “Ánima de fulana, tan brava como un dragón. Jesucristo me la ponga como el Gallo de la Pasión”, y ya está. Es cortica pero efectiva, y peligrosa. No se le puede enseñar a gente que no sea seria. Al que uno le rece esta queda más mansito que una gallina, y obedece lo que uno le mande, así sea…

– ¿Y la de los gusanos?

– Es otra oración que uno debe aprender porque es para la cura. Si la vaca, o el caballo, es de un color, se reza una vez; si es de dos, dos veces… así. Entre cada salmo se hace una cruz con tierra o con hojas, y al día siguiente el animal está sano… Es un secreto pero se la voy a enseñar: “Yo los conjuro, animales perjuros, para que vayan muriendo de uno en uno. San Joaquín cúralo, cúralo juntamente con Cirineo. Yo creo que han de morir en su propia sangre. Y creo”.

LA CONTRA

– ¿Y la de las culebras?

– Cuando me salen las ensalmo y se quedan quietas. Uno las puede coger y se dejan, ¿cómo será de efectiva la oración? Pero le digo una cosa, si se burla de esto le sale a contra.

– ¿Cómo es la oración?

– ¡Fácil! Usted ve la culebra y se para: le echa una bendición y dice:

“San Pablo no ser querido y mi Dios tan ponderoso, que me libre de culebras y animales ponzoñozos. Yo digo estas palabritas con grande fe, en el nombre de San Pablo, Jesús, Maria y José”.

SERIEDAD

Ezequiel Parales dice las cosas con gran respeto. Cuando reza arruga la cara y al terminar se frota la barba de cinco días, haciendo un ruido de lija con las uñas. Está sentado en un butaque del patio iluminado por la luna y parece diferente del vaquero que galopaba esa tarde como una fiera.

Ahora es un niño que habla sin parar y hace algunas preguntas quizá infantiles. Sonríe con las mismas carcajadas que por la noche salen de la caballeriza, donde ha colgado su hamaca con 20 vaqueros más, y cuando oye hablar de Bogotá se queda mirando fijamente con la boca semiabierta.

Son las ocho de la noche y los zancudos llevan dos horas poniéndole los pies morados con sus aguijones. Se golpea cada segundo para espantarlos y vuelve a la carga.

“De esto no se puede reir”, dice, y trata de acabar el diálogo. Entonces hay que ponerle seriedad a la cosa. Se hizo vaquero a los 16 años y “trabaja llano” con reses cuando está entrando el invierno. Sin embargo su especialidad son los potros salvajes:

“He montado unos 500 y, hasta el momento ninguno me ha dado tierra. Solo recuerdo uno que molestó un poco. Le puse “pajarilla” porque gasté 15 días para domarlo; corcoviaba, mordía la coraza de la silla, sacaba la pata… mire, aquí en esta pierna tengo una cicatriz que me hizo con las muelas. Pero al fin lo dejé mansito al porqueria.

LIBERTAD

Parales tiene seis hijos, un fundo hecho por él sin la ayuda de nadie, y en la sabana “100 reses finas. En dos años pueda que sean 140”.

– ¿Católico?

– ¡Digame! Bautizado y confirmado contra los malos espíritus. Y los hijos también están todos bautizados. El mayor estudia en Arauca, pero a mi no me gusta que venga al Llano porque se enamora de esto. Y prefiero que siga en el colegio a ver si Dios lo tiene para doctor. Es que, ¿sabe? lo que lo enamora a uno del llano es la libertad, no hay tranqueras ni cercas en ningún lado. Uno puede ir para donde quiera sin que nadie se lo pregunte, y eso no se consigue en los pueblos. A mi no me gustan los pueblos. No me iría para allá. Uno nace aquí y aquí muere… yo voy a Arauca por paseo rara vez. Es que eso no se hizo para el llanero, ni por más plata que le paguen.

POLITICA

-¿Entonces no sale ni a elecciones?

