Por: Francisco de Roux
Lector, lectora: esta es una nueva edición de un libro crucial de Germán Castro Caycedo, a quien acompañé a abandonarse en el misterio del silencio, en una noche del año 2021.
Él había recibido el catecismo de niño con la complicación de imágenes, dogmas, ritos y culpas de la tradición familiar católica. Por honestidad consigo mismo había tomado distancia de esas prácticas y buscó el sentido en las historias que dejó en sus libros. De todos ellos, este es el que entrega, como ningún otro, el meollo de su mensaje interior.
Los protagonistas son un hombre y una mujer. No pareja. Unidos en una misma causa más importante para ellos que la familia, el prestigio, el poder, el dinero y que los llevó más allá de los rituales religiosos.
El hombre es Alejandro Labaka, un vasco formado en el seguimiento de Jesús, tan serio en ello que lo hicieron obispo. La mujer, una colombiana antioqueña: Inés Arango, religiosa, igualmente unida hasta las entrañas con Jesucristo. Ambos, por caminos distintos, van a dar a las selvas amazónicas del Ecuador. Allí, la inmensidad de los ríos y la majestad de las copas de los árboles protegen la riqueza de las plantas y de los animales, a la gente que vive en ese lugar y que parece como si hubiera sido dada a luz por la jungla tropical.
Lo extraordinario de estos hijos de la selva es que durante siglos han generado y han sido generados por una cultura propia, distinta a la de los violentos forasteros que llegaron un día arrastrados por la aventura con ropas especiales, motores, motosierras y armas, lanchas y avionetas. Arrastrados además por dos pasiones: la codicia que vio inmediatamente en la maraña riquezas sin explotar, tierras para colonos y sorpresas para el turismo exótico; y por otra parte la ilusión santa de los misioneros que descubrieron que allí había almas que no conocían la verdad y estaban destinadas al infierno.
Cuando Alejandro e Inés, el obispo y la monja, llegaron al Amazonas, ya había pasado la primera oleada de conquista y colonia de misioneros católicos que con el bautismo justificaban la dominación, por parte de los reinos católicos de España y Portugal, sobre estas tierras que llamaban Indias, y esa primera entrada evangelizadora había quedado cerrada por las barreras impenetrables de la selva.
Ya había pasado la brutalidad del caucho, cuando la codicia encontró seres inferiores que habitaban en la espesura de los árboles y eran los propios para extraer el látex de goma. Y la casa Arana con sus contratistas, con capitales de Estados Unidos y de Europa y de Brasil, colombianos y ecuatorianos y peruanos dominaron a los indígenas de distintas etnias y los sometieron a látigo hasta cuando el negocio de ordeñar los palos dejó de ser rentable.
Monseñor Labaka encontró dos empresas que por razones distintas destruían la riqueza natural y humana de la Amazonía. Una eran las compañías petroleras extranjeras. Otra, personas del Instituto Lingüístico de Verano, evangélicos, que habían llegado para salvar con la Biblia a los pobres indígenas que todavía vivían en la edad de piedra.
El obispo vasco se enfrentó a estas dos empresas en la especificidad de cada una y también en la complicidad que había entre las mismas. Y se jugó la vida en esta confrontación. Lo hizo sin odios, sin dinero, sin armas, en estricta no violencia activa. Cuando estaba entregado a esa labor, llegó la madre Inés a acompañarlo. Los dos habían comprendido que en esta causa apostaban todo lo que eran como seres humanos y que a eso los llamaba el misterio que habían buscado en la inspiración de Jesús de Nazareth.
Es aquí donde los había encontrado Germán para escribir el libro. Con él conversé por última vez en Bogotá, cuando Gloria su esposa me llamó a acompañarlo. Y contemplé cómo saboreaba a fondo, en serena paz, un acto de confianza en el misterio que nunca encontró en los rituales religiosos, pero que había encontrado, sentido, abrazado y honrado en el obispo y la monja de esta historia, y pleno de tranquilidad se abandonó para siempre en el silencio el 15 de julio del 2021, cuando tenía 81 años.
