Por: John C. Arias Calvo.
La hoja de coca ha sido, durante siglos, un pilar fundamental en las culturas indígenas de América del Sur, utilizada en rituales, medicina tradicional y como fuente de energía en las arduas jornadas laborales. Sin embargo, su asociación con el narcotráfico ha eclipsado estos usos ancestrales, generando un estigma que persiste hasta nuestros días.
En su libro «Nuestra Guerra Ajena”, Germán Castro Caycedo exploró las complejidades del conflicto colombiano, evidenciando cómo la lucha contra las drogas ha sido, en muchos casos, una batalla impuesta desde el exterior, desconociendo las realidades locales y las tradiciones culturales asociadas a la hoja de coca. Castro Caycedo argumentó que esta guerra ha tenido consecuencias devastadoras para las comunidades campesinas e indígenas, atrapadas entre las políticas de erradicación y la falta de alternativas económicas viables.
«Para la comunidad científica colombiana, que jamás ha sido escuchada por los gobiernos, la fumigación indiscriminada de los bosques con herbicidas producidos por la industria estadounidense —la verdadera ganadora de esta guerra de décadas—, y que el gobierno local presentaba como un experimento «a manera de aprendizaje porque es parte del Plan Colombia*», representó un error fatal.
Según la experiencia de cuarenta años —ese tiempo abarcaban hasta entonces las fumigaciones aéreas de marihuana y coca en Colombia— ese sistema no resuelve el problema de los cultivos. Simplemente lleva a los narcos a destruir más bosques y a trasladar las siembras de región en región.
Como lo demostró entonces ante el Congreso el senador Antonio Navarro Wolf, “la población sufre ahora la fumigación del tóxico llamado Glifosato y no tiene ninguna actitud distinta a la de disponerse a sembrar nuevamente.
“Para eso hay una estructura superorganizada: en previsión de que aparezcan los aviones estadounidenses, poseen almácigos, es decir, millares de plantas listas para ser sembradas y se van con ellas para otra región. A ese paso, mis queridos compañeros del Congreso y televidentes de Señal Colombia, vamos a acabar con las selvas más ricas del planeta y no habremos resuelto ningún problema”».
La ‘Guerra contra las drogas’ ha fracasado. Pero esa derrota no es reciente, hace por lo menos 20 años que se sabía insuficiente. En el caso de Castro Caycedo, hace por lo menos 40 años que lo advirtió: las consecuencias de la aspersión y la violencia armada que proponía Washington, no dejarían más que una crisis humanitaria y un desastre ambiental que tendríamos que afrontar solos.
Otros usos comerciales para la hoja de coca
Recientemente, la canciller de Colombia, Laura Sarabia, retomó este debate en el 68º período de sesiones de la Comisión de Estupefacientes de las Naciones Unidas. Sarabia solicitó formalmente la exclusión de la hoja de coca de la lista de sustancias más dañinas, respaldándose en evidencia científica que demuestra que la hoja en su estado natural no es perjudicial para la salud. Propuso, además, aprovechar su potencial en usos industriales, como fertilizantes y bebidas, con el objetivo de desvincularla del narcotráfico y reconocer su valor cultural y económico.
«La evidencia es contundente: el narcotráfico ha frenado el desarrollo de nuestro país, ha victimizado a millones de campesinos, ha financiado grupos terroristas y ha devastado ecosistemas esenciales como la Amazonía«, afirmó la ministra en su intervención en el 68º período de sesiones de la Comisión de Estupefacientes de las Naciones Unidas. En ese mismo espacio, la canciller dijo que la ciencia demostrará “que la hoja de coca en sí misma no es perjudicial para la salud. Solo podremos arrebatárselas a los narcotraficantes, si aprovechamos su potencial en usos industriales, como fertilizantes y bebidas«.
Las referencias de Sarabia son una apuesta fundamentada, pues en Colombia ya existen muchas iniciativas exitosas, especialmente de la Cooperativa Coca Nasa, uno proyecto comunitario fundado en 1999 por miembros del pueblo Nasa en el Resguardo Indígena de Calderas, Cauca. Actualmente, en su oferta de productos que usan la hoja de coca como ingrediente principal, se encuentran la harina, infusiones y bebidas energizantes. Esta empresa reivindica la planta de coca como un recurso natural y cultural explotable por las comunidades indígenas.
