HIPPIES

HIPPIES

Medio: El Tiempo

Fecha: 24 de enero, 18 y 19 de junio de 1971

Por: Germán Castro Caycedo / Fotos: Germán Castro Caycedo

En la Colombia de los años 70, Germán Castro Caycedo se adentra en los movimientos contraculturales para escribir tres crónicas vibrantes. Desde la exploración de hongos alucinógenos con hippies en Tolima hasta la euforia y el desorden de un festival de rock en Ancón, Antioquia. En estos textos captura el espíritu de una época marcada por la búsqueda de libertad y nuevas formas de expresión.

Estas historias, publicadas originalmente en el periódico El Tiempo (1971), nos ofrecen una mirada íntima a momentos de cambio, desafío y esperanza. A través de un estilo único, viajamos en el tiempo para revivir la vibración de una juventud que desafiaba el statu quo y buscaba redefinir su lugar en el mundo.

COMUNIDAD DE HIPPIES EN EL TOLIMA “VIAJA” CON HONGOS ALUCINÓGENOS

Fecha: 24 de enero de 1971

Hacía dos horas estábamos acostados sobre los vagones cuando prendieron la primera locomotora y comenzó el ajetreo en la estación. La «chiva» que nos debía transportar en el primer trayecto saldría a las cuatro y media; en ese momento eran las dos. Habíamos llegado al pueblo después de 13 horas de viajar en un bus que debió quedar impregnado por el humo ácido de los cigarrillos de estos once hippies que, antes de partir de Bogotá, habían aceptado llevarnos con ellos al paraíso de los hongos alucinógenos.

Nuestra primera pregunta muy -muy “burguesa»- fue para saber si íbamos a un hotel y sonrieron disimuladamente. Luego escogieron uno de los diez planchones vacíos del tren para esperar la salida de la «chiva», y nos acostamos en ellos.

Entonces teníamos por delante 70 kilómetros para recorrer en un bus de bancas largas -descubiertas por los lados- y siete horas a pie bajo el sol achicharrante del trópico. Después llegaríamos a aquel sitio de los hongos que dan alucinaciones: nacen entre la porquería del ganado y los “peludos” los buscan como la más grande bendición de la naturaleza.

CIELO VERDE

Los tragan con limón o con guayabas verdes que arrancan de los árboles que crecen en la lomas, hasta las cuales suben semidesnudos para comerlos y luego «viajar en busca de la verdad». Saben a tamo reseco y se pegan a la garganta, dejándola pegajosa por el aceite que llevan impregnado. Luego, a la media hora «explotan» y el pasto se vuelve rosado, el cielo verde como una botella de cerveza. Las piedras del río tienen colores fosforescentes y la angustia (enloquecedora), comienza a agudizarse, lentamente, intensamente, hasta hacer retumbar el cerebro del que chorrean gruesas capas de sangre que cubren el color de las piedras y llenan el río y pasan a la otra orilla y comienzan a trepar por los árboles…

MACHISMO

El pito de la locomotora que comenzó a mover vagones nos hizo abandonar la estación. Por eso, fuimos a la cantina de enfrente a tomar una cerveza y a escuchar los insultos de los ‘parroquianos que con esas caras de machistas que ponemos los colombianos cuando estamos, frente a un hippie, creían resaltar su hombría detrás de dos patillas largas, un trago doble de aguardiente y una pianola de oro que brillaba cada vez que abrían la boca para hablar de nuestra mesa.

Recogimos entre nosotros algunos pesos para comprar panela, arroz y café para llevar, pero Paula no consiguió nada porque las tiendas estaban cerradas a esa hora de la madrugada. Luego, cuando empezaban a abrirlas, la ansiedad les hizo olvidar la idea de la comida y solo pensaron en salir corriendo a buscar la «chiva» que nos acercaría al camino de Agua Clara, donde crecen los hongos.