¿Qué vio Germán en este hombre y esta mujer? Que ellos habían recibido el mismo catecismo tradicional cuando niños. Incluso que habían dedicado sus años de jóvenes a rezar, a asistir a liturgias, a celebrar sacramentos, a invitar a los pecadores a arrepentirse para poder comulgar y llamar a los que no eran católicos a recibir el bautismo porque extra ecclesiam nulla salus… Fuera de la Iglesia no hay salvación. Y como ellos, cada uno por su camino, gracias a muchas cosas como el Concilio Vaticano II, la teología de la liberación, los esfuerzos de nuevos teólogos y escritoristas y sobre todo su propia búsqueda, habían llegado a la convicción de que de lo que se trataba era de aceptar, respetar y amar al ser humano sin condiciones y de ponerse al lado de las personas y de la naturaleza siempre que la dignidad fuera amenazada por la codicia económica, la locura religiosa, el poder político, la brutalidad de las armas o el dominio de las ideologías.
Alejandro e Inés ya estaban libres de todas las parafernalias culturales e ideológicas por la que habían pasado, para poder comprender que los huaos, esos indígenas de la profundidad de la selva, eran seres humanos como ellos. Y si bien ellos, como occidentales, poseían dotaciones culturales que acrecentaban sus conocimientos y su seguridad, también los huaos tenían otras riquezas culturales ajenas a la de los blancos, que les permitían hacer un hogar de la inmensidad de la selva y no necesitaban para eso del dinero, ni de las instituciones, ni de la religión, ni la ropa de otros. Necesitaban que los dejaran vivir tranquilos.
Comprendieron además la radicalidad de esa diferencia. Los huaos comían animales de la selva y no criaban ganado ni tenían gallineros, dormían sin mosquiteros, caminaban descalzos sobre el barro y las raíces, convivían con los jaguares y las culebras y andaban desnudos, hacían asambleas y rituales desnudos y se acostaban en camas comunes desnudos. El obispo y la religiosa comprendieron que estaban ante la maravilla siempre sorprendente del ser humano, y vieron que, en esa diferencia tan ajena al occidente y al cristianismo, había también una espiritualidad profunda de serenidad interior, de confianza con la Tierra, con las fieras, con los ríos, con la vida y con la muerte, una moral de la sexualidad y una espiritualidad del cuerpo y de la tierra que tenía miles de años de consolidación. Comprendieron que estaban ante una manera de ser en plenitud de la dignidad humana y que tenían el deber de encontrarles como humanos, y el desafío de lograr algún día ganarse la confianza para ser recibidos en amistad.
La situación les era inmensamente adversa. Los huaos, fuertes en su capacidad de ser hermanos de la selva, eran inmensamente frágiles, vulnerables ante el despliegue de poder, orgullo, ambición, manipulación pedagógica, espejos, juguetes y armas brutales que traían los blancos. Y esa mezcla de vulnerabilidad y conocimiento de la Amazonía de los indios fue vista inmediatamente por los invasores como una oportunidad para satisfacer sus ambiciones de recién llegados.
La industria criminal petrolera (criminal porque pasaba por encima del ser humano y de la naturaleza) necesitaba convertir esa vulnerabilidad indígena en un activo a su favor. Los indígenas tenían la sabiduría de la selva que requerían las empresas de sísmica para adentrase en la maraña, tenían siglos de adaptación del ADN para abrir trocha y campo sin enfermarse, y ocupaban millones de hectáreas que las grandes compañías necesitaban para hacer exploración del subsuelo, quitar la inutilidad del follaje de árboles y fieras y poder sacar petróleo. Por su parte, el Instituto Lingüístico de Verano veía en la vulnerabilidad de los indígenas el terreno virgen para ser los campeones de un negocio evangelizador que sacaba del infierno a los paganos. El instituto había llevado a Europa y Estados Unidos a jóvenes que contaban cómo los misioneros los habían salvado del pecado, les habían dado pastillas y les habían enseñado a Jesucristo y que había que apoyar esa misión porque quedaban muchas otras tribus en la Amazonia y el Instituto Lingüístico de Verano tenía que continuar su tarea.