De la misma manera, en el pasado, Germán Castro Caycedo refirió la comercialización de productos derivados de la marihuana en un episodio de ‘Enviado Especial’ denominado ‘Marihuana en Usa’, en el cual señaló que, empezando la década de los años 80, la marihuana de uso comercial ya representaba importantes ingresos para la economía estadounidense.
Cruzada colombiana por otro enfoque en la lucha contra el narcotráfico
Desde el Gobierno de Juan Manuel Santos, en su política exterior Colombia abogó por una revisión de las políticas internacionales sobre drogas, enfatizando la necesidad de diferenciar entre la hoja de coca y sus derivados ilícitos. Como delegada del Gobierno de Gustavo Petro, Laura Gil lideró una arremetida diplomática que marcó el fin del ‘Consenso de Viena’, hecho que marcó un punto de inflexión en la política antidrogas global. Durante décadas, la Comisión de Estupefacientes de la ONU operó bajo una unanimidad artificial que impedía cambios sustanciales en el enfoque prohibicionista.
Sin embargo, la intervención de la delegación colombiana rompió esta tradición al forzar una votación que incluyó, por primera vez, el concepto de «reducción de daños» en una declaración oficial. La resistencia de Rusia y China no fue suficiente para frenar esta transformación, que también incorporó un reconocimiento explícito del fracaso de la estrategia antidrogas vigente. Con el tabú del voto derribado, el panorama internacional abrió la puerta a debates más abiertos y a políticas más alineadas con los derechos humanos y la evidencia.
En Nuestra Guerra Ajena, Castro Caycedo, había reafirmado su postura de que la Guerra contra las drogas había sido un rotundo fracaso y su financiación sirvió para otros propósitos de guerra hábilmente aprovechados por la burocracia, hecho que alegaron los opositores del Plan Colombia en Washington, quienes advirtieron que dichos recursos alimentaron una guerra antisubversiva que no obtuvo los resultados esperados: reducir los volúmenes de cocaína que entraban a los Estados Unidos.
En Nuestra guerra ajena, Castro Caycedo escribió:
«Terminaba junio del año 2006 cuando el presidente Uribe concurrió a la séptima de las ocho audiencias que le concedió Washington en cuatro años, al final de la cual quedó claro que aceptaba el fracaso del Plan Colombia, desde luego sólo en el frente de las fumigaciones de plantaciones de coca con defoliantes. Del resto jamás se habló. Lo demás es la toma de posiciones estratégicas estadounidenses en torno a las fronteras con los vecinos, facilitadas por Colombia.
Lo que se dejó saber de esa séptima audiencia que le dispensó Bush, apareció en los titulares de la prensa colombiana un día después: “Uribe pide más fumigación. Admite que resultados de la erradicación no han sido de los mejores”. “Necesitamos mostrarle a Estados Unidos mejores resultados”.
Sin embargo, en cuanto a los vecinos de Colombia, “se habló de salvar la Comunidad Andina de Naciones para enfrentar a la izquierda de la región”.
Desde luego, detrás del deseo de hablarle algún día a los Estados Unidos de mejores resultados estaba aquel tono de mendicidad, clásico de nuestros gobiernos: “Por favor, necesitamos más aviones, más helicópteros, más infraestructura”».
La ministra Sarabia retomó una discusión echada a un lado por los temas coyunturales de opinión, que cada vez resultan más volátiles con las tendencias de las redes sociales. Sin embargo, el problema de Colombia se mantiene latente: el narcotráfico sigue siendo el combustible de la violencia y ahora tiene aditivos más agresivos: la minería ilegal, por ejemplo.
El presidente Petro ha mantenido una firme postura, alegando que las víctimas las están poniendo Colombia y todos los países que siguen con la línea de “Guerra contra las drogas” –de acuerdo a las convenciones que hace casi medio siglo sostiene Estados Unidos en su política exterior–. La solución no recae entonces, como alegaba Castro Caycedo, sobre los productores; sino sobre los consumidores. Porque es claro que mientras la demanda exista, habrá personas dispuestas a satisfacerla.
Reconocer la hoja de coca como parte integral del patrimonio cultural de ciertos países y explorar sus aplicaciones legales e industriales podría ser un paso significativo hacia una política de drogas más justa y efectiva, que respete las tradiciones ancestrales y promueva el desarrollo sostenible de las comunidades afectadas. Abriendo la posibilidad de que el tratamiento del problema desde la “reducción de daños” se aplique, lo que podría resultar en una solución costoeficiente con menos recursos invertidos y también menos muertos. La nueva “Guerra contra las drogas” se concentraría eventualmente en territorio norteamericano, donde está el verdadero problema.