LA PURIFICACIÓN

La mañana era opaca pero cálida. Llovía con fuerza y el agua escurría por los brazos, por las piernas, pegaba la camisa a las espaldas y gargareaba entre los zapatos. Los hippies, abrazados por parejas, caminaban adelante. Se detenían continuamente para mirar el paisaje, o se quedaban largos ratos mirando una flor o árbol. Entonces sentimos que, primero en la estación, cuando cambiamos el hotel por los planchones grasientos del tren, y ahora, bajo esta lluvia, estábamos viviendo intensamente y que para eso no se necesita dinero.

Escampó a las nueve de la mañana. Antes nos habíamos encontrado con dos grupos de hippies que venían de comer hongos. Estaban embarrados, sudorosos…

– ¿Falta mucho?

– Sí. Un resto de camino. Ahora va a salir el sol y nos va a pegar fuerte: pero hay que pagarle a la naturaleza en alguna forma la bendición de los hongos.

Una hora más tarde comenzaron a chirriar las tripas. Se acabó el camino y anduvimos por las vegas del río. Eran ahora las once de la mañana y solo quedábamos los tres gringos, una de las muchachas y nosotros.

– ¿Y los demás? ¿Se perdieron?

– No. Se quedaron purificandose (viendo la naturaleza).

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ROPA AL DIABLO

Hace mucho calor y sentimos que nos aturdimos. Ellos no. Caminan con ansiedad, resoplan duro con cada paso, pero no aflojan el ritmo. Agua Clara está «cerca»: faltan un par de horas.

Llegamos después del mediodía y nos metemos al río. La mayoría de ellos se ha quedado. Arriban dos horas después, tiran parte de la ropa en las puertas de las chozas y se van a bañar. Ni un bocado; sin embargo, nadie habla de comer. Se acaban de desnudar en la orilla del río, sacan un jabón de lavar trapos y se lo pasan de mano en mano. Pensamos un segundo, y luego, nosotros también resolvemos tirar la ropa al diablo. El agua está tibia.

CIVILIZACIÓN SUPERIOR

Comprendimos por primera vez a los hippies cuando los vemos desnudarse completamente. No se miran. Se quitan la ropa con tanta ingenuidad, con tanta espontaneidad, que infunden respeto. Entonces pensamos que desnudarse es algo tan extraordinariamente natural como lo hacen ellos y que los perdidos somos nosotros que vemos malicia en todo.

Una hora de baño y no vemos un beso, ni una caricia. Juegan en el agua como niños pequeños. Nadie «se pierde» en la maleza, nadie dice una grosería. Sonríen con fuerza o se acuestan boca arriba en la orilla, unos muy cerca de los otros, o caminan por parejas, desnudos, agarrados de las manos.

Nosotros no tenemos nada qué decir. Cuando volvemos, la única frase es de Jaime: «No cabe duda. Los hippies son toda una cultura, una civilización más avanzada que la nuestra en ciertas cosas. Por eso es difícil que los podamos comprender».

– ¿Hay algo de comer?

– pregunta por fin uno de ellos.

Sí. Un agua de panela y una arepa para cada uno.

– Es bien. Es bien…

– ¿Vamos a buscar hongos?

AUTÓMATAS

Comenzó a llover y apuraron el paso sonriendo, dando saltos y corriendo loma abajo. Se veían ansiosos, hasta cuando uno de ellos se agachó y se quedó mirando el primer hongo un par de minutos. Lo arrancó y se lo llevó a la boca con delicadeza.

El hongo alucinógeno de estos lugares no debe durar -según ellos- más de dos minutos en la mano, porque se oxida y se convierte en un veneno fulminante. Así que los devoran con cierta rapidez. En adelante, abundaron. A cada paso sobresalían del pasto y ellos se arrodillaban para comerlos con voracidad.

Sobre las cuatro y media, cuando comenzaba el efecto, nos sentamos en el filo de un risco y «cargaron» un cigarrillo que pasaba de mano en mano. El regreso fue lento. Se hablaba poco, caminaban como autómatas, se miraban a veces unos a otros y sonreían como escondiendo una complicidad, El camino estaba húmedo por que había llovido nuevamente y llegamos a las cabañas, un poco después de las seis de la tarde.