– “Yo no sé de eso. Dicen que hay que votar pero a mi no me importa la política. Fíjese que por eso tuvimos la época ‘mala’, ¿y qué? Los perjudicados fuimos nosotros porque los demás se quedaron tranquilos en la ciudad… Yo no sé si votar la próxima vez. De todas maneras la vida no le cambia a uno. En vez de votar, lo que hay es que pensar en trabajar duro para ganar plata, porque durmiendo no se la van a dar a nadie… ¿Sabe una cosa? Cuando me preguntó qué sabía de Bolívar, le iba a contestar:

– Que está a cuatro pesos”.

– ¿Cuánto gana?

– “25 pesos al día fuera del “golpe”, en esta época. Cuando no hay trabajo de llano me estoy en la casa porque allá nunca falta que hacer y toca levantarse, cuando más tarde, a las cinco de la mañana”.

UN DÍA ESCRITO

-Usted le debe tener miedo a algo…

– “A nada. El llanero no conoce el miedo. Yo me he visto varias veces a punto, y ¿qué? Si hubiera sido por miedo ya estaba debajo de la tierra… Eso son pendejadas porque uno no se puede morir sino una vez, y el día va está escrito. Como dicen, nadie se va el día anterior. De modo que qué caramba. Claro, se le tiene cierto recelo a algunas cosas, pero, ¿miedo? ¿Que tal un hombre con miedo? Ni al hambre, ni a la raya, ni al temblador. A mí me han pegado los tembladores y me he salvado: la última vez porque iba a caballo y no me dejé caer en medio del raudal, y otra porque pude llegar hasta la orilla del caño”

– Pero ha visto la muerte de cerca…

– “Sí, pero no me he muerto”.

JOSÉ NONATO PÉREZ

Para Ezequiel Parales el “crack” de la campaña libertadora es José Nonato Pérez, de Casanare como él. Aunque sus referencias históricas son insignificantes, se ha parcializado porque a lo mejor lo identifica con todos los llaneros de hoy.

“…Y lo vino a matar un caballo por allá en la cordillera, caramba. Lo peor que le puede pasar a un llanero es morir en las montañas. Dicen que era terco el hombre. Se puso a domar un padrote castaño jovero para Bolívar y se reventó por dentro. Reventado porque no se dejó tumbar de la bestia. A mí me ha pasado a veces que cuando comienzo a trochar algún potro me duelen las tripas porque brincan con fuerza… Pero uno tiene las piernas más fuertes que ellos”.

POR ALGO SERÍA

– José Nonato era más valiente que Bolivar, claro…

– Pues yo no sé, pero que mató gente y que ganó gue rras sí es cierto. Los libros dicen eso… Y que lo tenía fregado Páez. Por algo seria. Como que no le estaba comiendo vaca gorda… Eso le pasa a la gente brava, que no le gusta a los demás. ¡Envidia!

– Bolívar…

– Pues nos libertó. Era un gran marisca, pero Nonato no se le quedaba atrás. Lo que pasa era que Bolívar era “guatecito” (de la capital) y por eso les llama la atención a ustedes…

– Los guates…

– Je, je. Yo estuve en el Ejército en la “época mala” y conocí soldados de todo Colombia. Se ve de todo. De todo.

Mejor evitar

Y comienza la descripción sarcástica, matizada con algunas sonrisas que dejan ver una dentadura de calzas de oro: ”Los bogotanos eran buenas personas, sí, pero decían que era mejor evitar todo peligro para poder contar el cuento; que al que daba la cara lo mataban. Los más valientes eran los tolimenses, porque tenian malicia. Bravos, no se rajan con nada. Los costeños sí… Esos si eran buenos para hacer orquestas con el casco y las municiones. El pastuso es macho, pero muy cerrado. No le busca solución a nada. Y al antioqueño se le va todo en negocios. Le roba a uno la camisa y al día siguiente se la vende.

EL FIN

– De todos el mejor es el llanero, por supuesto.

– Pues la revolución no se igualó aquí, sino hasta que entraron los llaneros al ejército. Si no fuera así… claro que a nosotros lo que nos mata es la cordillera. Ahí sí nos llega el fin del mundo.

O el fin del llano, que es su mundo. Porque para el casanareño las estrellas solo salen allá y los únicos ríos que existen en la tierra son los que él conoce… El cielo debe ser un llano blanco sin cercas ni tranqueras, por donde las almas jinetean todo el día sin cansarse. Y sin que nadie les pregunte para dónde van…”.