Había más: la complicidad. Las petroleras extranjeras encontraron en el Instituto un aliado para despejarse el camino. Los responsables del petróleo no querían al obispo ni a los compañeros capuchinos ni a las monjas amigas de monseñor porque eran radicales en su defensa de la vida y la cultura de la selva, y defendían en los indígenas la misma dignidad de los ingenieros o de los pastores. Monseñor y su equipo eran incómodos y podían ser peligrosos, aunque no usaran armas.
Cuando Alejandro Labaka buscó apoyo en el gobierno de Ecuador para proteger a los indígenas, con la propuesta de que se les respetara la extensión de selva que necesitaba su cultura, encontró que el gobierno estaba con las petroleras y que los militares protegían la entrada de las máquinas que abrían carreteras tumbando selvas. Y con la civilización petrolera llegaron miles de colonos que igualmente necesitaban arrinconar o desaparecer a los indígenas para derribar los árboles y domar la tierra.
La situación se agravó cuando los salvajes carnívoros del caucho, el petróleo, la religión, el turismo y la colonización lograron dividir a los huaos con la ayuda de la líder en el terreno del Instituto, como lo cuenta German en un relato que entrega todas las complejidades. Por un lado, quedaban los indios convertidos por el Instituto en alianza con las petroleras. Cercanos había otros que se habían hecho amigos del grupo de monseñor y de sus compañeros y que, junto con el obispo, pedían que, si iban a entrar los salvajes blancos, les aseguraran primero la definición y la seguridad del espacio grande de ríos y selva que exigía su historia, su cultura y su obligación con la Tierra. Y más allá, adentro, en la Amazonía más profunda, estaban los tagaeris, también de la etnia huao, que guardaban en la memoria el salvajismo de los invasores y rechazaban cualquier negociación con petroleros, y eran considerados enemigos de Dios por la gente que entonces regía el Instituto.
Era la tormenta perfecta. En medio de ella, Alejandro e Inés decidieron acercarse a los tagaeris con respeto, convivir con ellos y construir alternativas que permitieran la sobrevivencia de los huaos con sus tradiciones y su unidad con la selva.
Ya para ese momento monseñor se había hecho amigo, tenía un papá y una mamá huao, había vivido con ellos en desnudez, desvistiéndose también de su cultura, y, desde una fe puesta al servicio de la gente, llevaba meses sin rituales católicos, simplemente compartiendo la vida.
Cuando tomaban el camino hacia la selva, las hermanas religiosas de Inés le rogaron que desistiera. Los compañeros de Alejandro e incluso amigos huaos le dijeron que lo podían matar porque lo tagaeris no confiaban en los caníbales debido a que, recientemente, los trabajadores de la compañía petrolera les habían matado un líder. No hicieron caso.
Los movía la convicción de que construir una comunidad humana en la diferencia era su deber. La fe los movía a mostrar que huaos y tagaeris eran hermanos en el misterio. “Cada niño de ellos tenía la misma dignidad que el obispo, que el presidente de Ecuador o de Estados Unidos. Cada uno de ellos valía más que la industria petrolera”, había dicho Alejandro Labaka. Tenía razón. La vida de una persona, en simple humanismo, vale más que cualquier industria petrolera, y en la fe cristiana tiene un valor infinito que nadie puede destruir o vender y cualquier empresa de hidrocarburo es simplemente un negocio.
El hombre y la mujer que se adentraban así en el peligro tenían esperanza. La esperanza es distinta de la seguridad programada que pretende controlar todos los riesgos. La esperanza apuesta en medio de la incertidumbre. Estaban seguros de que, fuese lo que fuere, lo suyo iba a dar frutos.
Los compañeros que fueron a buscarlos los encontraron desnudos. Alejandro tirado boca abajo sobre un palo y atravesado por decenas de lanzas de plumas de colores. Inés sentada, abrumada de ver al obispo asesinado por quienes en un primer momento les mostraron confianza, traspasada igualmente ella por todas partes.
Esta historia estaba en la narrativa y el corazón de Germán y consolidó en él la pasión por el ser humano que llevan sus escritos, y estaba viva en él cuando se abandonó en el misterio con la misma esperanza que movilizó a Alejandro Labaka y a Inés Arango.
Germán había entendido. Qui potest capere capiat. El que pueda entender, que entienda.
Francisco de Roux
Mayo de 2026