PROTESTA SILENCIOSA

Sin que les pregunten, cuentan su vida uno por uno, sin tristeza, espontáneamente, pero con un duro gesto de reproche.

No había uno solo de ellos que no hubiese sido enviado a manicomios, cárceles o cuarteles por sus padres. Ni alguno que quisiera volver con su familia, acomodada en la mayoría de los casos. Entre estos quince hippies solo había dos, provenientes de hogares con escasos recursos.

– ¿Por qué tienen el pelo largo?

– No les gusta a ustedes, ¿verdad? Cuando la gente «común» nos mira la cabeza hace un gesto de rabia, ¿no es cierto? Por eso lo usamos así: es nuestro grito callado de protesta contra una sociedad de máquinas que producen sonidos.

Los hippies rechazan totalmente a la sociedad capitalista, ven en el trabajo, en los formalismos, en los prejuicios -como la ropa- cosas que alienan al hombre. Y son revolucionarios. Buscan la libertad por todos los medios. Por eso destrozan su salud comiendo hongos y tomando mescalina y LSD. Las muchachas están indistintamente con cualquiera de ellos, un día, medio día, media hora, cuando alguno les gusta. Y aparentemente no sienten celos porque acaso no tienen la noción de propiedad privada del hombre o de la mujer.

LOS ESCAPISMOS

Ninguno de ellos habla de los padres con cariño. Todos vienen de hogares separados o con grandes problemas que han influido directamente en sus vidas. Los hippies son el producto de una sociedad en descomposición, y en buena parte de sus cosas parecen superiores a ella.

Nosotros salimos de una sociedad-suciedad que, como no nos comprende, nos trata como a los peores delincuentes. Nos ven luchar solos para salir de este sistema de m… que lleva siglos hundiendo cada vez más al mundo en un pozo de dinero, y haciéndole perder toda clase de sentimientos bellos.

– Ustedes (agregan), no se dan cuenta de que toda esta rebeldía es por falta de amor, de diálogo, de comprensión, Por eso su respuesta es la cárcel, el manicomio.. Nuestros padres son tan locos que ven en nuestra cordura otra cosa y creen que pagando una clínica de reposo van a remediar nuestro reclamo de paz… los problemas aunque no lo quieran, están siempre en su mente. Aparentemente su adhesión exagerada a las drogas obedece a una inaplazable necesidad de evadirse de la realidad.

La claridad de sus conceptos es, empero, total en la mayoría de los casos:

«Tienen perfiles de una civilización superior»:

– En Woodstock se reúnen 400 mil jóvenes durante tres días y no hay una sola discusión, ni una mala cara… Haga usted una cosa: reúna diez personas durante seis horas y déles trago. Luego nos cuenta qué sucede.

MÚSICA ROCK

En la noche se reúnen a la orilla del río. Uno de los tres gringos toca la guitarra y los demás lo rodean silenciosos, con la mirada perdida. De vez en cuando dicen alguna palabra aparentemente incomprensible.

Aparte del grupo hay dos parejas solitarias, ellas se tienden sobre las piedras y ellos se recuestan a su lado, acercando mucho las caras… se miran fijamente, no hablan nada. Algunas veces se cogen de la mano y algunas veces sonríen.

Sobre las ocho vuelven a las cabañas, colocan en el piso una vela y se reúnen alrededor. Uno de ellos trae un tocadiscos y ponen música rock. Pasan entonces a la mesa donde está el aparato y «clavan» los ojos en el disco…

– ¿Les gusta esa música? (Nos pregunta Homero).

– Sí, suena bien.

– Pero ustedes no la comprenden (replica). Fíjense en las reacciones, por ejemplo cuando suena un determinado instrumento. Los tambores, por ejemplo. ¡Oiga! Tal vez de eso, del sonido, es de lo poco que no hemos podido liberarnos.

EL PEQUEÑO MANSON

Unos minutos antes de empezar la sesión de música que motiva sus «viajes», nos habíamos reunido en silencio. Homero trajo un bloque de dulce de guayaba que tenía un sabor eléctrico y se lo entregó al Tiburón. Este mordió y comenzó a pasarlo de mano en mano. Entonces el pequeño Manson, el Manson subdesarrollado y su compañera, empezaron a hacer una crítica de la sociedad y a rechazarnos con sorna. Dejaban ver con cada actitud, con cada frase, un falso sentimiento de superioridad, un enorme complejo…

– Sería mejor que partieran el dulce con un cuchillo dijo la mujer haciendo una sátira, mientras ellos comían con las manos.

Dejaban transcurrir grandes pausas entre frase y frase. Todo el mundo estaba en silencio, «viajando» por su cuenta. Pero Manson y su compañera, ahora sentada en sus piernas, arremetían sin parar.

– Pensar que en las ciudades hay gente que programa, que sabe qué va a hacer dentro de 15 días. Gente que anda por rieles, que vive esclavizada por un reloj. En la ciudad solo hay bloques de cemento. Máquinas que hablan y que viven con angustia para generar la gran moneda. Sí. La gran moneda. ¡Ja!

SUBCONSCIENTE DE CRISTAL

Por el efecto de las drogas que los tienen minados, destrozados físicamente, llevan una vida mental. Ven su subconsciente con una facilidad pasmosa que asusta la primera vez que uno come hongos porque se encuentra, boca a boca, con sus defectos, analiza con gran claridad la causa de sus traumas psíquicos o sus fijaciones mentales, desmenusa sus conflictos. Por eso se sienten superiores al resto del mundo, del que se burlan con estrépito: nos llaman «bloques de cemento».

Para entender todo esto -que transcurre en una apartada meseta del Tolima- hay necesidad de hablar poco, porque estando muy cerca de ellos se puede percibir con una facilidad extraordinaria la energía mental de cada uno; en la mayoría de los casos se adivinan sus pensamientos, sus deseos.

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SANTANA

Colocan el primer disco: «Vamos a escuchar a Santana», dice el pequeño Manson, pálido como un tuberculoso, frágil, descarnado. Y Jaime, tal vez tratando de romper el hielo, comenta: «¡Ah! ¿Tienen a Santana?».

Manson sonríe: «Cactus, cactus. Aquí hay cactus porque me espiné», dice en tono fuerte. Quiere decirles a los demás que descubrimos el agua tibia. (No hay hippie que no tenga a Santana), Jaime, que no había subido a comer hongos, no comprende el valor de las frases.

Es que a medida que pasan los minutos la mente se va haciendo más clara y permite comprender cualquier movimiento, cualquier palabra que en otras circunstancias parecería estúpida, sin lógica.

VALOR BURGUÉS

Alguien pregunta algo y nosotros respondemos que sí, que regresamos a Bogotá a las cuatro de la mañana para evitar la caminata de siete horas bajo el sol. Entonces la mujer de Manson pregunta con burla -que al parecer tampoco entiende Jaime-: 

– «¿Qué día es mañana?» -Domingo le decimos- y Manson sonríe.

Para ellos no hay días, son también un valor burgués que nos tiene (a los postes de concreto) esclavizados. Luego agrega: «Pensar que en las ciudades hay gente que tiene que asfixiarse trabajando en colmenas y vivir regida por un calendario. ¿Para qué? ¿Para morirse? Y luego, ¿qué?

RITO DE LA LUNA

La angustia tremenda fue cediendo poco a poco con la oscuridad de la cabaña, a medida que iba bajando el volumen de la música que, finalmente, un poco antes de las doce, cesó del todo. A esa hora comenzó a salir la Luna. Victoriano y algunos más se fueron al río a verla: “Es un ritual hay que ver, la salida de la Luna», dijo y se alejó caminando lentamente. (Unos minutos antes se retorcía sobre una banca. «Es que tenía demasiada energia», explica más tarde, cuando, en las últimas horas de la madrugada siguiente, caminábamos hacia la carretera, distante siete horas de Agua Clara).

Terminó el «viaje» colectivo y se apagaron las velas en las cabañas, donde se hablaba muy poco, en voz demasiado baja que permitía escuchar el traquear de la guadua de las barbacoas, sobre las cuales nos acomodábamos lentamente, pero sin poder conciliar el sueño: mañana sería otro día sin pesadillas, sin la angustia que estuvo a punto de enloquecernos porque regresaríamos a la ciudad, a esa ciudad de bloques de cemento donde los hombres viven esclavizados por un reloj y solo piensan en comer, dormir y trabajar.

EL FESTIVAL DE ANCÓN: PURIFICADORA PEREGRINACIÓN

«Aún estamos en el ciclo de géminis, el signo de mercurio; con él todo es rápido… speed». Las palabras de Gonzalo Caro, el organizador, fueron las primeras en escucharse, una media hora antes de iniciarse el festival rock. El ambiente que enmarcó su inauguración era esta mañana, acaso más tenso que durante los días que antecedieron…

La prensa local «saludó» la iniciación del certamen con grandes columnas en las que se daban a conocer un par de comunicados, en los que se condena el festival. Uno está firmado por decenas de habitantes de «La Estrella», el pequeño pueblo en cuya jurisdicción está el parque de Ancón.

«Se trata de una reunión de seres anormales y deshonestos en su máximo», dice el comunicado enviado a las autoridades y los órganos de información. El otro es una resolución de la Asociación de Colegios Privados de Antioquia donde, entre otras cosas, se dice: «Protestamos contra este acto contrario a las tradiciones de nuestro pueblo… se trata de un evento degradante y repulsivo».

El contraste estuvo en un grito largo de los hippies que, sobre la hora de la inauguración, se habían por fin congregado en torno al escenario. Los directores del festival, unos segundos antes habían llamado, uno a uno, todos grupos pertenecientes a los signos del zodiaco. Luego otro grito colectivo: «para ponernos en algo y llamar al sol que no quiere salir».

Con la voz lenta, alargando las palabras, uno de ellos trepó, al tablado y tomó los micrófonos: «Todos somos hermanos -dijo- todos somos iguales en la música, lo único que puede unir al mundo». Las frases comenzaron entonces a sucederse: fue llamada una señora que había perdido un bulto de piña, a través de las 16 torres de altoparlantes regadas por el espacioso came.

También se hizo relación a la droga: «La gente que tiene en el campo tiquetes de viajes cósmicos, mucho cuidado… si alguien se siente mal, si alguien pone mucha carga en sus pasajes, aquí detrás del escenario estamos para ayudarlos».

En tres carpas color naranja la Cruz Roja estableció un puesto de socorro: «Nos hemos cuidado de traer buena cantidad de drogas, especialmente contra la intoxicación, contra alucinógenos y barbitúricos», dice una enfermera voluntaria.

«Siéntense todos. No importa que el piso este mojado, nosotros estamos calientes por dentro y con la música que comenzará ahora nos calentaremos aún más», dijo otra voz por las torres de parlantes. Sobre la una y media de la tarde salió por fin el sol, entonces se escuchó un grito fuerte en todo el campo.

Tras las palabras de apertura del alcalde inaugurando el festival -dos frases breves-, ‘Carolo’, el organizador del festival, respondió: «bien maestro, gracias por habernos permitido esto tan bello». La música ha de sonar todos los días hasta las nueve de la noche, cuando comenzarán las fogatas del amor.

Se pregunta en qué consiste y, con una mirada maliciosa, responden: «Es ver la candela, sentirla cerca de la carne para purificarnos.. los burgueses, ustedes los de corbata siempre que oyen la palabra amor piensan en el sexo. Y amor, amigo, amor es todo, es admirar lo bello. La candela es bella».

PEREGRINACIÓN Y BARRO

El campo de Ancón amaneció hoy empantanado. A la entrada hubo congestión en la mitad de la mañana, luego, sobre las tres de la tarde, se volvió a apreciar el mismo fenómeno, que, a medida que terminaba el día, desaparecía casi todo por completo.

Centenares de curiosos que se vinieron caminando hasta aquí llenaron desde las primeras horas la carretera y el tráfico de automotores se hacía lento. En la noche del jueves un chubasco que doblaba los árboles y unía las cuerdas de electricidad, había dejado algunos sectores de Medellín a oscuras.

Aqui en ‘La Estrella’, la tempestad con continuas descargas eléctricas iluminaba cada segundo el campo, dejando ver las siluetas de unas tres decenas de carpas de colores, instaladas por los hippies. Algunas de ellas fueron arrasadas por el vendaval mezclado de lluvia fuerte. Otras se mecían al compás de los árboles.

Adentro había silencio. Estos jóvenes que en la mañana tocan sus flautas, solitarios, sin importarles la avalancha de curiosos, tenían la misma cara anoche, los mismos ojos perdidos. Hoy los distinguimos con facilidad porque tienen unas ojeras enormes y sus caras están brillantes por el sudor de la noche.

Aun sin bañarse, la mayoría de los «hippies de verdad» que han venido a este festival, parecen no interesarse por nada. Son acaso los menos ansiosos por ubicarse alrededor de una caseta alta, cubierta con dos lonas de gruesas franjas verticales, blancas y negras, desde donde los conjuntos harán llegar a ellos la música.

En el parque de Bolívar también anoche, como desde el principio de la semana, durmieron a la intemperie varias decenas de ellos. Hoy sobre las nueve de la mañana comenzaron a trasladarse al campo en «el tren del amor», que hace viajes esporádicos hasta «La Estrella». Este viernes se volcaron al campo de Ancón unas diez mil personas, que buscaban ver el festival.

Su iniciación con lluvia y el marco de resistencia que podría ceder en los días siguientes, fue, hoy también, considerada por el alcalde de la ciudad como «el reconocimiento a una actitud juvenil que no podemos tratar de tapar con las manos».

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LA EMBARRADA GENERAL EN EL FESTIVAL HIPPIE

Veinticuatro horas después de iniciarse, todo parecía indicar esta tarde que el primer festival latinoamericano de rock podría fracasar por contratiempos que se escapan de las manos de los organizadores. Hoy se calcula que unas 20 mil personas se volcaron sobre el Parque de Ancón, mientras el mal tiempo continuaba entorpeciendo el desarrollo del certamen.

Todas las instalaciones amanecieron allí inundadas de barro. El olor en las zonas de acceso era, bajo el sol del mediodía, insoportable por la evaporación. En tanto, centenares de hippies completamente embarrados y descalzos continuaban inmutables oyendo la música y contemplando la naturaleza.

El concierto, suspendido a la noche un poco después de las ocho, se inició esta mañana antes de las doce, con horas de anticipación a la prevista. Anoche los últimos conjuntos en salir al tablado abreviaron el tiempo de actuación ante las condiciones del invierno. Como ayer, hoy tampoco hubo vigilancia en el parque. La afluencia de gente, que dobló en cantidad a la de ayer, obligó a que los organizadores hicieran grandes esfuerzos por tratar de controlar los desmanes que se iniciaron la noche anterior.

Ricardo Echeverry, coordinador general del certamen, dijo después del mediodía que las autoridades habían negado hasta esa hora toda su ayuda. A las cinco de la tarde, en un día gris, la situación continuaba empeorando. Solo ocho policías pudieron ser localizados por los reporteros en las afueras del campo.

Según Gonzalo Caro, el principal organizador, «se ha tratado de bloquear el festival, con el agravante de que además de la falta de vigilancia por parte de la policía, el comportamiento de una buena parte de los visitantes es muy malo». Según sus palabras, los mismos hippies reforzaron desde la madrugada la «guardia cívica de control», pero todo esfuerzo resultó incapaz por la cantidad de visitantes.

Anoche la mayoría de estos jóvenes permaneció en el campo, a pesar del barro, el intenso frío y la lluvia. Unos dos centenares de ellos fueron atropellados por borrachos, hampones y depravados que, según la guardia cívica, «trataron de cometer toda clase de ilícitos». Miembros del mismo grupo dijeron que más de 15 carpas fueron asaltadas mientras los muchachos se reunían en torno al escenario, desapareciendo las pocas piezas de ropa y comida que allí se guardaban.

Caro anotó respecto de lo último: «Todos los borrachos que había en la ciudad se vinieron al campo de Ancón después de las siete de la noche. Insultaron a las mujeres y agredieron de palabra a todos los hippies que había en el lugar». Por otra parte, comunicó a la prensa que ayer domingo se habían pedido refuerzos a la policía y al alcalde, pero que después de tres conferencias con ellos nada se había hecho para solucionar la situación.

A las cinco de la tarde, se habían completado 29 horas desde que inició el festival. A esa hora, las instalaciones de la Cruz Roja amanecieron inundadas: habían atendido 14 casos de intoxicación por abuso de drogas; 36 jóvenes habían sido tratados por infecciones severas en la piel y 14 presentaban heridas de pequeña magnitud por porrazos a causa del mal estado del terreno.

Para los miembros de la Cruz Roja, las intoxicaciones todas catalogadas de leves menos tres que exigieron hospitalización, obedecen en parte a las condiciones físicas de los jóvenes. Desde cuando comenzó el ‘Alfa’, un poco después de la madrugada de ayer, es poco lo que han podido comer porque vinieron sin dinero.

Por otra parte, la mayoría ha completado casi una semana -se suman los días de viaje a pie- prácticamente sin dormir. Los organizadores dijeron que desde el mediodía se hacían gestiones para conseguir comida y ropas, pues las condiciones de los jóvenes «son pésimas».

Isidro Gómez, jefe de rescate de la Cruz Roja en las riberas del caudaloso río Medellín, dijo que anoche fue posible salvar la vida de 12 curiosos que, por entrar sin pagar, fueron arrastrados por la corriente. Asimismo, Orlando Carvajal, de la misma organización, señala: «Los visitantes están abusando de esta gente que es muy pacífica y no molesta para nada. Las autoridades están abocando el festival a un grave problema de orden público si no se pone vigilancia a tiempo».

El médico voluntario -también de la Cruz Roja- Alfonso Sierra (26 años), señaló por su parte que hasta el momento, fuera de tres casos de intoxicación «más o menos delicada», el resto de los problemas tratados eran simples y sin complicación».

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FOGATAS DEL AMOR

Tanto ayer como esta noche las «fogatas del amor» fueron suspendidas por la lluvia y «por el peligro que significa la avalancha de visitantes inescrupulosos». Según media docena de hippies entrevistados, las personas que se acercaron al lugar el viernes por la noche, estaban atraídas «por un morbo tremendo, porque se imaginaron que nosotros íbamos a hacer algo indebido… y cerca de las fogatas solamente queríamos calentarnos y contemplar la candela».

Asimismo, hoy como ayer, unos 400 jóvenes se vinieron a Medellín una vez terminado el concierto, para dormir en las calles y parques, bajo alares y puertas, tratándose de proteger de la lluvia. En las primeras horas de la mañana, embarrados y hambrientos, «asaltaban» a todos los transeúntes para pedirles dinero con qué comprar algo de comer.

Sobre las nueve de la mañana la gran mayoría de ellos inició una larga peregrinación (dos horas) a pie hasta el campo de Ancón, para asistir al segundo concierto de música rock. Anoche, bajo un torrencial aguacero, los hippies durmieron hasta en algunos calabozos de la policía, a donde se acercaron para pedir protección contra el agua.

Todos estos inconvenientes restaron brillantez al festival que se iniciara ayer en un día húmedo pero que hoy ha convertido el campo en un lodazal maloliente, donde abundan los truhanes ávidos de atropellar a esta pacífica juventud.